El gesto de Moreno Bonilla en la misa funeral en Huelva que ha llamado la atención en redes: “Utilización política”.

 

 

El concejal del PSOE ha destacado el detalle que a muchos se les ha escapado durante la celebración del funeral.

 

 

 

Celebración misa funeral en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz.

 

 

Hay gestos que, en mitad del silencio, hacen más ruido que cualquier discurso. Gestos que, cuando todo debería girar en torno al respeto y al recogimiento, acaban generando una incomodidad difícil de disimular.

 

Eso es exactamente lo que ha ocurrido tras el acto celebrado en Adamuz en memoria de las víctimas del accidente ferroviario que sacudió al país.

 

Un episodio que, lejos de cerrarse con el final del homenaje, ha abierto un debate político, social y ético que sigue creciendo, alimentado ahora por un tuit que no ha pasado desapercibido.

 

Ramón López, concejal del PSOE, decidió alzar la voz en redes sociales tras conocer lo que, según denuncia, ocurrió durante el acto.

 

Su mensaje no era una crítica al homenaje en sí, ni mucho menos al dolor de las familias, sino a la actitud del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla.

 

Una actitud que, según López, rompió un acuerdo previo y básico: que las autoridades mantuvieran un segundo plano para preservar el carácter íntimo y respetuoso del duelo.

 

Ese detalle, aparentemente menor, es el que ha encendido la polémica. Porque cuando se trata de tragedias con decenas de víctimas, cada gesto cuenta. Cada movimiento, cada presencia y cada ausencia se interpreta bajo el prisma del respeto… o de su falta.

 

Según el concejal socialista, existía un acuerdo claro entre el Obispado y las familias para que los cargos públicos evitaran el protagonismo.

 

El objetivo era sencillo y profundamente humano: que el centro del acto fueran las víctimas y sus allegados, no las instituciones ni los representantes políticos.

 

Sin embargo, siempre según esta versión, dicho consenso fue ignorado, lo que acabó derivando en una escena incómoda que terminó con el apartamiento de Moreno Bonilla del acto.

 

Lejos de entenderse como un gesto de valentía o firmeza, Ramón López interpreta lo sucedido como una ruptura innecesaria del clima de respeto pactado.

 

En su reflexión, deja claro que no se trata de ideologías ni de colores políticos, sino de algo mucho más básico: la responsabilidad institucional de saber cuándo estar… y cuándo dar un paso atrás.

 

Su tuit, que ha sido compartido y comentado por numerosos usuarios, apunta directamente a una cuestión que incomoda a muchos responsables públicos: la fina línea que separa el acompañamiento sincero de la exhibición política.

 

Una línea que, según el concejal, nunca debería cruzarse cuando el dolor es tan reciente y tan profundo.

 

El mensaje de López va más allá del caso concreto de Adamuz. En realidad, plantea una reflexión más amplia sobre cómo deben actuar las instituciones en contextos de duelo colectivo.

 

Para él, respetar los acuerdos previos y el contexto emocional no es una opción ni un gesto de cortesía, sino una obligación básica de cualquier cargo público. Una obligación que no entiende de cámaras, titulares ni réditos políticos.

 

 

La reacción en redes sociales no se hizo esperar. Muchos usuarios han respaldado su postura, subrayando que en actos de este tipo la discreción debería ser la norma.

 

Otros han abierto un debate más amplio sobre la tendencia creciente a convertir homenajes y funerales en escenarios de confrontación o visibilidad política. Un debate incómodo, pero necesario.

 

Todo esto ocurre, además, en un contexto especialmente sensible. El accidente ferroviario de Adamuz, ocurrido el pasado 18 de enero, dejó 45 fallecidos y conmocionó a todo el país.

 

Familias destrozadas, comunidades enteras de luto y una sensación de fragilidad que aún pesa en el ambiente. En ese escenario, cualquier gesto fuera de lugar se magnifica.

 

El jueves 29 de enero se celebraron dos actos religiosos en memoria de las víctimas. Dos ceremonias distintas, en dos ciudades diferentes, que ya de por sí generaron debate.

 

En Huelva, el Palacio de Deportes Carolina Marín acogió una misa fúnebre a partir de las 18:00 horas.

 

Un acto de gran dimensión, al que asistieron los reyes Felipe VI y Letizia, representantes del Gobierno central, autoridades de la Junta de Andalucía y dirigentes del Partido Popular, entre otros.

 

La ceremonia, oficiada por el obispo de la diócesis, fue concebida como un momento solemne de consuelo y recuerdo.

 

Muchas de las familias de las víctimas residían en la provincia de Huelva, lo que convirtió este acto en un punto de encuentro emocional clave. El ambiente fue de recogimiento, con miles de personas compartiendo un silencio cargado de significado.

 

 

De forma paralela, una hora más tarde, se celebró otra misa funeral en la Catedral de Nuestra Señora de La Almudena, en Madrid.

 

Este acto estuvo encabezado por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y contó con la presencia del alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, así como de otros representantes autonómicos y municipales.

 

La decisión de celebrar dos actos distintos, casi simultáneos, abrió ya un debate político y mediático. Para algunos, respondía a la necesidad de facilitar la asistencia de distintos actores institucionales y familiares. Para otros, suponía una fragmentación innecesaria del homenaje y un riesgo evidente de politización.

 

 

De hecho, algunos grupos parlamentarios, como Más Madrid, anunciaron públicamente que no acudirían a la misa de La Almudena.

 

Su argumento fue claro: consideraban que podía interpretarse como una instrumentalización del dolor de las familias, algo que querían evitar a toda costa.

 

En este contexto ya cargado, el episodio denunciado por Ramón López en Adamuz añade una nueva capa de polémica.

 

Porque no se trata solo de dónde se celebran los actos o quién asiste, sino de cómo se comportan quienes representan a las instituciones cuando están allí.

 

 

El concejal socialista insiste en que la clave está en el respeto a la voluntad de las familias. Si existe un acuerdo previo para mantener a las autoridades en un segundo plano, romperlo no puede justificarse bajo ningún argumento político. En momentos así, sostiene, la empatía debería imponerse a cualquier otro interés.

 

 

Su reflexión conecta con una sensación cada vez más extendida en la sociedad: el cansancio ante la utilización del dolor como campo de batalla política. Un cansancio que se expresa en redes sociales, en conversaciones privadas y, cada vez más, en mensajes públicos como el suyo.

 

 

El debate que se ha abierto tras lo ocurrido en Adamuz pone de relieve algo esencial: la diferencia entre acompañar y exhibirse.

 

Acompañar implica escuchar, respetar y, a veces, desaparecer del foco. Exhibirse, en cambio, coloca el ego y la visibilidad por delante del dolor ajeno. Según la crítica de López, esa línea se cruzó, y no debería volver a ocurrir.

 

 

Más allá de nombres propios, lo ocurrido plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿están nuestras instituciones preparadas para gestionar el duelo colectivo con la sensibilidad que requiere? ¿O seguimos atrapados en una lógica en la que todo acto público se convierte en una oportunidad de posicionamiento?

 

 

El recuerdo de las 45 víctimas de Adamuz debería servir, al menos, para reflexionar sobre ello. Porque cuando el ruido político invade espacios de silencio, lo que se pierde no es solo respeto, sino también humanidad.

 

 

Y quizá por eso el tuit de Ramón López ha resonado con tanta fuerza. Porque pone palabras a algo que muchos sienten, pero pocos se atreven a decir: que hay momentos en los que la mejor decisión política es no ser protagonista.

 

Que el verdadero respeto no se exhibe, se practica. Y que, cuando se trata de honrar a quienes ya no están, el consenso y la discreción no son negociables.