Un paso atrás, María: cuando el relato pesa más que la verdad
Durante años, la crónica social en España ha sido un territorio donde la emoción, el espectáculo y la opinión han convivido en un delicado equilibrio.
Un espacio que, bien ejercido, podía servir para contextualizar historias humanas complejas y ofrecer al público diferentes miradas.
Sin embargo, en los últimos tiempos, ese equilibrio parece haberse roto. Y en el centro de ese debate aparece, una vez más, el nombre de María Patiño.
No se trata aquí de cuestionar a la persona. Tampoco de negar una trayectoria profesional extensa, con momentos relevantes y otros discutibles, como ocurre en cualquier carrera pública.
El foco de esta reflexión es otro: el papel que hoy desempeñan ciertos comunicadores en la construcción del relato, y hasta qué punto ese relato ha dejado de ser periodístico para convertirse en algo distinto.
El periodismo frente al espejo

Uno de los reproches más repetidos por parte de una parte de la audiencia es la sensación de que la línea entre informar y dirigir la interpretación del público se ha difuminado peligrosamente.
Cuando el comunicador deja de plantear preguntas y comienza a ofrecer conclusiones cerradas, el espectador ya no recibe información: recibe consignas.
En este contexto, muchos se preguntan si lo que se practica actualmente en determinados programas sigue siendo periodismo o si ha mutado hacia una forma de comunicación estratégica, donde se prioriza un punto de vista concreto y se descartan sistemáticamente los elementos que no encajan en él.
El peso de una productora y el relato único
No puede entenderse este fenómeno sin analizar el papel de las productoras televisivas. Empresas con una enorme capacidad de influencia que, durante años, han construido marcas potentes y reconocibles.
Pero cuando una marca pesa más que la autocrítica, el riesgo es evidente: el relato termina protegiéndose a sí mismo.
En ese escenario, los profesionales que trabajan dentro de esa estructura pueden verse empujados —voluntaria o involuntariamente— a defender una versión concreta de los hechos.
No por convicción personal, sino por la lógica del sistema que los rodea.
Redes sociales: cuando el mensaje se fragmenta
Otro elemento clave en esta transformación es el uso de las redes sociales. Mensajes breves, irónicos, a menudo descontextualizados, que lejos de aclarar posiciones generan más confusión. Errores de forma, interrupciones constantes del discurso y una sensación general de desorientación comunicativa han llevado a muchos a preguntarse si se está perdiendo el control del propio mensaje.
Para un profesional de la comunicación, la coherencia no es un lujo: es una herramienta básica. Y cuando esa coherencia se resiente, la credibilidad lo hace con ella.
Doble rasero y memoria selectiva
Uno de los puntos más sensibles del debate actual es la percepción de un doble rasero al abordar determinadas historias personales. El público no exige unanimidad de criterios, pero sí coherencia. Cuando se defiende con firmeza a unos personajes y se invalida sistemáticamente el relato de otros, surge una pregunta inevitable: ¿se están aplicando los mismos estándares a todas las partes?
La crónica social, para ser justa, debe aceptar que las historias humanas rara vez son unívocas. Hay versiones, hay matices, hay contextos que cambian con el tiempo. Negar esa complejidad es simplificar en exceso una realidad que merece ser tratada con más cuidado.
La ausencia de autocrítica
Quizá uno de los aspectos que más desconcierta a parte de la audiencia es la falta de autocrítica. En un entorno donde se exige constantemente a otros que pidan perdón, que rectifiquen o que asuman errores del pasado, resulta llamativo que algunos comunicadores no apliquen ese mismo criterio a su propio trabajo.
Reconocer excesos no debilita una trayectoria; al contrario, puede fortalecerla. Admitir que en ciertos momentos se cruzaron límites o se forzaron equilibrios imposibles habría aportado una dosis de honestidad que muchos espectadores echan en falta.
El desgaste de una marca histórica
Durante años, ciertos programas ofrecieron algo más que polémica: humor, ironía, escenas cotidianas y una conexión emocional con el público. Hoy, muchos de esos elementos parecen haberse diluido. Las figuras clave han ido desapareciendo y lo que queda es, en palabras de algunos críticos, una marca que intenta sobrevivir apoyándose en su propio pasado.
El problema surge cuando se confunde la fidelidad de una parte de la audiencia con un respaldo unánime. Las redes amplifican el eco, pero no siempre reflejan la realidad completa.
Influencia frente a información
El principio básico del periodismo es informar para que el ciudadano forme su propia opinión. Cuando ese principio se sustituye por la voluntad de influir, de monopolizar el discurso o de actuar como portavoz de una causa concreta, algo esencial se pierde por el camino.
La audiencia actual es más exigente, más crítica y menos dispuesta a aceptar relatos cerrados. Lo que muchos demandan no es que se les diga qué pensar, sino un espacio de libertad donde puedan hacerlo por sí mismos.
Un llamado a la reflexión
Esta reflexión no pretende cancelar ni señalar de forma personal. Al contrario: es una invitación a dar un paso atrás, a revisar el camino recorrido y a preguntarse si el rumbo actual es sostenible.
María Patiño fue, para muchos, una profesional incisiva, capaz de incomodar a todos los lados de una historia. Recuperar esa mirada crítica, sin ataduras excesivas y con mayor distancia del ruido, podría ser no solo deseable, sino necesario.
Porque cuando el comunicador avanza demasiado deprisa sin mirar alrededor, corre el riesgo de encontrarse, al girarse, prácticamente solo. Y eso, más allá de cualquier debate mediático, siempre es una pena.
