LA GRIETA INCONFESABLE: EL DÍA QUE EL RELATO DE FEIJÓO SE AHOGÓ EN EL JUZGADO

¿Qué sucede cuando la lealtad política choca de frente con el juramento de decir la verdad ante un juez? El 29 de octubre de 2024 quedó marcado en la memoria de España como una cicatriz imborrable de barro y dolor.
Pero meses después, en la frialdad de una sala judicial, la tragedia de la DANA ha cobrado una nueva dimensión: la de la responsabilidad política desnudada por sus propios protagonistas.
Alberto Núñez Feijóo, líder de la oposición, compareció ante la justicia.
No lo hizo como señalado, sino como testigo.
Sin embargo, su declaración ha provocado un terremoto cuyas réplicas amenazan con derribar el muro de defensa que el Partido Popular construyó durante meses.
Lo que en los atriles era una acusación directa contra el Gobierno central, en el juzgado se transformó en una admisión técnica que cambia las reglas del juego: las competencias eran, y son, autonómicas.
El naufragio de un mantra político
Durante semanas, el mensaje fue unísono: “Falta de coordinación”, “el Gobierno llegó tarde”, “caos administrativo”.
Pero la justicia no entiende de eslóganes, solo de hechos. Al ser interrogado por la jueza, Feijóo pronunció la frase que lo cambia todo: admitió que la gestión operativa de la emergencia recaía sobre la Generalitat Valenciana.
Esta confesión no es solo un detalle técnico; es la demolición controlada del relato oficial de su propio partido.
Si la competencia era autonómica, el foco deja de apuntar a Madrid para centrarse, con una luz cegadora, sobre el Palacio de la Generalitat y la figura de Carlos Mazón.
Las horas perdidas y el misterio de “El Ventorro”
El análisis de las horas clave revela un vacío de poder escalofriante.
Mientras el agua subía y los avisos se acumulaban en las pantallas de emergencia, el líder del Ejecutivo valenciano mantenía una comida de trabajo cuya relevancia ha sido cuestionada hasta la saciedad.
Ante las preguntas de la jueza sobre este encuentro, la seguridad de Feijóo se desvaneció en un mar de “no lo sé”, “no lo recuerdo” y “me enteré por la prensa”.
Resulta inquietante que, mientras el país contenía el aliento, la comunicación entre el líder nacional y el presidente autonómico se redujera a un rastro casi inexistente. Feijóo admitió que no hubo una coordinación fluida ni llamadas constantes en los momentos críticos.
Solo un mensaje de WhatsApp a las 19:59, cuando el destino de cientos de personas ya estaba sellado por la corriente.
El arte de soltar la mano sin empujar
Lo que vivimos en esa sala judicial fue un ejercicio de equilibrismo político extremo. Feijóo no acusó a Mazón, pero tampoco lo protegió.
Se limitó a marcar una distancia gélida, un “desmarque” que en política suele ser el preludio del olvido.
Al reconocer que no tenía información en tiempo real —contradiciendo lo afirmado públicamente con anterioridad—, Feijóo dejó a Mazón solo ante el peligro.
La estrategia es clara: salvar la institución nacional sacrificando, si es necesario, la pieza regional.
Pero el precio de este movimiento es un silencio incómodo que resuena en cada rincón de la Comunidad Valenciana.
¿Quién gobernaba mientras el agua subía? Si la máxima autoridad no estaba localizable y el líder de su partido no recibía datos, ¿en manos de quién estuvo la vida de miles de ciudadanos durante esas horas fatídicas?
Conclusión: Cuando el barro se limpia, queda la verdad
La DANA no solo se llevó infraestructuras y vidas; se llevó la capacidad de sostener excusas ante un tribunal.
La declaración de Feijóo marca un antes y un después. Ya no se trata de una batalla de tuits o de ruedas de prensa preparadas.
Se trata de una verdad judicial que ha empezado a escribirse en papel oficial, y esa verdad no acepta consignas de partido.
Al final del día, cuando el eco de las declaraciones se apaga, queda una realidad amarga: el relato político se ha roto.
Y como bien dice el refrán, en política, lo que no es posible es falso.
Hoy, la sombra de la responsabilidad es más alargada que nunca.

