CRÍTICA, PODER Y SILENCIO: CUANDO OPINAR SE CONVIERTE EN UN PROBLEMA POLÍTICO EN ESPAÑA

En la política española actual, disentir ya no es solo una postura intelectual: se ha convertido en un acto incómodo.
A veces, incluso, en un motivo de señalamiento público. Lo ocurrido en los últimos días con un creador de contenido crítico con el Gobierno ha vuelto a abrir un debate profundo y necesario: ¿qué espacio queda hoy para el pensamiento independiente dentro del debate político?
El detonante fue, en apariencia, menor. Una crítica a una medida anunciada por el Ejecutivo de Pedro Sánchez relacionada con el mercado del alquiler.
Una opinión expresada desde posiciones progresistas, sin atacar a la oposición, sin alinearse con discursos contrarios.
Simplemente, una reflexión incómoda. Y, sin embargo, la reacción fue desproporcionada.
Desde cuentas vinculadas a organizaciones juveniles del Partido Popular en Madrid se difundió un vídeo generado por inteligencia artificial en el que el autor de la crítica aparecía caricaturizado, asociado simbólicamente a la idea de abandono y traición.
El contenido fue posteriormente amplificado mediante un retuit oficial del Partido Popular de la Comunidad de Madrid. No se trató de un comentario aislado ni de una broma privada: fue una acción política asumida institucionalmente.
La crítica que incomoda
La medida cuestionada por el creador de contenido consistía en una bonificación fiscal del 100 % en el IRPF para propietarios que no incrementaran el alquiler al renovar contratos.
El objetivo declarado del Gobierno era frenar subidas bruscas en un contexto de renovación masiva de contratos.
Sin embargo, la crítica señalaba una contradicción evidente: la medida beneficiaba también a grandes propietarios con ingresos elevados, algo difícil de conciliar con un discurso social.
La crítica no negaba la intención del Gobierno, pero sí cuestionaba el instrumento elegido. ¿No había otras vías? ¿Prórrogas obligatorias? ¿Límites más claros? ¿Políticas más focalizadas? Plantear estas preguntas debería formar parte del debate democrático, especialmente dentro de un espacio ideológico que se define como progresista.
Sin embargo, la reacción vino desde el otro lado del tablero político.
No para defender la medida del Gobierno, sino para atacar al mensajero. El mensaje implícito parecía claro: no se castiga la defensa del Ejecutivo, sino la autonomía de pensamiento.
El problema no es el contenido, sino la independencia
Resulta llamativo que el ataque no se produjera por apoyar al Gobierno, sino precisamente por criticarlo.
Esto introduce un elemento inquietante: la incapacidad de ciertos sectores políticos para concebir que alguien pueda pensar de forma crítica sin cambiar de “bando”.
En este contexto, el creador de contenido respondió con una reflexión que ha resonado con fuerza: la diferencia entre una organización política y una estructura cerrada es la tolerancia a la crítica interna. Cuando cuestionar se convierte en motivo de represalia simbólica, el problema ya no es la opinión, sino el modelo de poder.
El precedente incómodo
La historia reciente del Partido Popular ofrece un precedente difícil de ignorar.
Cuando el entonces líder nacional, Pablo Casado, se atrevió a formular públicamente una pregunta sobre contratos adjudicados durante la pandemia relacionados con el entorno familiar de la presidenta madrileña, el desenlace fue fulminante.
En cuestión de días, Casado quedó políticamente aislado y acabó fuera de la dirección del partido.
No hubo una acusación directa, sino una pregunta. Bastó eso. Desde entonces, el tema desapareció del debate interno. Silencio total. Un silencio que muchos interpretan como una advertencia.
El entorno y las sombras
Durante la pandemia, la Comunidad de Madrid adjudicó contratos de emergencia para la compra de material sanitario.
Algunas de estas operaciones generaron beneficios significativos para intermediarios cercanos al entorno personal de la presidenta regional.
En uno de los casos, la Fiscalía archivó las diligencias, no por inexistencia de beneficio económico, sino por no acreditarse conocimiento de parentesco por parte de los funcionarios que tramitaron el contrato y por el contexto excepcional de emergencia sanitaria.
En otro caso distinto, relacionado con la pareja sentimental de la presidenta, los tribunales sí han apreciado indicios suficientes para abrir un procedimiento por presunto fraude fiscal, que será juzgado próximamente.
Aun así, desde el entorno político se ha optado por una defensa cerrada, presentando la situación como una persecución.
Estas cuestiones, legítimas en cualquier democracia, parecen intocables en determinados círculos. No se debaten. No se cuestionan. No se mencionan.
El culto al liderazgo
Más allá de los casos concretos, hay un fenómeno que preocupa a analistas y observadores: la creciente personalización del poder. Fotografías oficiales omnipresentes, mensajes unificados, ausencia de disidencia pública. Un modelo comunicativo donde la figura del líder se convierte en eje absoluto.
Paradójicamente, este modelo convive con un discurso constante sobre la libertad. Libertad de elección, libertad económica, libertad educativa. Pero la libertad de pensamiento interno parece no formar parte del paquete.
Democracia y pensamiento crítico
El episodio del vídeo y su difusión institucional no es una anécdota aislada. Es un síntoma. Revela una cultura política donde la crítica se interpreta como traición y la lealtad se mide por el silencio.
En democracia, el pensamiento crítico no debería castigarse. Al contrario: debería protegerse. Porque los sistemas políticos que no toleran la discrepancia acaban empobreciendo el debate público y alejándose de la ciudadanía.
Más allá de los bloques
El propio autor de la crítica ha insistido en que no milita en ningún partido y que su compromiso es con la coherencia. Criticar al Gobierno cuando se equivoca no es hacerle el juego a la oposición. Es ejercer ciudadanía.
La paradoja es evidente: quienes más hablan de libertad son, a veces, quienes menos toleran que alguien piense por sí mismo.
Una advertencia para todos
Este debate no afecta solo a un partido ni a una ideología. Afecta a la calidad democrática del país. Cuando la política se convierte en un espacio donde solo cabe el aplauso, algo se rompe.
Hoy es un creador de contenido. Ayer fue un líder político. Mañana puede ser cualquiera que se atreva a hacer una pregunta incómoda.
Porque cuando disentir molesta más que equivocarse, el problema no es quien habla. Es el sistema que escucha.
