
Cuando el dolor se convierte en mercancía
Un accidente ferroviario es, ante todo, una tragedia humana. Personas fallecidas, familias rotas, heridos físicos y psicológicos, comunidades enteras conmocionadas. Pero en la España contemporánea, cada tragedia tiene una segunda fase igual de previsible que inquietante: la explotación política y mediática del dolor.
El descarrilamiento ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) no ha sido una excepción. Antes incluso de que se confirmaran las causas, antes de que los equipos de emergencia terminaran su trabajo, antes de que se identificara a todas las víctimas, ya estaba en marcha la maquinaria del odio, del bulo y de la manipulación emocional.
Este texto no pretende exculpar a nadie ni cerrar debates técnicos que aún deben investigarse con rigor. Pretende algo más básico y, hoy en día, más urgente: desmontar el ecosistema de desinformación que convierte una tragedia en un arma política.
1. El reflejo automático: buscar culpables antes de conocer los hechos
Uno de los fenómenos más alarmantes tras el accidente de Adamuz ha sido la inmediatez con la que determinados medios y agitadores señalaron culpables políticos, concretamente al ministro de Transportes, Óscar Puente, incluso cuando la información disponible era mínima o directamente inexistente.
Titulares como “Otra negligencia de Óscar Puente” aparecieron cuando oficialmente solo se hablaba de dos fallecidos y ninguna causa confirmada. En cuestión de minutos, esas cifras fueron aumentando —cinco, diez, veinte, cuarenta— mientras el relato acusatorio permanecía inalterable.
No se trataba de informar. Se trataba de fijar un marco narrativo:
Hay muertos → el responsable es el Gobierno → España es el tercer mundo.
La realidad, como suele ocurrir, era mucho más compleja. Pero la complejidad no viraliza.
2. El mito del “tercer mundo ferroviario”
Uno de los mantras más repetidos fue que España vive una supuesta “tercermundización” ferroviaria. El argumento es emocionalmente potente, pero objetivamente falso.
España posee:
Una de las redes de alta velocidad más extensas del mundo
Tecnología ferroviaria exportada a múltiples países
Sistemas de seguridad que, en términos comparativos, superan ampliamente a países como Estados Unidos
Esto no significa que no existan problemas, zonas infrafinanciadas o errores históricos (Extremadura es el ejemplo clásico). Pero confundir desigualdad territorial con colapso sistémico es una manipulación consciente.
Decir que España es “tercer mundo” en trenes no es una crítica técnica: es un eslogan político diseñado para generar indignación, no para explicar nada.
3. Maquinistas, vibraciones y verdades a medias

Otro eje de la desinformación ha sido la utilización selectiva de testimonios técnicos —especialmente de maquinistas— para construir un relato cerrado.
Es cierto que existen informes sindicales y advertencias sobre:
Desgaste prematuro en determinados tramos
Vibraciones anómalas en algunas líneas
Recomendaciones de reducción de velocidad en sectores concretos
Lo que no es cierto es que:
Dichos informes se refieran específicamente al tramo de Adamuz
La velocidad en ese punto fuera de 300 km/h (era inferior)
Las vías de Adamuz no hubieran sido renovadas recientemente
Aquí entra en juego la técnica clásica del bulo sofisticado: mezclar datos reales con conclusiones falsas, creando una sensación de veracidad que resiste el desmentido superficial.
4. Japón, China y la comparación tramposa
Otro argumento recurrente ha sido:
“En Japón y China los trenes van más rápido y no votan”.
Este tipo de frases cumplen una función clara: desprestigiar la realidad local idealizando modelos externos sin contexto.
Se omite que:
Japón posee una geografía, densidad y modelo ferroviario radicalmente distinto
China opera bajo un sistema político, laboral y de transparencia incompatible con Europa
Ambos países han tenido accidentes graves, algunos ocultados durante años
La comparación no busca aprender, sino humillar. No es análisis, es propaganda emocional.
5. El caso Televisión Española: fabricar escándalos donde no los hay
Uno de los episodios más graves ha sido el linchamiento digital contra la presentadora Lourdes Maldonado, acusada falsamente de “reírse de los muertos” por un gesto sacado de contexto.
El análisis completo del vídeo demuestra que:
Estaba en una cobertura en directo de varias horas
Alternaba información dura con testimonios humanos
El gesto viralizado corresponde a un momento de interacción técnica, no a una reacción ante las víctimas
Aquí no hubo error: hubo mala fe.
El objetivo no era criticar una cobertura, sino deshumanizar a una trabajadora pública y alimentar el odio contra RTVE como institución.
6. Coordinación, cámaras de eco y radicalización digital
La simultaneidad con la que:
Las mismas capturas
Los mismos mensajes
Las mismas acusaciones
aparecieron en múltiples cuentas del entorno ultra no puede explicarse solo por casualidad algorítmica.
No es necesario imaginar conspiraciones complejas. Basta entender cómo funcionan:
Las cámaras de eco ideológicas
Los incentivos económicos del clickbait
La monetización del enfado
El odio vende. Y algunos llevan más de una década viviendo de él.
7. Marruecos, los “regalos” y el bulo reciclado
Otro clásico resucitado:
“España regala millones a Marruecos mientras aquí se caen los trenes”.
La realidad:
Son créditos reembolsables, no regalos
Con intereses
Condicionados a la contratación de empresas españolas
Beneficio económico directo para la industria nacional
Este bulo no es nuevo. Se recicla cada vez que ocurre una tragedia. Porque funciona.
8. El verdadero peligro: normalizar la mentira en situaciones límite
El mayor riesgo no es que alguien mienta. Eso siempre ha ocurrido.
El verdadero peligro es que una parte de la sociedad ya no espera a los hechos, sino que consume relatos que confirman su prejuicio previo.
Cuando la emoción sustituye al análisis:
Las víctimas pasan a segundo plano
La verdad deja de importar
La democracia se erosiona
No estar callados, pero tampoco manipulados
Criticar al poder es sano. Exigir responsabilidades es necesario. Investigar hasta el final es obligatorio.
Pero convertir una tragedia en una fábrica de odio no es valentía, es indecencia.
El accidente de Adamuz merece:
Verdad
Justicia
Respeto
No gritos, no bulos, no linchamientos digitales.
Porque cuando la mentira se normaliza en el dolor, todos perdemos.
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