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La misa de Ayuso: cuando la tragedia se convierte en propaganda

España no solo llora a 45 víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. España asiste, casi en tiempo real, a una de las maniobras políticas más agresivas y polarizantes que se recuerdan en los últimos años: la utilización de una catástrofe humana como herramienta de confrontación partidista.

Lo que empezó como un drama ferroviario se ha transformado en una guerra simbólica, institucional y mediática, con un nombre propio en el centro del huracán: Isabel Díaz Ayuso.

La presidenta de la Comunidad de Madrid no esperó a que avanzaran las investigaciones ni a que se celebrara el funeral de Estado consensuado entre el Gobierno, la Junta de Andalucía y la Casa Real. En una decisión unilateral, anunció una misa católica en la Catedral de la Almudena para el 29 de enero, apenas dos días antes del homenaje nacional oficial.

No era un gesto religioso.
Era una operación política.


La batalla por el relato

En política, quien controla el calendario controla el relato. Y Ayuso lo sabe.

Al convocar una misa católica propia, sin consenso institucional, la presidenta madrileña no solo rompió la unidad frente a la tragedia, sino que lanzó un mensaje implícito:

“El Gobierno no es digno de liderar el duelo”.

Para la derecha mediática y para sectores conservadores, la misa se convierte en una especie de juicio moral al Ejecutivo de Pedro Sánchez y al ministro de Transportes, Óscar Puente.

Para el Gobierno y una parte importante de la sociedad, la maniobra es una instrumentalización indecente del dolor.

Y en medio de ese choque aparece un tercer actor: la Iglesia católica, aceptando celebrar una ceremonia que compite directamente con un funeral de Estado.


Yolanda Díaz estalla

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La reacción más contundente no vino del PSOE, sino de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, que lanzó una de las frases más duras del debate:

“Las vías rotas son el reflejo de España, pero el discurso se endurece todavía más con Isabel Díaz Ayuso”.

Díaz acusó directamente a la presidenta madrileña de usar la tragedia para alimentar un clima de desconfianza institucional y de desprecio a las víctimas.

Mientras Ayuso hablaba de “ley del silencio”, los datos decían lo contrario:

Dos ruedas de prensa del ministro en 72 horas

Más de una docena de entrevistas

Una comparecencia de más de tres horas ante los medios

Presencia de técnicos de ADIF y Renfe

Pero para Ayuso, nada era suficiente.


La doble vara de medir

Aquí aparece la grieta que hace explotar el discurso de la presidenta madrileña.

Cuando mueren 45 personas en un accidente ferroviario, Ayuso exige transparencia, responsabilidades y explicaciones inmediatas.

Pero cuando murieron 7.291 ancianos en las residencias de Madrid durante la pandemia, su gobierno:

Bloqueó comisiones de investigación

No asumió responsabilidades políticas

No pidió perdón

No permitió una auditoría real

La pregunta es inevitable:

¿Por qué unas víctimas merecen verdad y otras silencio?


La Iglesia entra en el juego

La decisión de la diócesis de Madrid de aceptar la misa de Ayuso no es neutra.

En un Estado aconfesional, cuando una institución religiosa se alinea con una operación política que compite con un acto de Estado, se convierte en un actor político de facto.

Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

La misa del 29 de enero no es un acto de fe.
Es un gesto de poder simbólico.

Un mensaje al país:

“El duelo legítimo pasa por nosotros, no por el Gobierno”.


Dos PP, dos Españas

La tragedia ha dejado al Partido Popular al desnudo.

Por un lado, Juanma Moreno Bonilla, presidente de Andalucía, ha optado por la cooperación institucional:

Coordinación con el Gobierno

Respeto a los tiempos de la investigación

Mensajes de unidad

Por otro lado, Ayuso, Cayetana Álvarez de Toledo, Juan Bravo y otros dirigentes han apostado por:

Sospecha

Acusaciones veladas

Insinuaciones de ocultación

Ataques directos a Pedro Sánchez

Dos almas dentro del mismo partido.

Una quiere gobernar.
La otra quiere incendiar.


La herida del 11M

En el debate apareció un fantasma: el del 11 de marzo de 2004.

Cuando una parte del PP insinuó que el Gobierno socialista tenía algo que ver con los atentados yihadistas, cruzó una línea histórica.

Hoy, al sembrar dudas sobre si el Gobierno oculta información tras una tragedia, algunos dirigentes vuelven a caminar por ese mismo abismo.

Porque cuestionar sin pruebas la transparencia institucional no es oposición: es deslegitimación del Estado.


¿Es seguro viajar en tren?

Los propios maquinistas, incluso los críticos, han sido claros:

“Sí, es seguro. Yo viajo con mi familia”.

La inversión en mantenimiento ferroviario ha pasado de 1.700 millones a más de 5.000 millones en cinco años.

Pero el miedo vende.
Y algunos lo están explotando.


El funeral como campo de batalla

Nunca en la historia reciente una misa había sido un acto político tan explícito.

Ayuso no busca consolar.
Busca dividir.

Colocar su misa dos días antes del funeral de Estado no es casualidad: es una manera de imponer su narrativa antes de que la del Estado ocupe el centro.

Es un intento de convertir el dolor en plebiscito contra el Gobierno.


Las víctimas, atrapadas

Mientras los políticos compiten, las familias de los 45 fallecidos observan cómo su duelo se convierte en espectáculo.

Y ahí está la verdadera obscenidad de todo esto.

No es una discusión sobre infraestructuras.
No es una discusión sobre inversión.
Es una lucha por el poder simbólico sobre la tragedia.


El riesgo democrático

Cuando una líder política:

Usa una tragedia para atacar al Gobierno

Utiliza una institución religiosa para amplificar su mensaje

Siembra desconfianza antes de que existan conclusiones

Desprecia los tiempos de la investigación

No está haciendo oposición.
Está erosionando la confianza democrática.


La fe contra el Estado

La misa de la Almudena no es un acto de piedad.

Es una operación de propaganda.

Una parte de la derecha española ha decidido que incluso la muerte es una herramienta electoral.

Y ese es el verdadero escándalo que deja esta tragedia:
no solo vías rotas,
sino una política que ha perdido el alma.