
La escena podría parecer un simple episodio más de la crónica parlamentaria española, pero en realidad es mucho más que eso. Lo ocurrido con el nuevo “ciudadano anónimo”, los insultos al presidente del Gobierno, las tibias reacciones del Partido Popular y el debate televisivo protagonizado por Intxaurrondo y Margallo retratan algo mucho más profundo: la degradación acelerada del lenguaje político y la normalización del insulto como herramienta de confrontación.
España no está viviendo solo una etapa de polarización. Está atravesando una mutación del debate democrático, donde el adversario político ya no es un rival al que convencer, sino un enemigo al que deshumanizar.
El “anónimo” que nunca es tan anónimo
De nuevo, como ya ocurrió en otros episodios recientes, aparece una figura supuestamente neutral: un “ciudadano anónimo” que escribe una carta durísima contra Pedro Sánchez tras una tragedia, una catástrofe o un momento de fuerte impacto emocional.
El patrón se repite:
– El texto se viraliza.
– Es difundido por medios afines a la derecha.
– Se presenta como la voz del “pueblo indignado”.
– Y poco después, se descubre que ese “anónimo” no es tan anónimo.
En este caso, la sorpresa es mayúscula: el autor de la carta había recibido alrededor de 800.000 euros en contratos públicos de la Junta de Andalucía presidida por Juanma Moreno Bonilla. Un empresario que había firmado licitaciones millonarias con la sanidad pública andaluza.
Es decir: el supuesto ciudadano indignado no era un vecino cualquiera, sino alguien directamente vinculado a la administración gobernada por el Partido Popular.
La casualidad, una vez más, vuelve a señalar siempre en la misma dirección.
La estrategia: emoción, tragedia y propaganda
La derecha mediática ha perfeccionado una fórmula casi infalible:
Se aprovecha una tragedia real.
Se construye un relato emocional.
Se personaliza la culpa en Pedro Sánchez.
Se viraliza una carta, un vídeo o un testimonio.
Se omite cualquier dato incómodo sobre el autor.
No se busca informar. Se busca impactar.
No se busca analizar. Se busca enfurecer.
No se busca comprender. Se busca señalar culpables.
Y cuando luego se descubre que el “anónimo” estaba relacionado con contratos públicos, subvenciones o intereses económicos, el escándalo ya ha cumplido su función: la opinión pública ha sido intoxicada.
Intxaurrondo frena en seco: “Esto es inaudito”
En el plató, Intxaurrondo lo dice sin rodeos: lo que está ocurriendo es una escalada de encanallamiento político. Una normalización del insulto que se justifica siempre con la misma excusa: la polarización.
Según este razonamiento perverso, como estamos polarizados, todo vale. Insultar, provocar, humillar, deshumanizar. Hoy es un exabrupto, mañana será una agresión, pasado mañana algo peor.
Intxaurrondo lo resume con una frase demoledora:
“Si los políticos no damos ejemplo, ¿qué esperamos de la gente en la calle?”
La política, que debería ser el espacio de mayor responsabilidad institucional, se ha convertido en el laboratorio del odio.

Margallo y la minimización del insulto
Frente a esta posición, José Manuel García-Margallo adopta una actitud mucho más indulgente. Condena formalmente el insulto, sí, pero lo relativiza. Habla de espontaneidad, de exceso puntual, de que no hay que exagerar.
Según Margallo, expulsar a la concejala sería una sobrerreacción. Ha pedido perdón, dice, y eso basta.
Pero aquí aparece el matiz clave:
¿A quién ha pedido perdón?
No al presidente del Gobierno, que fue el insultado.
Ha pedido perdón al Partido Popular, por si sus palabras dañaban la imagen del partido.
Es decir, no se disculpa con la víctima, sino con la organización.
Un gesto que revela perfectamente cuál es la prioridad real: no el respeto institucional, sino la disciplina interna.
Feijóo llega tarde, otra vez
Alberto Núñez Feijóo acaba condenando los insultos, sí. Pero lo hace 24 horas después, tras resistirse inicialmente a pronunciar una condena explícita.
Y en política, el tiempo importa.
Cuando una reacción llega tarde, ya no es liderazgo. Es control de daños.
Muchos analistas coinciden: si Feijóo hubiera salido desde el primer minuto a condenar de forma tajante, sin matices, sin excusas, sin comparaciones, el episodio habría durado horas. Al demorarse, lo convirtió en una crisis.
Porque cuando no se corta el insulto desde arriba, se legitima desde abajo.
“Me gusta la fruta”: el origen de todo
Para entender por qué una concejala se siente con derecho a ir a un mitin del PSOE a insultar al presidente del Gobierno, hay que retroceder a noviembre de 2023.
Debate de investidura.
Isabel Díaz Ayuso, desde la tribuna, pronuncia un insulto clarísimo contra Pedro Sánchez. Las cámaras captan el movimiento de labios. No hay duda.
Lejos de pedir disculpas, su equipo transforma el insulto en eslogan:
“Me gusta la fruta.”
Y lo que podría haber sido un error puntual se convierte en una campaña política.
Cestas de fruta.
Bromas públicas.
Mensajes virales.
Guiños constantes.
El insulto se convierte en marketing.
Y cuando el líder de un partido convierte el insulto en broma recurrente, envía un mensaje muy claro a su base:
no solo está permitido, está recomendado.
Del insulto a la deshumanización
Aquí está el núcleo del problema. No es solo una cuestión de mala educación. Es una cuestión de deshumanización del adversario político.
Cuando llamas “hijo de…” al presidente del Gobierno:
– No estás criticando una política pública.
– No estás debatiendo una ley.
– No estás argumentando nada.
Estás negando su condición de interlocutor legítimo.
Lo conviertes en alguien indigno de respeto, de escucha, de diálogo.
Y cuando el otro deja de ser una persona, pasa a ser un enemigo.
La historia del siglo XX demuestra adónde conduce esa lógica.
La hipocresía del discurso moral
Uno de los momentos más incómodos del debate llega cuando se recuerda algo evidente: muchos periodistas reciben insultos constantes por parte de cargos del Partido Popular, tanto en redes como incluso en sede parlamentaria.
Y, sin embargo, ahora el PP se presenta como defensor de la educación política.
La pregunta es inevitable:
¿Hasta dónde llega la hipocresía?
Se condenan los insultos cuando interesan, pero se toleran cuando los emiten los propios.
Se exige respeto institucional al adversario, pero se legitima el ataque interno.
Una doble vara de medir que erosiona cualquier autoridad moral.

El funeral, la religión y la propaganda
Otro elemento clave del episodio es el uso político del funeral de las víctimas.
En la catedral de Córdoba, el acto se convierte en un espectáculo cargado de referencias religiosas, con continuas alusiones a la Virgen. Un funeral profundamente confesional en un Estado oficialmente aconfesional.
Pedro Sánchez no asiste, precisamente por ese carácter religioso.
Y la derecha aprovecha su ausencia para lanzar una nueva oleada de ataques.
Vídeos virales.
Acusaciones de falta de humanidad.
Señalamientos morales.
De nuevo, la tragedia se transforma en arma política.
No importa el duelo real de las familias.
Importa el rendimiento propagandístico.
El Estado emocional permanente
España vive instalada en lo que algunos politólogos llaman “estado emocional permanente”.
La política ya no se basa en programas, datos o propuestas. Se basa en:
– Indignación.
– Ira.
– Miedo.
– Víctimas.
– Enemigos.
Cada día hay que generar una polémica.
Cada día hay que señalar a alguien.
Cada día hay que construir un relato de buenos contra malos.
Y en ese contexto, el insulto es perfecto:
es rápido, viral, emocional, sencillo y no requiere ningún argumento.
¿Qué viene después?
Esta es la pregunta más inquietante.
Si hoy se normaliza el insulto,
mañana se normalizará la amenaza,
y pasado mañana se normalizará la agresión.
No es una exageración. Es un patrón histórico.
La violencia verbal siempre precede a la violencia simbólica.
Y la violencia simbólica siempre precede a la violencia real.
Por eso Intxaurrondo habla de línea roja.
Por eso algunos analistas hablan de deriva peligrosa.
Por eso cada vez más ciudadanos sienten que la política se ha vuelto tóxica.
La responsabilidad de los líderes
En democracia, los líderes no solo gestionan presupuestos.
Gestionan climas emocionales.
Cada palabra que pronuncian legitima comportamientos.
Cada gesto que toleran crea precedentes.
Cada silencio es una autorización implícita.
Cuando Feijóo tarda en condenar, envía un mensaje.
Cuando Ayuso convierte un insulto en eslogan, envía otro.
Cuando Margallo minimiza, normaliza.
Y cuando eso ocurre desde arriba, se replica abajo.
El “centro mental” y la mayoría silenciosa
En medio de este ruido, hay algo que suele olvidarse: la mayoría de la sociedad no se siente cómoda con esta dinámica.
No es de izquierdas ni de derechas.
Es simplemente gente normal que quiere:
– respeto,
– convivencia,
– debate civilizado.
Lo que algunos llaman “centro mental”: un espacio donde se puede discrepar sin odiar, criticar sin insultar, confrontar sin deshumanizar.
Pero ese espacio cada vez tiene menos voz, porque no genera titulares, no viraliza, no produce espectáculo.
El odio vende.
La moderación no.
La democracia en peligro blando
Nadie está diciendo que España vaya a caer mañana en una dictadura.
El peligro es más sutil. Más blando. Más lento.
Es la erosión progresiva del lenguaje democrático.
La pérdida de límites.
La banalización del insulto.
La conversión del adversario en enemigo.
Cuando eso ocurre, la democracia no muere de golpe.
Se desgasta.
Se deforma.
Se vacía por dentro.
Y lo más inquietante es que muchos ya no lo ven como un problema, sino como parte normal del paisaje político.
Quizá ese sea el verdadero escándalo.
No el insulto en sí,
sino que ya casi no nos sorprenda.
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