A YouTube thumbnail with maxres quality

Cuando la seguridad ferroviaria entra en la guerra política

España vive una situación inédita en su red de alta velocidad. No por una avería estructural, no por una catástrofe técnica confirmada, sino por algo mucho más inquietante: una sucesión de alertas, limitaciones de velocidad, avisos de vibraciones y movimientos extraños que aparecen, desaparecen y reaparecen en cuestión de horas… y que están siendo provocados casi en su totalidad por un único maquinista.

Lo que podría ser un simple caso de exceso de celo profesional se ha convertido en una bomba política.

Porque ocurre justo después de un accidente ferroviario grave, en un clima de máxima sensibilidad social, y porque está golpeando directamente al ministro de Transportes, Óscar Puente, una de las figuras más atacadas de la política española.


Las cifras que lo cambian todo

ADIF, el gestor de la infraestructura ferroviaria, ha puesto números sobre la mesa. Y esos números son, como mínimo, inquietantes.

En condiciones normales, en toda la red de alta velocidad española —más de 4.000 kilómetros— se reciben una media de cuatro avisos diarios de maquinistas.

La semana anterior al accidente, en la línea Madrid–Barcelona, hubo ocho avisos en siete días. Una cifra completamente normal.

El día anterior al accidente: cero avisos.

Pero tras el siniestro, todo cambió.

En un solo día se registraron 25 avisos en esa misma línea.
21 de ellos procedían del mismo maquinista.

Al día siguiente, el mismo conductor volvió a presentar al menos 13 avisos más.

Es decir: más de 30 avisos en 48 horas, casi todos de una sola persona.


¿Qué está denunciando este maquinista?

Según su versión, los trenes vibran, se mueven, hay baches, irregularidades, comportamientos anómalos de la vía.

Y según los protocolos europeos de seguridad, cada aviso debe tomarse en serio, sin excepción.

Eso obliga a ADIF a:

Reducir la velocidad

Enviar trenes auscultadores

Hacer inspecciones visuales

Volver a medir geometría, soldaduras, carriles, balasto

Cuando no se detecta nada peligroso, se levanta la restricción.
Si aparece una duda, se vuelve a imponer.

Por eso el país ha vivido una situación surrealista:

Por la noche se limita la velocidad.
Por la mañana se levanta.
A las horas se vuelve a limitar.
Y otra vez se levanta.

Todo ello en la línea más importante del país.


El efecto real: miedo y colapso

El resultado es devastador:

Retrasos masivos

Cancelaciones

Trenes detenidos

Pasajeros aterrorizados

Titulares alarmistas

Y sobre todo, una sensación colectiva de que la red ferroviaria española no es segura, aunque los datos técnicos digan lo contrario.

Eso es lo que en comunicación de crisis se llama alarma social inducida.


Óscar Puente rompe el silencio

Óscar Puente desmonta todo el victimismo del PP con una "secuencia en solo 10 tuits"

El ministro fue claro:

«De las 25 denuncias registradas ayer, 21 corresponden a un solo maquinista. Y hoy el mismo maquinista ha presentado al menos 13 más. Eso nos obliga a actuar por protocolo, pero también hay que tenerlo en cuenta para valorar lo que está pasando».

No acusó a nadie.
No habló de sabotaje.
Pero dejó caer una frase clave:
“hay que tenerlo en cuenta”.

En política, eso significa: esto no es normal.


¿Puede un solo trabajador paralizar la alta velocidad?

La respuesta es sí.

Y eso no es un fallo del sistema. Es una virtud.

El sistema ferroviario europeo está diseñado para que cualquier trabajador pueda detener un tren si cree que hay peligro, sin miedo a represalias.

Es una barrera contra accidentes.

Pero también es una vulnerabilidad.

Porque ese mismo sistema puede ser utilizado —en teoría— para:

Provocar caos

Crear miedo

Dañar la reputación del sistema

Dañar a un ministro

Generar presión política

No hace falta sabotear un tornillo.
Basta con pulsar el botón del protocolo una y otra vez.


¿Es esto un sabotaje?

No hay ninguna prueba de que lo sea.

Pero la anomalía es tan grande que la pregunta ya está en la calle, en los partidos, en los medios y en los despachos.

Un solo maquinista ha pasado de generar el 10% de los avisos normales… a generar casi el 90% de los avisos de una de las líneas más importantes de Europa.

Eso no prueba mala fe.
Pero tampoco es estadísticamente neutro.


El contexto político lo cambia todo

Esto ocurre cuando:

Hay un accidente reciente

Hay víctimas

Hay funerales

Hay máxima sensibilidad social

Hay una ofensiva política contra Óscar Puente

Hay una guerra mediática abierta

En ese contexto, cada limitación de velocidad se convierte en un titular:

“Nuevo fallo”, “Más problemas”, “Otro susto”, “El AVE no es seguro”.

Aunque técnicamente la vía esté dentro de los parámetros.


ADIF: entre la técnica y el pánico

El director de tráfico ferroviario lo explicó con franqueza:

Hay avisos por confort

Hay avisos por seguridad

Hay inspecciones técnicas

Hay inspecciones visuales

Hay protocolos europeos

Y todos se están cumpliendo.

Pero el público no ve protocolos.
Ve trenes parados.


El dilema imposible

Si ADIF ignora los avisos y ocurre algo, sería un escándalo histórico.
Si los atiende todos, aunque sean exagerados, paraliza el sistema.

Y justo eso es lo que está pasando.


La pregunta que nadie quiere formular en voz alta

¿Y si alguien estuviera utilizando los protocolos de seguridad para fabricar una crisis política?

No para provocar un accidente.
Sino para hacer creer que el sistema está al borde del colapso.


Óscar Puente, el blanco perfecto

Quién es Óscar Puente

Puente no es un ministro cualquiera:

Es mediático

Es provocador

Tiene enemigos en la derecha

Tiene enemigos en sectores corporativos

Tiene enemigos en redes sociales

Un colapso ferroviario, aunque sea aparente, sería el arma perfecta.


Lo que sí es indiscutible

No hay pruebas de sabotaje.
Pero sí hay algo probado:

La mayor ola de denuncias en la historia reciente del AVE procede casi íntegramente de una sola persona.

Y eso, en una red de miles de kilómetros y cientos de maquinistas, no es normal.

España no está viviendo solo una crisis ferroviaria.
Está viviendo una crisis de confianza.

Entre protocolos técnicos, guerras políticas, medios alarmistas y cifras anómalas, la verdad queda atrapada.

Y mientras tanto, los trenes circulan…
con miedo.