
1. Ferraz, el escenario permanente de la ira
La calle Ferraz se ha convertido, con el paso de los años, en un escenario simbólico del descontento político en España. No importa el tamaño de la protesta ni su organización: basta con un grupo reducido, un megáfono y una narrativa incendiaria para que el lugar vuelva a ocupar titulares.
Esta vez, el detonante no fue una manifestación multitudinaria, sino la aparición de Álvaro de Marichalar, un personaje que reúne tres ingredientes irresistibles para el ruido mediático: apellido histórico, vínculos con la Casa Real y una trayectoria pública marcada por la provocación.
2. Un apellido con peso, un personaje fuera del sistema
Álvaro de Marichalar es hermano de Jaime de Marichalar, exmarido de la infanta Elena, lo que lo sitúa —aunque de manera indirecta— en la órbita de la familia real española. Sin embargo, su relevancia pública no proviene de ese vínculo, sino de su presencia constante en episodios de alta tensión política.
Viajero incansable, navegante, residente intermitente en el extranjero y habitual de actos simbólicos, Marichalar ha construido una figura que se mueve entre el activismo personal, la performance política y la provocación ideológica.
3. Una protesta mínima, un ruido máximo
En Ferraz no había cientos ni miles de personas. Apenas una decena. Pero el volumen no lo marcaba el número, sino la repetición insistente de consignas, pronunciadas como si la reiteración pudiera sustituir al argumento.
Las frases coreadas no buscaban convencer, sino imponer un clima emocional. La lógica era simple: cuanto más extremo el mensaje, mayor la atención.
4. Venezuela como relato importado
Uno de los ejes del discurso fue Venezuela. Marichalar vinculó la situación política española con un relato de colapso latinoamericano, utilizando acusaciones graves y un lenguaje sin matices.
Más allá del posicionamiento ideológico, lo relevante fue el uso instrumental del conflicto venezolano como elemento retórico: un espejo deformado en el que se proyectan miedos, teorías y enemigos internos.
No había análisis geopolítico. Había consigna.
5. La consigna como sustituto del pensamiento
El momento más revelador de la protesta fue comprobar cómo el grupo funcionaba como un eco cerrado. Las frases se repetían sin discusión, sin corrección, sin debate.
Este tipo de dinámica no busca construir alternativas políticas, sino reforzar una identidad basada en la confrontación. El adversario no es un rival: es una amenaza existencial.
6. El punto de ruptura: cuando aparece el Rey
Todo cambió cuando algunos asistentes empezaron a corear consignas dirigidas contra el Rey, utilizando expresiones cargadas de simbolismo y acusación.
Ahí se produjo la fractura.
Álvaro de Marichalar, que había acudido como defensor explícito de la monarquía, reaccionó con visible enfado. La protesta dejó de ser colectiva y pasó a ser un conflicto interno.
“Estáis hablando de mi familia.”
La escena fue tan breve como reveladora: un grupo que se proclamaba unido contra un enemigo común se desmoronó en segundos al no compartir los mismos límites simbólicos.
7. Monárquicos y antipáticos a la monarquía, juntos… hasta que dejan de estarlo
La imagen fue potente: banderas, consignas, gritos… y de pronto, la descoordinación total.
La protesta evidenció una realidad incómoda: la oposición radical no es homogénea. Conviven en ella nostalgias, resentimientos, ultraconservadurismo, rechazo al sistema y contradicciones profundas.
Ferraz no fue el inicio de nada, pero sí el reflejo de una desunión estructural.
8. Un patrón que se repite
Lo ocurrido no fue un episodio aislado. En Cataluña, años atrás, Marichalar protagonizó escenas similares: irrupciones en manifestaciones, enfrentamientos verbales y una narrativa constante de victimización.
Siempre el mismo esquema:
Aparición en un punto caliente
Provocación simbólica
Grabaciones virales
Relato de persecución posterior
El personaje se alimenta del conflicto, y el conflicto, de su presencia.
9. La paradoja del activista sin consecuencias
Marichalar no depende de un salario, no está atado a una estructura laboral ni a una realidad económica inmediata. Vive entre viajes, proyectos personales y largas estancias fuera de España.
Esa libertad material contrasta con la radicalidad de su discurso, centrado en una idea de nación amenazada y en una urgencia apocalíptica que no afecta directamente a su día a día.
10. Redes sociales: el amplificador perfecto
La escena de Ferraz fue rápidamente fragmentada, editada y difundida en plataformas digitales. No para contextualizar, sino para explotar el choque.
Los algoritmos premian el grito, no la explicación.
Y Marichalar, una vez más, encajó a la perfección en ese molde.
11. Cuando la protesta se convierte en teatro
Lo sucedido en Ferraz no puso en jaque al Gobierno ni alteró el rumbo político del país. Pero sí dejó una imagen poderosa: la de una oposición fragmentada, dominada por la consigna, incapaz de sostener un mensaje común más allá del rechazo.
La política como espectáculo.
La protesta como performance.
El conflicto como identidad.
12.Ferraz no tembló, pero el retrato quedó
Álvaro de Marichalar se marchó. La calle volvió a la normalidad. Pero el episodio quedó registrado como una postal del estado actual de cierta radicalidad política: mucho ruido, pocas propuestas y una profunda incapacidad para convivir incluso entre quienes dicen luchar por lo mismo.
No fue un punto de inflexión.
Fue un espejo.
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