La política, los medios de comunicación y las redes sociales vuelven a cruzarse en un episodio que ha encendido el debate público en España.
Esta vez, el foco está puesto en Sarah Santaolalla, analista política y colaboradora habitual de distintos espacios televisivos, que en los últimos días ha denunciado una escalada de amenazas y actos de intimidación dirigidos contra ella.
Unos hechos que han provocado una oleada de reacciones, entre ellas la de Antonio Naranjo, periodista y tertuliano conocido por su estilo directo y combativo, que no ha dudado en mostrar su apoyo a su compañera… aunque introduciendo un “pero” que ha sembrado una intensa polémica.

Un nuevo episodio de violencia simbólica y amenazas
La situación que vive Sarah Santaolalla no surge de la nada. En las últimas semanas, la analista ha estado en el centro de la polémica tras un enfrentamiento en directo en el programa En boca de todos, donde fue objeto de un ataque machista por parte de Eli Vigil, diputada del Partido Popular en la Asamblea de Madrid.
Aquella intervención, ampliamente comentada en redes sociales y medios de comunicación, abrió un debate sobre el tono del discurso político y el trato hacia las mujeres en espacios públicos.
Sin embargo, lo ocurrido posteriormente ha elevado la gravedad del asunto. Santaolalla denunció a través de su cuenta en la red social X que la tumba de las Trece Rosas había sido vandalizada con pintadas que incluían amenazas de muerte dirigidas explícitamente contra ella.
Un hecho que, por su carga simbólica, ha provocado una profunda conmoción.
“Ha sido vandalizada la tumba de las Trece Rosas con amenazas de muerte hacia mí. No es casualidad: mujeres asesinadas por enfrentarse al fascismo y no doblegarse. Siento auténtico terror”, escribía la analista, visiblemente afectada.
Las Trece Rosas, jóvenes militantes fusiladas en 1939 por el régimen franquista, representan uno de los símbolos más potentes de la represión y de la memoria democrática en España. Cualquier ataque contra ese lugar tiene una dimensión que va más allá de la simple pintada: es un gesto cargado de intención política y emocional.
El acoso en redes y la persecución fuera de cámaras
A este episodio se suman las amenazas que Santaolalla asegura recibir de forma casi diaria a través de las redes sociales. Insultos, mensajes intimidatorios y comentarios violentos forman parte, según ha denunciado, de una dinámica de hostigamiento constante que afecta no solo a su trabajo, sino también a su vida personal.
Especialmente grave ha sido la situación vivida con el periodista Vito Quiles, a quien Santaolalla acusa de haberla perseguido desde las instalaciones de RTVE hasta las inmediaciones de su domicilio. Un comportamiento que muchos consideran una línea roja, al trasladar el conflicto mediático al ámbito privado y poner en riesgo la seguridad personal.
Este contexto ha generado una reacción transversal. Desde el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hasta figuras políticas como Pablo Iglesias, pasando por compañeros de profesión como Xabier Fortes o el Consejo de Informativos de RTVE, han mostrado públicamente su apoyo a la analista y han condenado las amenazas.
Antonio Naranjo: apoyo sin matices… o casi
Entre esas voces ha destacado la de Antonio Naranjo, una de las más inesperadas. Naranjo y Santaolalla representan, en muchos sentidos, polos opuestos del espectro ideológico y mediático. Sus enfrentamientos dialécticos en tertulias televisivas son habituales y, en ocasiones, especialmente tensos.
Por eso sorprendió que Naranjo utilizara su cuenta en X para condenar de forma rotunda lo ocurrido y expresar su respaldo a Santaolalla.
“La pintada contra Sarah Santaolalla es una infamia que define a quien la hizo y ella tiene todo el derecho a asustarse y a denunciarlo. Todo mi apoyo”, escribió el periodista.
Un mensaje claro, sin ambigüedades, que muchos interpretaron como un ejemplo de que la condena a la violencia y a las amenazas debe estar por encima de las diferencias ideológicas. Sin embargo, la polémica llegó en la segunda parte de su mensaje.
El “pero” que encendió el debate
Tras expresar su apoyo, Naranjo añadió una frase que cambió por completo el tono de la conversación pública:
“Pero que lo use el Gobierno para legitimar su discurso sobre un peligro estructural de la ultraderecha es infame y ridículo”.
Ese “pero” fue suficiente para desatar una nueva tormenta. Para algunos, Naranjo estaba ejerciendo su derecho a criticar lo que considera una instrumentalización política de un suceso grave. Para otros, introducir esa crítica en un contexto de amenazas personales suponía desviar el foco y minimizar la gravedad de lo ocurrido.
La reacción fue inmediata. En redes sociales, usuarios de distintos perfiles ideológicos debatieron sobre si era legítimo separar la condena de los hechos de la crítica al uso político de los mismos, o si hacerlo en ese momento era una falta de sensibilidad.
Pedro Sánchez y el discurso institucional

El mensaje de Antonio Naranjo hacía referencia directa a las palabras del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien también se pronunció sobre lo ocurrido.
En su mensaje, Sánchez vinculó el ataque contra la tumba de las Trece Rosas y las amenazas a Santaolalla con un clima de odio y machismo que, a su juicio, no puede normalizarse en una democracia.
“Las Trece Rosas representan la dignidad frente al fanatismo. Profanar su memoria y amenazar de muerte a una periodista es cruzar una línea intolerable. El odio, el machismo y el miedo no van a imponerse en nuestra democracia”, escribió el presidente.
Para el Gobierno, el episodio encaja en un discurso más amplio sobre el auge de la ultraderecha y la normalización de mensajes de odio. Un marco que Naranjo rechaza frontalmente, al considerar que generaliza y politiza un acto que, aunque condenable, no debería servir para sostener una narrativa estructural.
Libertad de expresión, límites y responsabilidad
El caso ha reabierto debates clásicos pero siempre vigentes: ¿dónde termina la libertad de expresión y empieza el acoso? ¿Hasta qué punto las redes sociales amplifican discursos de odio? ¿Qué responsabilidad tienen los líderes políticos y los comunicadores en el clima social?
Para muchos analistas, la situación de Santaolalla es un ejemplo de cómo la exposición mediática puede convertirse en un riesgo personal, especialmente para las mujeres que opinan sobre política. Las amenazas, aunque a veces se banalicen en el entorno digital, tienen un impacto real en la vida de quienes las reciben.
Al mismo tiempo, la reacción de Naranjo pone sobre la mesa otra cuestión: la dificultad de construir consensos mínimos en un contexto de polarización extrema. Incluso cuando hay acuerdo en lo esencial —la condena de la violencia—, las interpretaciones sobre el significado político de los hechos generan nuevas fracturas.
Un apoyo incómodo pero significativo
Más allá de la polémica, el gesto de Antonio Naranjo tiene un valor simbólico. Que alguien situado ideológicamente en las antípodas de Santaolalla se solidarice con ella envía un mensaje potente: las amenazas y la intimidación no pueden justificarse ni relativizarse por razones políticas.
Sin embargo, su crítica al Gobierno demuestra que incluso ese consenso básico está lleno de matices. Para Naranjo, apoyar a una compañera no implica renunciar a su discurso crítico hacia el Ejecutivo. Para otros, ese matiz empaña un mensaje que debería haber sido inequívoco.
El papel de los medios y la escalada del conflicto
Los medios de comunicación también juegan un papel clave en este tipo de situaciones. La cobertura intensa, el enfoque editorial y la amplificación en redes pueden contribuir tanto a la concienciación como a la escalada del conflicto.
En el caso de Santaolalla, la exposición mediática ha servido para visibilizar un problema real, pero también la ha colocado en el centro de un debate político aún más intenso. Una paradoja que afecta a muchos profesionales del periodismo y el análisis político.
Un debate que va más allá de los nombres propios
Aunque los protagonistas sean Sarah Santaolalla, Antonio Naranjo y Pedro Sánchez, el fondo del asunto trasciende a las personas concretas. Se trata de un reflejo del clima social y político actual, marcado por la polarización, la desconfianza y la dificultad para establecer límites claros en el debate público.
Las amenazas, vengan de donde vengan, suponen un ataque directo a la convivencia democrática. Y la forma en que se interpretan y se utilizan políticamente revela hasta qué punto la sociedad está fragmentada.
Consenso roto incluso ante la condena
El episodio deja una sensación inquietante: incluso ante un hecho tan grave como una amenaza de muerte, el consenso es frágil y efímero. Antonio Naranjo ha mostrado que es posible apoyar a alguien con quien se discrepa profundamente, pero también ha evidenciado que la polarización hace casi imposible un mensaje sin “peros”.
Sarah Santaolalla, por su parte, se ha convertido en el símbolo de un debate mayor sobre el machismo, el acoso y la violencia política en España. Y la reacción institucional, encabezada por Pedro Sánchez, refleja una lectura que no todos comparten, pero que forma parte del discurso oficial.
En medio de todo ello, queda una pregunta abierta: ¿será posible algún día condenar la violencia sin convertirla en un nuevo campo de batalla ideológico? De momento, el caso demuestra que incluso la solidaridad puede convertirse en motivo de controversia.
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