Arturo Pérez-Reverte cruza una línea roja contra Carme Chaparro: el choque que destapa la guerra cultural entre poder intelectual y periodismo

El enfrentamiento entre Arturo Pérez-Reverte y Carme Chaparro no es una simple polémica pasajera en redes sociales. No es un malentendido ni un cruce de ironías mal interpretadas. Es, para muchos, la manifestación más clara de una guerra cultural soterrada que atraviesa desde hace años el debate público en España: la confrontación entre el intelectual consagrado, blindado por su prestigio, y una voz periodística femenina que se atreve a cuestionar el relato dominante.
Todo estalló a raíz de un tuit del escritor y académico de la Real Academia Española en el que recomendaba la lectura de un artículo crítico con la denominada “literatura femenina”. Pérez-Reverte calificó el texto como “demoledor” y lo compartió con su habitual tono de autoridad, invitando a su audiencia a leerlo como si se tratara de una verdad incómoda que muchos se niegan a aceptar.
El artículo, escrito por una mujer, abordaba un debate recurrente: si existe o no una literatura femenina diferenciada, y hasta qué punto la experiencia biológica y social condiciona la escritura. Un tema espinoso que, lejos de estar cerrado, sigue generando fricciones profundas.
El comentario que encendió la mecha
Carme Chaparro, periodista, escritora y comunicadora con una larga trayectoria en televisión, decidió reaccionar al contenido con una frase breve, irónica y cargada de simbolismo:
“El prepucio es universal. El útero, femenino.”
La frase, lejos de ser un ataque personal, fue interpretada por muchos como una reflexión sobre la falsa neutralidad del punto de vista masculino en la literatura y la cultura. Una manera elegante —y provocadora— de señalar que no todas las experiencias vitales son intercambiables ni universales.
Sin embargo, la respuesta de Arturo Pérez-Reverte no se centró en el fondo del debate. No discutió la idea, ni argumentó en términos literarios. Optó por el ataque frontal.
El golpe de Pérez-Reverte: de la crítica al desprecio
El escritor respondió acusando a Chaparro de no leer lo que comenta, de atribuirle erróneamente la autoría del artículo y de dar lecciones de literatura sin fundamento. Pero la frase que desató la indignación fue otra, mucho más personal y contundente:
“Si yo fuera analfabeto, sería sin duda mucho más prudente a la hora de abrir la boca. O la tecla.”
Con esas palabras, Pérez-Reverte cruzó una línea que muchos consideran peligrosa. No se trataba ya de un intercambio intelectual, sino de una descalificación directa, una apelación a la supuesta superioridad cultural para invalidar a su interlocutora.
Las redes sociales ardieron. Para una parte importante de la audiencia, el comentario no solo fue arrogante, sino clasista y profundamente elitista, especialmente viniendo de una figura que representa una de las instituciones culturales más poderosas del país.
La respuesta de Carme Chaparro: precisión sin estridencias
Lejos de caer en el insulto o la provocación, Carme Chaparro respondió con una pregunta tan simple como demoledora:
“¿Le atribuyo la autoría del texto? ¿Dónde?”
Con esa frase, la periodista desmontó la acusación central de Pérez-Reverte y dejó en evidencia que el escritor había reaccionado desde el impulso, no desde el rigor. Chaparro no elevó el tono, no devolvió el golpe con otro insulto. Eligió la vía de la precisión y la contención, algo que muchos interpretaron como una demostración de solvencia intelectual.
A partir de ahí, Chaparro decidió no prolongar el enfrentamiento. Pero el daño ya estaba hecho. El episodio se convirtió en tendencia y reabrió debates mucho más amplios que iban más allá de ambos protagonistas.
Un conflicto con antecedentes
Este choque no surge de la nada. No es la primera vez que Arturo Pérez-Reverte y Carme Chaparro se enfrentan públicamente. Meses atrás, la periodista ya había criticado duramente al escritor por un artículo sobre migración que fue ampliamente tachado de xenófobo y deshumanizante.
En aquel texto, Pérez-Reverte utilizaba una caricatura extrema del inmigrante para denunciar lo que él considera los fallos del sistema. Para Chaparro, ese enfoque no era una provocación literaria, sino una forma de normalizar el desprecio desde una posición de poder cultural.
El conflicto actual, por tanto, es la continuación de una tensión latente entre dos formas de entender el papel del intelectual en la sociedad: una que se escuda en la provocación sin asumir consecuencias, y otra que exige responsabilidad a quien tiene un altavoz privilegiado.

Intelectuales, poder y responsabilidad
La polémica ha abierto un debate incómodo pero necesario:
¿Hasta qué punto un intelectual consagrado puede permitirse humillar públicamente a una periodista?
¿Dónde termina la ironía y empieza el desprecio?
¿Es la libertad de expresión un escudo para cualquier tipo de descalificación?
Para muchos usuarios y analistas, el problema no es que Pérez-Reverte critique o provoque —algo que forma parte de su marca personal—, sino que lo haga desde una posición de superioridad, utilizando el prestigio académico como arma.
No son pocos los que recuerdan que Carme Chaparro no es una improvisada. Es licenciada, escritora publicada y una de las voces más reconocibles del periodismo español. Reducirla a una “analfabeta” no solo es injusto, sino que revela una concepción jerárquica del debate público.
El trasfondo feminista del choque
El enfrentamiento también tiene una lectura de género imposible de ignorar. Muchas voces han señalado que este tipo de descalificaciones no se producen con la misma frecuencia cuando el interlocutor es un hombre.
El debate sobre la “literatura femenina” lleva décadas arrastrando una carga de desprecio implícito. Para algunos sectores, hablar de experiencia femenina es una forma de restar universalidad y prestigio a una obra. La reacción airada de Pérez-Reverte ha sido interpretada por muchas lectoras como la defensa de un canon que se siente cuestionado.
La reacción del público: hartazgo y división
Las reacciones han sido polarizadas. Los seguidores más fieles del escritor han defendido su derecho a expresarse sin filtros, apelando a su trayectoria y a su estilo provocador. Otros, sin embargo, han expresado un claro cansancio ante lo que consideran una arrogancia reiterada.
Cada vez más voces cuestionan si el genio literario —real o percibido— puede justificar cualquier forma de trato hacia los demás. El respeto, señalan, no debería ser incompatible con la crítica.

Un síntoma de algo más grande
Más allá de nombres propios, este enfrentamiento es el reflejo de una España en plena transformación cultural. Una sociedad donde las jerarquías tradicionales del saber ya no son incuestionables, y donde el periodismo, el feminismo y la ciudadanía digital exigen rendición de cuentas incluso a las figuras más intocables.
El choque entre Pérez-Reverte y Chaparro no es un accidente. Es un síntoma de un cambio profundo: el del fin del monopolio moral del intelectual clásico y el auge de un debate más horizontal, aunque también más áspero.
Lo ocurrido no se resolverá con un tuit más o un silencio estratégico. La pregunta que queda flotando en el aire es mucho más incómoda:
¿Quién decide quién puede hablar con autoridad en el espacio público?
¿El prestigio justifica el desprecio?
¿O ha llegado el momento de exigir a los referentes culturales el mismo respeto que reclaman para sí mismos?
En este choque, más que una disputa personal, se ha expuesto una grieta profunda en la conversación cultural española. Y esa grieta, lejos de cerrarse, parece ensancharse cada día un poco más.
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