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La sesión plenaria de la Asamblea de Madrid que debía girar en torno a la gestión política ordinaria terminó convirtiéndose en uno de los enfrentamientos más demoledores y explosivos de la legislatura. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, quedó atrapada en una tormenta parlamentaria que mezcló acusaciones de encubrimiento, silencios incómodos, presiones internas, denuncias de acoso sexual y laboral, y una oposición que, por primera vez en meses, actuó de forma coordinada para acorralarla políticamente en directo.

Lo que estaba en juego no era un debate ideológico más. El núcleo del choque fue un caso concreto: la denuncia de una concejala del Partido Popular en Móstoles que aseguró haber sido víctima de acoso sexual y laboral por parte del alcalde del municipio, Manuel Bautista, también del PP. Según el relato expuesto en sede parlamentaria, la víctima habría acudido directamente a Ayuso en busca de ayuda, protección y amparo. Pero lo que recibió, según la oposición, fue silencio, desvíos internos y una operación de cierre en falso.


La acusación que lo cambia todo: “La víctima acudió a usted y usted recibió al agresor”

El momento más tenso del pleno llegó cuando una diputada de la izquierda tomó la palabra y lanzó la acusación más grave de toda la jornada:

“Esta mujer le pidió ayuda a usted porque confiaba en usted. Usted rechazó reunirse con ella… y cinco días después recibió al agresor”.

La frase cayó como una bomba en el hemiciclo. No se trataba de una crítica genérica. Era una imputación directa de responsabilidad política y moral: la presidenta de la Comunidad habría priorizado al presunto agresor frente a la víctima.

Según el relato parlamentario, el caso siguió un patrón inquietante:

La víctima acudió a Ayuso en dos ocasiones.

No fue recibida personalmente.

Fue derivada al secretario general del PP de Madrid y a la vicepresidenta de la Asamblea.

Allí se le habría recomendado “mejor callarse”.

El expediente interno se cerró sin instrucción.

No se revisaron pruebas.

No se citaron testigos.

Y alguien accedió a su ordenador y borró comunicaciones enviadas al partido.

La oposición lo definió sin rodeos: un intento de amordazar a una mujer dentro del propio Partido Popular.


“No es tirar los tejos, es acoso”

Otro de los momentos más duros del pleno fue cuando una diputada interpeló directamente al número dos de Ayuso, Miguel Ángel Serrano, que habría relativizado el caso con una expresión habitual:

“Te tira los tejos, tú le das calabazas y a partir de ahí todo cambia”.

La respuesta fue inmediata:

“No es tirar los tejos. Es acoso. ¿Entiende la diferencia, señor Serrano?”

La frase se convirtió en uno de los cortes más compartidos en redes. Porque resumía lo que la oposición quería denunciar: la normalización del acoso dentro del discurso político del PP, presentado como un malentendido, un juego de seducción, una anécdota.

Pero lo que estaba en la mesa era una denuncia formal de acoso laboral y sexual, con audios, pruebas y testigos que, según se afirmó, nunca fueron investigados por la dirección del partido.


El relato de la oposición: partido, mafia o secta

El tono del debate fue subiendo hasta niveles inusuales. Una portavoz llegó a formular una de las frases más agresivas escuchadas en la Asamblea en los últimos años:

“No sé si ustedes son un partido, una mafia o una secta peligrosa”.

La acusación no era retórica. Se sostenía en una narrativa concreta:

El PP habría presionado a la víctima para no denunciar.

Habría cerrado el caso internamente sin investigar.

Habría protegido al alcalde.

Y habría actuado como una estructura de poder destinada a silenciar escándalos.

La oposición también vinculó este comportamiento con precedentes anteriores, como la reacción de Ayuso ante denuncias relacionadas con figuras públicas como Plácido Domingo o Julio Iglesias:

“Si el denunciado no es de izquierdas, mejor calladita”.

El mensaje era claro: doble moral. Feminismo de discurso, pero protección del agresor cuando el caso afecta al propio partido.


Ayuso contraataca: “Todo es un montaje del sanchismo”

García Martín, sobre la intimidación a periodistas de EL PAÍS: «Respetamos  el trabajo de los informadores»

La respuesta de Ayuso no fue defensiva. Fue ofensiva, dura y cargada de un lenguaje que rozó lo conspirativo. En lugar de centrarse en el caso concreto, la presidenta optó por un contraataque global:

“Estamos en una democracia que al Partido Sanchista le gusta muy poco”.

Ayuso aseguró que todo el pleno era parte de una operación política para destruirla personalmente:

“Su único argumento es: Ayuso es mala persona”.

Negó cualquier irregularidad, habló de campañas chavistas, acusó al Gobierno central de manipular instituciones, jueces, fiscales, periodistas y organismos públicos.

Y lanzó una de sus frases más repetidas:

“No hay nada en los juzgados. No hay nada en las urnas. Están locos de odio”.


El uso del dolor de las víctimas

Uno de los aspectos más polémicos de la intervención de Ayuso fue su referencia a las plataformas de familiares de víctimas de las residencias durante la pandemia. La presidenta llegó a calificarlas en el pasado como “frustrados”.

En el pleno, lejos de rectificar, lo reafirmó:

“Sí, eran fracasados. Eso es lo que dije”.

La oposición la acusó de instrumentalizar el dolor ajeno, tanto en el caso del acoso como en el de las residencias, para construir un relato político de victimismo personal.

La crítica fue demoledora:

“Llama frustradas a las familias que perdieron a sus mayores, cuando había camas en hospitales privados, cuando sabía que no se estaba derivando a los ancianos”.


El patrón: silencio, encubrimiento y poder

Lo que emergió del pleno fue un patrón narrativo muy claro por parte de la oposición:

    Mujer denuncia acoso.

    Acude a la presidenta.

    La presidenta no la recibe.

    Se protege al agresor.

    Se cierra el expediente.

    Se borran comunicaciones.

    Se presiona a la víctima para callar.

Y todo ello dentro de un partido que se presenta públicamente como defensor de la libertad, la igualdad y el respeto.


“¿Cuántos casos más va a tragar por seguir en el cargo?”

Una de las intervenciones más personales fue dirigida directamente a Ayuso:

“¿Cuántos casos de acoso va a tragar usted por un puesto que le debe a un entorno tan machista?”

La pregunta no era política. Era moral. La oposición acusó a la presidenta de sacrificar a mujeres concretas para mantener su estructura de poder interna.

Y añadió:

“Mientras me daba lecciones de feminismo, estaba amordazando a una víctima en su propio partido”.


De Móstoles a Mar-a-Lago

El discurso fue escalando hasta convertirse en una crítica global a la figura de Ayuso como líder política. Se la comparó con referentes internacionales de la derecha dura:

“Trump, Milei, Netanyahu. Usted es más de los ricos de Miami que de la gente de la meseta”.

Y se cerró con una frase que recorrió titulares:

“Haga algo bueno. Lárguese a Mar-a-Lago y no vuelva”.


El eje social: sanidad, vivienda y precariedad

El pleno no se quedó solo en el escándalo del acoso. La oposición aprovechó para conectar el caso con un modelo de gobierno:

Listas de espera sanitarias.

Privatización de la sanidad.

Contratos millonarios con Quirón.

Falta de calefacción en institutos.

Precios imposibles de vivienda.

Fondos buitre comprando barrios enteros.

El mensaje fue contundente:

“Nos están robando Madrid. Los buitres de la sanidad, los buitres de la vivienda, los fondos de inversión. Y ustedes entregan las llaves del dinero público”.


Ayuso y la inmigración: contradicciones

Otro frente fue el discurso de Ayuso sobre inmigración. La presidenta había afirmado que los migrantes tensionan los servicios públicos.

La oposición la desmontó con datos y lógica política:

“O los quiere ricos o los quiere pobres. Pero no puede sostener las dos cosas a la vez”.

Se acusó al gobierno regional de fomentar un modelo de mano de obra barata, sin derechos, mientras favorece la llegada de grandes fortunas extranjeras que compran Madrid “de bloque en bloque”.


El discurso final de Ayuso: éxito, crecimiento y comunismo

La presidenta cerró su intervención con un relato triunfalista:

Crecimiento económico.

Inversión extranjera.

Turismo récord.

Infraestructuras.

Metro moderno.

Hospitales cercanos.

Viviendas del Plan Vive.

Y terminó con su marco habitual:

“Los migrantes huyen del comunismo. Huyen de ustedes. Quieren libertad, empresas y prosperidad”.


El choque de dos realidades

Lo que dejó este pleno no fue un simple cruce de insultos. Fue la colisión de dos narrativas irreconciliables:

La de la oposición:

Ayuso protege agresores.

Silencia víctimas.

Privatiza servicios.

Gobierna para élites.

Usa el feminismo como fachada.

La de Ayuso:

Es víctima de una campaña.

Todo es mentira.

Madrid es un éxito.

El problema es el comunismo.

La izquierda odia la libertad.

 

El pleno que rompe el relato

Este pleno marcó un antes y un después. Porque por primera vez, el caso de Móstoles dejó de ser un asunto interno y se convirtió en un símbolo político nacional.

Ya no se habla solo de una concejala.
Se habla de cómo se gestiona el poder cuando una mujer denuncia dentro del partido que gobierna.

Y la pregunta que quedó flotando en el hemiciclo, sin respuesta clara, fue tan simple como demoledora:

¿Por qué la presidenta recibió al presunto agresor antes que a la víctima?

Desde ese momento, el relato de libertad, gestión y éxito económico de Ayuso quedó atravesado por una grieta difícil de cerrar:
la de un poder que, cuando se ve amenazado, prefiere el silencio al amparo, el encubrimiento a la justicia y el pinganillo a la verdad.