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Cuando el exceso de ruido acaba dejando sola a quien quiso liderarlo todo


La tormenta no estalló en la izquierda. Ni siquiera en los tribunales. Estalló en el propio campo de la derecha.
Y el epicentro tuvo nombre propio: Isabel Díaz Ayuso.

Lo que comenzó como un posicionamiento político más terminó convirtiéndose en un incendio interno, una grieta incómoda que dejó a la presidenta de la Comunidad de Madrid aislada, cuestionada y, por primera vez en mucho tiempo, sin red. Esta vez no fue el Gobierno quien la puso contra las cuerdas. Fue su propio discurso.

El tuit que lo cambió todo

Las palabras de Ayuso no pasaron desapercibidas. En una publicación en redes sociales, la presidenta madrileña afirmó que “las mujeres violadas y atacadas están en Irán con el apoyo de la ultraizquierda” y aseguró que la Comunidad de Madrid no participaría en el “desprestigio del artista”.

La reacción fue inmediata. No solo por el fondo del mensaje, sino por la forma.
Porque no hablaba Ayuso como opinadora, hablaba en nombre de una institución.
Y ahí empezó el problema.

Feijóo frena, Vox se aparta… y Ayuso queda sola

Desde el Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo optó por un tono radicalmente distinto. Prudencia. Investigación. Esperar a los hechos. Un mensaje casi quirúrgico que contrastó con la vehemencia de Ayuso.

En Vox, lejos de subirse a la confrontación, el discurso fue incluso más contenido de lo habitual. Para muchos analistas, una paradoja difícil de ignorar: Ayuso sonando más extrema que quienes suelen ocupar ese espacio.

La foto política era clara:
👉 Ayuso hablaba sola.
👉 Ni los suyos la acompañaban del todo.
👉 La fachaesfera, tan rápida para amplificar, esta vez dudaba.

“Con defensores así…”

El debate televisivo terminó de ponerle palabras al malestar. Periodistas, analistas y tertulianos coincidían en una idea demoledora:
“Con defensores así, no hacen falta enemigos.”

El problema no era defender la presunción de inocencia. El problema era descalificar a las mujeres, mezclar Irán con un caso que no tiene nada que ver y blindar simbólicamente a una figura pública por su estatus.

La crítica fue transversal:
– Desde quienes defendían la investigación judicial.
– Desde quienes subrayaban la gravedad de los testimonios.
– Desde quienes, incluso sin tomar partido, veían en el mensaje de Ayuso una banalización peligrosa del debate sobre la violencia sexual.

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El error institucional

Uno de los puntos más controvertidos fue que Ayuso no habló como una amiga, ni como una tertuliana, ni como una ciudadana más.
Habló como presidenta.

Cuando afirmó que “la Comunidad de Madrid no contribuirá al desprestigio de un artista universal”, muchos se preguntaron:
👉 ¿Y si los hechos se confirman?
👉 ¿Puede una institución anticipar una defensa sin matices?
👉 ¿Qué mensaje se envía a las posibles víctimas?

La omisión fue tan elocuente como la frase: no hubo un solo “si se demuestra”.

El debate de fondo: poder, impunidad y silencio

Más allá de los nombres propios, el debate se desplazó rápidamente a un terreno incómodo para muchos:
el abuso de poder,
la vulnerabilidad de las víctimas,
la dificultad real de denunciar,
y la eterna sospecha hacia quien llega tarde a la justicia.

Se recordó algo esencial: en los delitos sexuales, el testimonio suele ser la única prueba. No hay cámaras. No hay grabaciones. No hay testigos. Solo relatos.
Y ponerlos sistemáticamente en duda no es neutralidad: es un posicionamiento político y cultural.

Cuando el mito deja de proteger

Otro de los argumentos más cuestionados fue el de la “imposibilidad moral”:
“¿Cómo alguien tan famoso, tan deseado, tan poderoso iba a necesitar abusar?”

Una idea vieja. Peligrosa. Y falsa.
Porque el abuso no va de deseo, va de poder.
Y la historia reciente está llena de mitos caídos que parecían intocables… hasta que dejaron de serlo.

El efecto boomerang

Lo que debía ser una intervención para marcar perfil terminó convirtiéndose en un bumerán político.
Ayuso logró algo poco habitual:
– incomodar a su propio partido,
– descolocar a sus aliados mediáticos,
– y regalar munición a sus adversarios.

No por lo que defendió, sino por cómo lo defendió.

Una pregunta que queda en el aire

La escena final no es la de una líder fuerte arrasando el tablero.
Es la de una presidenta hablando cada vez más alto… mientras cada vez menos gente la acompaña.

Y la pregunta ya no es solo qué pasará con la investigación.
La pregunta es otra, mucho más política:

👉 ¿Ha cruzado Ayuso una línea que incluso los suyos no están dispuestos a seguir?

Porque a veces, en política, el verdadero jaque no viene del enemigo.
Viene del silencio de los aliados.