
La escena política española vive uno de sus momentos más tensos y crispados de los últimos años. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y una de las figuras más mediáticas del Partido Popular, vuelve a situarse en el centro del huracán tras protagonizar un nuevo estallido verbal contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Las palabras han sido duras, directas, sin filtros. El tono, incendiario. Y la respuesta desde la izquierda no se ha hecho esperar: discursos encendidos, ironía política, denuncias de racismo, ataques al modelo económico de la derecha y un mensaje claro de movilización social.
En este nuevo episodio de polarización extrema, no solo se enfrentan dos liderazgos políticos. Se enfrentan dos modelos de país, dos formas de entender la democracia, dos narrativas que pugnan por imponerse en la opinión pública.
Ayuso y el lenguaje de la confrontación

Isabel Díaz Ayuso ha construido su carrera política a base de titulares, frases provocadoras y una comunicación directa que conecta con una parte muy concreta del electorado. Su estilo no es institucional, no busca consenso ni moderación. Es emocional, agresivo, muchas veces teatral. Y en esta ocasión ha ido más lejos que nunca.
El uso de insultos directos contra Pedro Sánchez ha sido interpretado por muchos sectores como una muestra de degradación del debate político. Para sus seguidores, sin embargo, Ayuso “dice lo que otros no se atreven a decir”. Para sus críticos, representa la normalización del odio como herramienta política.
Lo que antes era excepcional —el insulto directo entre dirigentes— ahora se ha convertido en rutina. El Parlamento, los platós de televisión y las redes sociales funcionan como un gran ring donde la política ya no se discute, se combate.
Y en ese combate, Ayuso se presenta como la líder de una derecha “sin complejos”, dispuesta a romper todas las reglas del juego institucional con tal de desgastar al Gobierno.
La izquierda contraataca: “lágrimas de facha”
Frente al estallido de Ayuso, desde la izquierda ha surgido una respuesta que mezcla ironía, discurso militante y denuncia social. Uno de los momentos más virales ha sido el de una portavoz que, en un acto público, exhibía un “bote de lágrimas de facha”, en referencia simbólica a la reacción furiosa de la derecha ante los avances sociales.
La escena, casi performativa, resume bien el tono del nuevo activismo político: provocación, humor ácido y un mensaje directo contra lo que consideran privilegios históricos de las élites conservadoras.
“Estamos recogiendo las lágrimas de los racistas”, decía, mientras denunciaba que la derecha ha encontrado una coartada perfecta para todos los problemas: señalar a las personas migrantes.
Según este relato, si falta vivienda es culpa de los migrantes.
Si el sistema sanitario colapsa, culpa de los migrantes.
Si los salarios no suben, culpa de los migrantes.
Una narrativa que, para la izquierda, no es casual: es una estrategia consciente para desviar la atención de los verdaderos responsables, que serían los grandes fondos de inversión, las privatizaciones y las políticas económicas neoliberales.
Pensiones, migración y el Estado del bienestar
Uno de los ejes centrales del enfrentamiento político actual gira en torno a las pensiones y al modelo social.
Desde el Gobierno y la izquierda se acusa al Partido Popular de haber votado en contra de la revalorización de las pensiones conforme al IPC, alegando excusas técnicas relacionadas con los decretos ley. Para la izquierda, el argumento es simple: el PP vota sistemáticamente contra cualquier medida que beneficie directamente a la mayoría social.
La contradicción, según este discurso, es evidente:
– No quieren subir las pensiones.
– No quieren regular el precio de la vivienda.
– No quieren fortalecer la sanidad pública.
– Pero sí apoyan aumentar el gasto militar al 5% del PIB, tal como exige la OTAN.
La conclusión es demoledora: se recorta en bienestar, pero se invierte en defensa; se sacrifican derechos sociales, pero se protege el sistema económico que beneficia a unos pocos.

Migración: el nuevo campo de batalla
La migración se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla ideológicos.
Para la ultraderecha y parte de la derecha tradicional, la migración es el problema. Para la izquierda, es el chivo expiatorio.
En los discursos más radicales se denuncia que se está construyendo un enemigo interno: personas que viven, trabajan, pagan impuestos, pero son presentadas como una amenaza. La narrativa es clara: dividir a la clase trabajadora para evitar que se organice contra los verdaderos centros de poder.
Una de las frases más potentes pronunciadas en estos actos ha sido:
“Quieren que mires a tu vecino para que no mires arriba”.
Arriba están los fondos buitre.
Arriba están las grandes eléctricas.
Arriba están las corporaciones inmobiliarias.
Pero en lugar de señalar a esos actores, se señala al repartidor de comida, al trabajador migrante, a la familia que vive de alquiler.
Ayuso y el modelo Madrid
Dentro de esta confrontación, Madrid ocupa un lugar central. La Comunidad de Madrid es presentada por la izquierda como el laboratorio del neoliberalismo español: privatización sanitaria, externalización de servicios, precarización laboral y beneficios fiscales para las grandes fortunas.
El “modelo Ayuso”, según sus detractores, consiste en:
– Sanidad pública gestionada por empresas privadas.
– Universidades públicas infrafinanciadas.
– Vivienda convertida en producto financiero.
– Medios de comunicación subvencionados indirectamente para proteger al poder político.
Madrid ya no sería una comunidad al servicio de la ciudadanía, sino un territorio al servicio del capital.
Ayuso, en este relato, no sería una simple presidenta regional, sino la jefa política de un sistema que “está robando Madrid”: su identidad, su sanidad, su futuro.
El papel de los medios de comunicación
Otro de los elementos clave es la relación entre política y medios.
Desde la izquierda se denuncia que existe una colaboración estrecha entre determinados medios y el Partido Popular. Subvenciones encubiertas, contratos publicitarios, favores políticos y una narrativa sistemáticamente favorable a la derecha.
Mientras tanto, figuras como activistas, periodistas críticos o militantes antirracistas son sistemáticamente atacados, ridiculizados o invisibilizados.
El resultado, según este análisis, es una democracia mediática profundamente desequilibrada, donde unas voces tienen altavoces gigantes y otras apenas pueden hacerse oír.
La estética de la ultraderecha
Uno de los aspectos más llamativos del discurso reciente es la crítica a la “estética rebelde” de la derecha.
La ultraderecha intenta presentarse como antisistema, como si ser de derechas fuera ahora una forma de punk político. Pero desde la izquierda la respuesta es clara: no hay nada más conservador que defender a los poderosos de siempre.
La derecha no sería rebelde, sino el sistema en su forma más pura:
– Defensora de las élites económicas.
– Aliada de los grandes lobbies.
– Enemiga de los derechos sociales.
La supuesta rebeldía sería solo una máscara estética para ocultar un proyecto profundamente autoritario.
Trump, Vox y la internacionalización del discurso
La política española ya no se entiende sin su dimensión internacional. Trump, Bolsonaro, Milei, Orbán… Todos forman parte de una misma ola reaccionaria global.
En España, Vox representa esa conexión directa con la extrema derecha internacional. Y Ayuso, aunque formalmente pertenece al PP, comparte muchas de sus claves discursivas: confrontación, victimismo, ataque a las minorías, desprecio por las instituciones.
Desde la izquierda se denuncia que Vox y sus aliados sueñan con un modelo de país donde el Estado se convierte en un aparato represivo al servicio de intereses privados, con milicias privadas, persecución ideológica y criminalización de la pobreza.
El derecho al voto de las personas migrantes
Uno de los puntos más radicales y simbólicos del discurso reciente ha sido la reivindicación del derecho al voto para las personas migrantes.
La idea es simple pero profundamente disruptiva:
Si vives aquí, trabajas aquí, pagas impuestos aquí, entonces debes poder votar aquí.
Negar ese derecho sería mantener un sistema de democracia censitaria, donde millones de personas están gobernadas sin poder participar en las decisiones políticas.
Para la izquierda más combativa, esta es la nueva gran batalla democrática del siglo XXI, comparable al sufragio femenino en su momento histórico.
Cuatro escaños contra cien
Uno de los mensajes más repetidos en estos discursos ha sido una frase que resume toda una estrategia política:
“Cuatro escaños han hecho más que cinco ministerios”.
La referencia es clara: pequeñas fuerzas parlamentarias, como Podemos, habrían logrado más avances reales que grandes partidos integrados en el sistema.
La enseñanza es contundente: no importa tanto la cantidad de poder institucional, sino cómo se utiliza. La política no se transforma desde la comodidad, sino desde el conflicto.
El nuevo antifascismo
Todo este clima ha dado lugar a una idea central: la necesidad de un nuevo frente antifascista.
No solo contra la extrema derecha clásica, sino contra todas las formas de autoritarismo económico, racismo institucional y desigualdad estructural.
Un antifascismo interracial, intergeneracional, transversal.
Con personas con y sin DNI.
Con personas con y sin derecho al voto.
Con trabajadores, estudiantes, pensionistas, migrantes.
La tesis es clara: si no se construye una alianza amplia, la ultraderecha no solo avanzará, sino que arrasará.
Dos países en uno
España vive hoy una fractura profunda. No solo política, sino cultural, emocional, simbólica.
Por un lado, una derecha cada vez más agresiva, que ha hecho del insulto una herramienta política y de la confrontación su principal estrategia.
Por otro, una izquierda que mezcla militancia, activismo, ironía y una fuerte carga emocional, convencida de estar protagonizando una lucha histórica.
Ayuso y Sánchez no son solo dos líderes enfrentados. Son la representación de dos proyectos de país incompatibles:
– Uno basado en el mercado, la privatización y la jerarquía social.
– Otro basado en derechos, servicios públicos y ampliación democrática.
La batalla ya no es solo electoral. Es cultural, mediática y moral.
Y lo que está en juego no es solo quién gobierna, sino qué tipo de sociedad quiere ser España en las próximas décadas.
Porque, como repiten desde los sectores más movilizados de la izquierda:
“Empiezan por nosotras, pero no van a acabar con nosotras. Nos están apuntando a todos”.
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