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Ayuso defiende los hospitales de gestión público-privada: una guerra política que se libra en los quirófanos

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha vuelto a situar la sanidad en el centro del debate político nacional. Esta vez no lo ha hecho con anuncios de infraestructuras ni con cifras de inversión, sino con una defensa frontal del modelo de hospitales de gestión público-privada, un sistema que, según ella, está siendo atacado de manera “obsesiva” por el Gobierno central.

En un contexto marcado por la celebración de un nuevo Consejo de Ministros, Ayuso ha acusado al Ejecutivo de Pedro Sánchez de “amenazar, mentir e imponer” con el objetivo de desacreditar un modelo sanitario que, a su juicio, funciona y es elegido libremente por miles de ciudadanos cada año. Para la dirigente madrileña, lo que está en juego no es solo una discusión técnica sobre gestión, sino una auténtica batalla ideológica que utiliza la sanidad como campo de confrontación política.

Un modelo bajo sospecha

Los hospitales de gestión público-privada no son una novedad en Madrid. Centros como la Fundación Jiménez Díaz, el Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles, el Hospital Infanta Elena de Valdemoro o el Hospital General de Villalba funcionan bajo este sistema desde hace más de una década. Se trata de hospitales financiados con fondos públicos, integrados en la red sanitaria, pero gestionados por empresas privadas mediante concesiones administrativas.

Para Ayuso, estos hospitales representan “una fórmula moderna, eficaz y perfectamente compatible con el sistema público”, mientras que para sus detractores simbolizan una forma encubierta de privatización de la sanidad.

La presidenta madrileña ha planteado una pregunta directa:
“¿Qué tenemos que hacer ahora, cerrar la Fundación Jiménez Díaz y decirle a los pacientes que se equivocan cuando la eligen?”

Con esta frase, Ayuso intenta trasladar el debate del plano ideológico al plano ciudadano. No habla de empresas ni de contratos, sino de pacientes, de personas que acuden cada día a estos hospitales porque confían en ellos.

El argumento del miedo

Uno de los ejes centrales del discurso de Ayuso es la denuncia del “miedo” como herramienta política. Según ella, el Gobierno central y los sectores de izquierda están “azuzando el miedo” en torno a la sanidad madrileña, difundiendo la idea de que el modelo público-privado implica menor calidad, menos derechos o un riesgo para la equidad.

“¿Por qué ir contra lo que funciona?”, se pregunta Ayuso.
“¿Por qué bloquear un sistema que da resultados positivos y que es valorado por los propios pacientes?”

Desde la Comunidad de Madrid se insiste en que los hospitales de gestión mixta obtienen buenos indicadores de satisfacción, reducen listas de espera y permiten optimizar recursos en una región que no deja de crecer en población y que, además, se enfrenta a un reto demográfico evidente: el envejecimiento.

Madrid, Cataluña y la doble vara de medir

Uno de los argumentos más repetidos por Ayuso es la supuesta contradicción del Gobierno al criticar este modelo en Madrid mientras lo tolera —o incluso lo impulsa— en otras comunidades.

“¿Qué van a hacer en Cataluña?”, preguntó.
“Allí se trabaja mucho más que en Madrid con modelos de colaboración público-privada.”

En efecto, el sistema sanitario catalán cuenta con una amplia red de consorcios, fundaciones y entidades privadas que prestan servicios públicos financiados por la Generalitat. Sin embargo, este modelo rara vez genera el mismo nivel de polémica que en Madrid.

Para Ayuso, esta diferencia de trato evidencia que el problema no es el modelo sanitario, sino la Comunidad de Madrid como símbolo político.

Crecimiento demográfico y presión asistencial

Madrid es una de las regiones que más crece en población en toda España. Cada año recibe decenas de miles de nuevos residentes, tanto nacionales como extranjeros. A esto se suma el envejecimiento progresivo de la población, lo que incrementa la demanda de atención sanitaria especializada, tratamientos crónicos y recursos hospitalarios.

En este contexto, Ayuso defiende que la colaboración con el sector privado no es una ideología, sino una necesidad práctica.

“Una región que no deja de crecer necesita flexibilidad, capacidad de adaptación y recursos suficientes. Negarse a cualquier forma de colaboración es condenar al sistema al colapso”, afirmó.

Desde el Gobierno madrileño se sostiene que sin este modelo sería imposible absorber toda la presión asistencial sin disparar el gasto público o sin construir hospitales con años de retraso.

La dimensión política del conflicto

Más allá de los datos técnicos, el enfrentamiento entre Ayuso y el Gobierno central tiene una clara lectura política. La presidenta madrileña se ha convertido en uno de los principales símbolos de oposición al Ejecutivo de Sánchez, y la sanidad es uno de los terrenos donde esa confrontación resulta más eficaz.

Hablar de hospitales, médicos y pacientes no es lo mismo que hablar de macroeconomía o política exterior. La sanidad toca una fibra sensible en la ciudadanía, porque afecta directamente a la vida cotidiana, al miedo a enfermar, a la seguridad personal.

En este sentido, Ayuso no solo defiende un modelo de gestión, sino que construye un relato: Madrid como bastión de la libertad, frente a un Gobierno que quiere “imponer”, “controlar” y “uniformizar”.

¿Privatización encubierta o eficiencia necesaria?

Los críticos del modelo sostienen que la gestión público-privada abre la puerta al lucro con un derecho fundamental, que las empresas buscan beneficios y que eso puede afectar a la calidad asistencial a largo plazo.

Ayuso responde con un argumento simple: los hospitales siguen siendo públicos, gratuitos y accesibles para todos, independientemente del modelo de gestión.

“No se paga, no se excluye a nadie, no se pierde ningún derecho. Lo único que cambia es quién gestiona, no quién financia ni quién decide”, asegura.

La cuestión de fondo es si la eficiencia económica es compatible con la lógica de los derechos sociales. Para la izquierda, la sanidad debe estar completamente fuera del mercado. Para Ayuso, el problema no es el mercado, sino la falta de resultados.

La Fundación Jiménez Díaz como símbolo

La Fundación Jiménez Díaz se ha convertido en el emblema de este debate. Es uno de los hospitales más antiguos y prestigiosos de Madrid, con una alta valoración entre pacientes y profesionales.

Cerrar o revertir su modelo sería, según Ayuso, un acto puramente ideológico y perjudicial para miles de personas.

“Decirle a los pacientes que se equivocan cuando eligen este hospital es una falta de respeto”, afirmó.

Para el Gobierno madrileño, la Fundación representa la prueba de que el modelo puede funcionar sin perder calidad, humanidad ni compromiso con el servicio público.

Sanidad, identidad y poder

En el fondo, el debate sobre los hospitales público-privados no es solo sanitario, sino cultural y político. Se discute qué tipo de Estado se quiere, qué papel debe tener lo público, qué lugar ocupa lo privado y hasta dónde llega la libertad de elección del ciudadano.

Ayuso ha convertido la sanidad en una pieza clave de su discurso político: defensa de la autonomía regional, resistencia frente al centralismo y apelación directa a los usuarios del sistema.

El Gobierno central, por su parte, ve en este modelo un riesgo estructural para el sistema nacional de salud y una amenaza a la igualdad entre territorios.

Una batalla sin final cercano

Lo que parece claro es que este conflicto no se resolverá a corto plazo. Mientras Madrid siga creciendo, envejeciendo y recibiendo presión asistencial, el debate seguirá vivo.

Ayuso no solo defiende hospitales: defiende una manera de entender la política, el poder y la relación entre Estado y ciudadano. Y el Gobierno no solo critica un modelo: intenta frenar lo que considera una deriva peligrosa en la gestión de un derecho fundamental.

En medio, los ciudadanos, los pacientes, los médicos y los profesionales sanitarios observan cómo su sistema de salud se convierte, una vez más, en el campo de batalla de una guerra política que va mucho más allá de los quirófanos.