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La escena es brutal por su sencillez.
Miles de coches circulan rumbo a cenas de Nochebuena, regalos, reencuentros familiares.
Encima, luces.
Debajo, frío.
Bajo un puente de la C-31, a la salida de Barcelona hacia la costa norte, más de 140 personas migrantes duermen a la intemperie, rodeadas de tiendas de campaña, mantas mojadas, bicicletas oxidadas y carros de chatarra. No es una imagen lejana, ni un conflicto importado. Ocurre aquí. Ahora. En España. En pleno diciembre.
Y no es una catástrofe natural.
Es una decisión política.
El desalojo que se convirtió en símbolo
Hace apenas una semana, unas 400 personas migrantes fueron desalojadas de un edificio en Badalona por impulso directo del Ayuntamiento. Al frente del consistorio está Xavier García Albiol, alcalde del Partido Popular y uno de los dirigentes que más tiempo lleva construyendo un discurso frontalmente hostil hacia la inmigración.
El desalojo no fue solo un acto administrativo. Fue un gesto político cuidadosamente escenificado. Un mensaje. Una imagen. Un “ejemplo”.
Lo que no hubo fue alternativa habitacional inmediata.
El resultado es el que hoy vemos: personas viviendo bajo un puente, expuestas a días de lluvia intensa y a un frío invernal que no distingue entre papeles, ideologías ni campañas electorales.
La Navidad como contraste moral
Que esto ocurra en Nochebuena no es un detalle menor.
No porque en agosto fuera aceptable —no lo sería—, sino porque en estas fechas el contraste resulta insoportable.
Mientras el país se prepara para celebrar, otras personas se preguntan dónde está Dios, como Janela, migrante cubana, cristiana, emocionada, que no entiende cómo la protección divina parece haberse evaporado justo cuando más se invoca.
“No entiendo dónde está la protección aquí”, decía.
No hablaba solo de fe.
Hablaba de humanidad.

El discurso que lleva una década creciendo
Nada de esto es improvisado.
El propio análisis político lo deja claro: Xavier García Albiol lleva más de diez años articulando el mismo marco discursivo.
Migración como sinónimo de inseguridad.
Migración como problema.
Migración como amenaza.
Un relato repetido, amplificado y normalizado hasta el punto de que hoy ya no escandaliza a una parte importante del electorado. Al contrario: le da votos.
Las últimas elecciones municipales en Badalona lo confirman: el PP de Albiol obtuvo un 55,73% de los votos, una mayoría incontestable que legitima políticamente —aunque no éticamente— sus decisiones.
Cuando cumplir la ley se convierte en coartada
El alcalde se defiende con un argumento aparentemente irrefutable:
“Cumplo una orden judicial”.
Y es cierto… a medias.
Porque la jueza autorizó el desalojo con una condición clara: desalojar y realojar. Ambas cosas. No una sí y la otra no.
Ese segundo mandato fue ignorado.
Durante días.
Con pleno conocimiento de las consecuencias.
Solo la presión de las entidades sociales, la intervención de la Generalitat, la Defensora del Pueblo catalana y finalmente la Fiscalía obligaron a reaccionar.
La política ausente y la sociedad civil desbordada
Mientras el Ayuntamiento miraba hacia otro lado, Cruz Roja, Cáritas y técnicos sociales hacían lo que podían: ofrecer alojamiento temporal, buscar pisos, hostales, albergues… incluso fuera de Badalona.
La solución —precaria, parcial y tardía— no llegó desde el poder municipal, sino desde quienes no legislan, pero no renuncian a cuidar.
Una paradoja inquietante:
la política que debería resolver problemas, los genera;
la sociedad civil que no tiene poder, los mitiga.
Antipolítica y espectáculo del sufrimiento
Lo que se denuncia no es solo una mala gestión, sino algo más profundo: un ejercicio de antipolítica.
La política existe para mejorar la convivencia, reducir tensiones, ofrecer soluciones. Sacar a las personas más vulnerables a la calle sin alternativa no reduce la conflictividad, la multiplica.
Y, sin embargo, esa tensión parece rentable.
Porque el sufrimiento visible genera titulares.
Y los titulares generan identidad política.

De Badalona a Extremadura: un patrón que se repite
Nada ocurre en el vacío.
El caso de Badalona coincide con un contexto político más amplio: el auge de los discursos antimigración en toda España.
En Extremadura, Vox se ha convertido en fuerza clave.
En Cataluña, se observa una convergencia inquietante entre votantes de Vox y Aliança Catalana, con perfiles sociales distintos pero un mismo denominador común: el rechazo a la inmigración.
El fenómeno no es local. Es estructural.
El inmigrante como chivo expiatorio universal
El análisis es claro y doloroso:
el inmigrante se ha convertido en el significante vacío donde se proyectan todos los miedos.
Problemas en la sanidad → culpa del inmigrante.
Retrasos en becas → culpa del inmigrante.
Falta de vivienda → culpa del inmigrante.
Nunca del sistema.
Nunca de los recortes.
Nunca de las decisiones políticas.
Es la eterna pelea del penúltimo contra el último, cuidadosamente estimulada desde determinados discursos de poder.
La gran contradicción económica
Aquí aparece la gran hipocresía.
Porque mientras se señala al migrante como amenaza, la economía española depende de él.
Más del 80% del crecimiento del PIB reciente está ligado directa o indirectamente a la inmigración.
Monopolizan sectores clave: cuidados, agricultura, servicios, alimentación.
La prosperidad existe porque ellos trabajan.
Pero trabajan en condiciones que nadie más acepta.
Con salarios que sostienen la productividad de una clase media cada vez más precarizada.
Crueldad normalizada y legalizada
Lo más inquietante no es solo la dureza del discurso, sino su normalización.
Se ejerce la crueldad amparada en la ley.
Se ejecutan desalojos sin mecanismos eficaces para garantizar la dignidad posterior.
Se presenta como orden lo que es abandono.
Y todo ello se hace en nombre de la seguridad, la limpieza, el sentido común.
El aval político desde arriba
Nada de esto sería posible sin respaldo.
Alberto Núñez Feijóo no solo avaló el desalojo, sino que lo puso como ejemplo y anunció que una de sus primeras medidas sería una ley antiokupa.
El mensaje es claro:
lo ocurrido en Badalona no es una anomalía, es un modelo exportable.
Identidad, miedo y cálculo electoral
Parte del electorado rural teme perder su identidad.
Parte del electorado urbano teme perder recursos escasos.
Ambos miedos confluyen en el mismo punto:
el rechazo al otro.
La política del miedo es eficaz porque es simple.
No explica.
No contextualiza.
Señala.
¿Es demasiado tarde para cambiar el relato?
Esta es la pregunta más incómoda.
Las encuestas muestran que cada vez más personas renuncian a hablar de política, incluso en familia, para evitar rupturas.
El rechazo a la inmigración ya no es marginal.
Es mayoritario en algunos territorios.
¿Se puede revertir?
Sí.
Pero exige valentía, pedagogía y políticas públicas que funcionen.
Epílogo: el frío que no es solo meteorológico
El invierno no es solo climático.
Es moral.
Cuando una sociedad acepta que haya personas durmiendo bajo un puente mientras celebra la Navidad, algo profundo se ha roto.
No es solo un debate ideológico.
Es una crisis de valores.
Porque hoy son ellos.
Mañana, nadie sabe quién será el siguiente.
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