
La comparecencia de Alberto Núñez Feijóo en la comisión de investigación sobre la DANA ha terminado convirtiéndose en un auténtico terremoto político. Lo que debía ser una sesión para aclarar responsabilidades, ofrecer explicaciones y aportar luz sobre una de las mayores tragedias recientes en España, se transformó en un espectáculo de confrontación, reproches cruzados, utilización de ETA como arma política y un choque frontal con Óscar Matute que ha reavivado viejos fantasmas del pasado.
Pero la auténtica “bomba” llegó desde Intxaurrondo. Desde allí, desde la memoria histórica del conflicto vasco, desde uno de los símbolos más sensibles de la lucha contra el terrorismo, surgió un mensaje demoledor: Feijóo estaba utilizando a ETA como comodín político en una comisión que trataba sobre víctimas de una catástrofe natural con más de 230 muertos. Y no solo eso: al hacerlo, reabría heridas, manipulaba el dolor ajeno y, según varios analistas, se colocaba en una posición moral y política extremadamente delicada.
La sesión acabó dejando una imagen inédita: el líder del Partido Popular, llamado a responder, fue el diputado que más preguntas formuló. Hasta 68 intervenciones registradas. Feijóo no fue a aclarar nada: fue a construir un relato, a defender a Carlos Mazón, a atacar al Gobierno y a convertir la comisión en un ring político televisado.
El momento clave: Feijóo saca a ETA en la comisión de la DANA
Todo estalló cuando Feijóo recurrió al llamado “comodín de ETA” en pleno debate sobre la gestión de la DANA. Lo hizo aludiendo a Bildu, a Óscar Matute y a las víctimas del terrorismo, mezclando deliberadamente dos planos que nada tenían que ver: una tragedia climática con responsabilidades políticas concretas y un pasado terrorista ya juzgado por la historia y por la justicia.
La reacción fue inmediata. Matute, visiblemente indignado, le respondió recordándole que él mismo había estado en riesgo por enfrentarse a ETA y trabajar por la paz. Que usar a ETA como arma arrojadiza en ese contexto no solo era injusto, sino profundamente ofensivo.
Desde los platós, tertulias y redes sociales, el consenso fue casi unánime: Feijóo había cruzado una línea. No solo por instrumentalizar el terrorismo, sino por hacerlo frente a familiares de víctimas de la DANA que estaban siguiendo la comisión esperando respuestas sobre por qué no se les avisó a tiempo.

Intxaurrondo irrumpe en el debate: la memoria contra el relato
El término “bomba Intxaurrondo” no es casual. Intxaurrondo no es solo un barrio de San Sebastián: es un símbolo de la lucha contra ETA, del dolor, de las víctimas, de la memoria democrática. Y desde ahí, desde ese imaginario colectivo, se lanzó el mensaje más duro contra Feijóo: utilizar a ETA en una comisión sobre la DANA es una forma de blanqueo inverso, una banalización del terrorismo y una falta de respeto a todas las víctimas, tanto del pasado como del presente.
Lo que más impactó fue la acusación directa: recordar que fue José María Aznar quien en su día habló del “Movimiento de Liberación Nacional Vasco” en el peor momento de la violencia de ETA. Y que ahora Feijóo, heredero político de Aznar, pretendía dar lecciones morales utilizando precisamente ese mismo pasado que su propio partido manejó de forma ambigua.
El ataque no era solo a Feijóo. Era a toda una estrategia política del Partido Popular basada en el uso permanente del conflicto vasco como arma electoral, incluso cuando ya no tiene ninguna relación con los problemas reales que afectan a la ciudadanía.
Una comisión convertida en teatro político
La comisión de investigación sobre la DANA nació con dos objetivos claros:
Aclarar qué pasó el 29 de octubre de 2024.
Depurar responsabilidades políticas por una tragedia con más de 230 fallecidos.
Sin embargo, lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. Feijóo convirtió su comparecencia en una performance política, en una especie de mitin parlamentario, con aplausos de su grupo, golpes en la mesa, interrupciones constantes y ataques directos a otros portavoces como Gabriel Rufián.
En lugar de responder, preguntó.
En lugar de aclarar, acusó.
En lugar de asumir errores, culpó al Gobierno, a la AEMET, a la Confederación Hidrográfica del Júcar y a todo el mundo excepto a Carlos Mazón.
El dato es demoledor: el compareciente fue quien más preguntas formuló en toda la sesión.
Una inversión total de roles que dejó la comisión al borde del absurdo institucional.
Las mentiras sobre el CECOPI y la información en tiempo real

Uno de los momentos más surrealistas fue cuando Feijóo afirmó no saber qué era el CECOPI (Centro de Coordinación Operativa Integrada). Un organismo básico en cualquier plan de emergencias autonómico.
El problema es que:
Feijóo fue presidente de la Xunta de Galicia.
En Galicia existe el PLATERGA, un plan similar.
Feijóo participó en al menos un CECOPI en 2020.
Aun así, ante la jueza de la DANA declaró que desconocía qué era un CECOPI y que no sabía que se había activado en Valencia.
Después, en el Congreso, matizó: “Conocía el CECOP, pero no el CECOPI”.
Una distinción técnica que para expertos en emergencias es irrelevante: ambos son estructuras básicas de gestión de crisis. Que un expresidente autonómico diga que no lo sabía fue calificado directamente como inverosímil.
El choque con la verdad judicial
La estrategia de Feijóo choca frontalmente con los autos judiciales ya publicados por la Audiencia Provincial de Valencia. Cinco magistrados han dejado claro:
La AEMET avisó con antelación.
La Confederación Hidrográfica del Júcar envió más de 200 alertas automáticas.
El sistema 112 estaba operativo.
La competencia era exclusiva de la Generalitat Valenciana en nivel 2 de emergencia.
Carlos Mazón no pidió el nivel 3.
No hubo confinamiento ni zonificación pese a la gravedad.
Es decir: la versión judicial desmonta completamente el relato político del PP.
Y aun así, Feijóo insiste en repetir exactamente la misma narrativa que ha sostenido durante 15 meses.
La defensa cerrada de Mazón: el verdadero núcleo del problema

Todo gira alrededor de una pregunta central:
¿Por qué Feijóo sigue defendiendo a Carlos Mazón?
Las informaciones de Prensa Ibérica revelaron un dato clave: Mazón quiso dimitir. Lo pidió. En varias ocasiones. Y desde Génova, con Feijóo y Aznar como figuras clave, se le pidió que aguantara.
Incluso se afirma que fue la presión directa de José María Aznar la que obligó a Mazón a mantenerse en el cargo hasta que el funeral de las víctimas hizo la situación insostenible.
Esto cambia completamente el marco político:
Ya no se trata solo de negligencia.
Se trata de encubrimiento político consciente.
Las víctimas lo expresaron con crudeza: no solo no dimitió, sino que no le dejaron dimitir.
Las víctimas: el verdadero rostro del desastre
Mientras Feijóo hablaba de ETA, de Bildu y de conspiraciones en redes, los familiares de las víctimas escuchaban con incredulidad.
Sus mensajes fueron demoledores:
“Había información suficiente y no se actuó”.
“No se asumieron responsabilidades”.
“Mazón sigue siendo diputado”.
“El Consell sigue con los mismos responsables”.
“No hubo alerta a la población”.
Lo más duro fue escuchar a una víctima afirmar que Feijóo “sigue controlando el relato”, exactamente igual que la noche de la tragedia.
Controlar el relato.
No buscar la verdad.
No reparar el daño.
No prevenir el futuro.
ETA como síntoma de debilidad política
La mayoría de analistas coinciden en una idea: cuando un político recurre a ETA en un debate que no tiene ninguna relación con el terrorismo, es porque no tiene argumentos.
Es una señal de debilidad.
Feijóo no pudo:
Desmentir los autos judiciales.
Rebatir los datos de la AEMET.
Explicar por qué no se activó el nivel 3.
Justificar la ausencia de alertas.
Así que recurrió a lo único que aún genera impacto emocional inmediato: ETA.
Pero el efecto fue el contrario: quedó retratado como un líder sin discurso, atrapado en el pasado y dispuesto a usar cualquier símbolo, incluso el más doloroso, para sobrevivir políticamente.
¿Un Feijóo más Ayuso, más Abascal?

La gran pregunta que queda en el aire es estratégica:
¿Feijóo se está desplazando hacia un modelo político más agresivo, más emocional, más polarizador?
Su comparecencia mostró:
Un tono bronco.
Ataques personales.
Aplausos como en un mitin.
Victimismo permanente.
Uso de enemigos simbólicos.
Muy lejos del perfil moderado que prometía cuando llegó a Madrid.
Muchos ven ya un Feijóo cada vez más parecido a Ayuso y a Abascal, compitiendo en el mismo terreno: el de las tripas, no el de los datos.
El problema institucional: mentir en una comisión
Mentir en una comisión de investigación no es un detalle menor. Tiene implicaciones democráticas graves.
Una comisión sirve para:
Informar a la ciudadanía.
Depurar responsabilidades políticas.
Si el compareciente miente, se destruye la función misma del Parlamento.
Y en este caso, Feijóo no solo mintió según los autos judiciales: intentó construir un relato alternativo a una verdad ya establecida por los tribunales.
Eso no es solo estrategia política.
Es deslegitimar el Estado de Derecho.
Un futuro político cada vez más complicado
La “bomba Intxaurrondo” no es solo un titular. Es un punto de inflexión.
Feijóo salió de la comisión:
Más cuestionado que nunca.
Enfrentado a las víctimas.
Contradicho por la justicia.
Señalado por encubrir a Mazón.
Desprestigiado por usar a ETA.
Lejos de reforzarse como líder alternativo al Gobierno, apareció como un político atrapado en una estrategia defensiva, incapaz de asumir errores, sin discurso propio y sostenido por un pasado que ya no conecta con la realidad del país.
Epílogo: cuando el relato se cae
Feijóo intentó controlar el relato durante 15 meses.
Pero el relato ya no depende de él.
Depende de los autos judiciales.
Depende de los datos técnicos.
Depende de las víctimas.
Depende de la memoria colectiva.
Y cuando un líder político necesita sacar a ETA para hablar de una riada, no está construyendo futuro: está revelando su propia debilidad.
La comisión de la DANA no fue una sesión más.
Fue el momento en que el discurso de Feijóo empezó a resquebrajarse públicamente.
Y quizá, también, el principio del verdadero problema para su liderazgo.
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