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La historia del caso que rodea a Alberto González Amador, pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha dejado de ser un simple procedimiento judicial para convertirse en un símbolo político. Un símbolo incómodo, perturbador y profundamente revelador sobre cómo funcionan —o dejan de funcionar— determinados resortes del Estado cuando los investigados pertenecen al círculo del poder.

Lo que inicialmente se presentó como un caso de fraude fiscal ha derivado en una trama mucho más compleja: delitos contra la Hacienda Pública, presunta corrupción en los negocios, administración desleal, facturas falsas, empresas pantalla, triangulaciones financieras con grandes grupos sanitarios… y, sobre todo, una investigación que avanza con una lentitud desesperante.

Mientras tanto, la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, el cuerpo de élite encargado de investigar delitos complejos, lleva más de siete meses sin realizar las diligencias clave que le fueron encomendadas por orden judicial. Una parálisis que ha llevado a hablar ya abiertamente de una “UCO patriótica”: una policía judicial que, lejos de actuar con neutralidad, protegería de facto a figuras cercanas al poder político conservador.


El origen: una investigación que nunca llegó

Conviene aclarar un punto fundamental que ha sido manipulado en muchos medios: no existe todavía ningún “informe de la UCO”. Y no porque no se haya terminado, sino porque directamente no se ha hecho.

Cuando la jueza Inmaculada Iglesias se jubiló en julio del año pasado, dejó firmada una providencia a petición de la Fiscalía de Madrid. En ella solicitaba que la UCO se incorporase a la investigación debido a la complejidad del caso.

¿Por qué complejidad? Porque no se trata solo de un fraude fiscal clásico, sino de una red de operaciones trianguladas entre:

Alberto González Amador, pareja de Ayuso.

Fernando Camino, presidente del grupo sanitario Quirón.

Gloria Carrasco, esposa de Camino.

Una triangulación empresarial que, según las acusaciones, termina en la compra de un ático en el barrio de Chamberí por unos 950.000 euros, inmueble donde reside la pareja de Ayuso.

La jueza pidió expresamente que expertos de la UCO analizaran esas operaciones. No que redactaran un informe de despacho, sino que hicieran diligencias reales: rastreo de transferencias, análisis de sociedades, cruce de cuentas, verificación de identidades falsas, estudio de compraventas encubiertas.

La providencia es del 27 de junio.
La UCO reconoció que no empezó a trabajar hasta noviembre.
Han pasado más de 200 días.
Y, a día de hoy, no se han practicado diligencias sustanciales.


Cuando la UCO corre… y cuando se toma vacaciones

La pregunta es inevitable: ¿por qué tanta calma?

Porque la UCO no es lenta siempre. Todo lo contrario. Cuando investiga a políticos de izquierdas, sindicatos o movimientos sociales, la rapidez es quirúrgica: registros, filtraciones, autos judiciales, informes exhaustivos, portadas de prensa.

En este caso, sin embargo, el comportamiento es radicalmente distinto. Silencio. Inacción. Meses sin movimientos. Ninguna diligencia relevante.

No se trata de una sospecha ideológica: es un hecho documentado en el propio procedimiento. La UCO simplemente no ha hecho su trabajo.

De ahí nace el término que empieza a circular con fuerza en medios críticos: “UCO patriótica”, una referencia directa a las antiguas “cloacas del Estado”, aquellas unidades policiales que durante años fabricaron informes falsos, espiaron adversarios políticos y protegieron intereses del Partido Popular.

Lo más inquietante es que algunos de los agentes que participaron en esas prácticas hoy ocupan cargos en el Gobierno de la Comunidad de Madrid, bajo la presidencia de Isabel Díaz Ayuso.


El caso estaba bloqueado… hasta que se denunció públicamente

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Durante cuatro meses, el procedimiento judicial estuvo literalmente atascado en el Juzgado de Instrucción número 19 de Madrid. El nuevo juez, Antonio Viejo, no daba traslado a las defensas del auto de apertura de juicio oral, pese a que Fiscalía, Abogacía del Estado y acusación popular ya habían presentado sus escritos.

Un bloqueo procesal sin explicación jurídica razonable.

Solo después de que varios medios denunciaran públicamente la situación, el juez activó el procedimiento. Finalmente, se ha concedido a González Amador y a otros cuatro acusados un plazo de 10 días para presentar sus escritos de defensa.

Es decir, no es un ultimátum excepcional. Es simplemente lo que marca la ley. Lo anormal es que se haya tardado cuatro meses en cumplir un trámite que debería haberse realizado en cuestión de días.

Durante esos cuatro meses, el investigado disfrutó de una situación de impunidad procesal de facto.


Las acusaciones: hasta cinco años de cárcel

Las acusaciones son muy graves. Fiscalía, Abogacía del Estado y acusación popular solicitan hasta cinco años de prisión por:

Dos delitos fiscales.

Fraude a Hacienda mediante facturas falsas.

Posible corrupción en los negocios.

Administración desleal.

Según el sumario, González Amador habría utilizado facturas falsas por valor de 1,7 millones de euros, proporcionadas por otros cuatro acusados, a los que él mismo se refería en conversaciones como “los tiesos”.

Esos otros tres acusados estarían ahora negociando un pacto de conformidad con la Fiscalía Anticorrupción: uno pagaría multa, y a los otros dos se les archivaría la causa. Una estrategia clásica: sacrificar a los peones para proteger al rey.


El ático de Chamberí: el símbolo del caso

El elemento más simbólico del caso es el ático de Chamberí. No por su valor económico únicamente, sino por lo que representa políticamente.

Un inmueble de lujo, presuntamente adquirido mediante operaciones empresariales opacas, con dinero de origen irregular, vinculado a contratos con el principal grupo sanitario que gestiona hospitales públicos de la Comunidad de Madrid.

Es decir:
dinero privado,
procedente de negocios con la administración pública,
utilizado para beneficiar directamente a la pareja de la presidenta autonómica.

Si este caso afectara a un político de izquierdas, el escándalo sería histórico. Dimisiones, portadas, manifestaciones, tertulias diarias. Pero aquí el silencio institucional ha sido casi absoluto.


La paradoja: el investigado pasa al ataque

Y aquí llega uno de los giros más surrealistas de toda esta historia: González Amador no solo se defiende. Ataca.

Tras la condena del ex fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, por un delito de revelación de secretos, la pareja de Ayuso ha pedido al Tribunal Supremo que:

    García Ortiz sea expulsado definitivamente de la carrera fiscal.

    Se le impongan 65.000 euros de costas procesales, correspondientes a los honorarios del abogado de González Amador.

Una cifra superior incluso a la multa impuesta al propio fiscal.

Es decir, el presunto defraudador confeso, investigado por múltiples delitos económicos, exige que quien destapó el caso le pague el abogado.

La inversión moral es total:
el investigado se presenta como víctima,
y el fiscal como delincuente.


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En sus escritos, la defensa de González Amador se presenta como si se tratara de un ciudadano acosado, perseguido, hostigado por el Estado. Un relato de victimización extrema, pese a que:

Ha disfrutado de meses de parálisis judicial.

Ha visto cómo la UCO no investigaba.

Ha logrado sentencias favorables en otras causas.

Y ahora incluso reclama dinero público.

El lenguaje utilizado roza lo grotesco: se habla de “daños morales”, de “persecución”, de “indefensión”, mientras el caso real es el de un empresario con conexiones políticas, recursos económicos, despachos de abogados de élite y una cobertura mediática muy favorable.


Doble vara de medir: la justicia como espectáculo selectivo

Este caso ha reabierto un debate profundo en España: ¿existe una justicia de doble rasero?

Porque los patrones se repiten:

Rápida actuación judicial cuando los acusados son de izquierdas.

Lentitud, cautela, dilaciones cuando los acusados pertenecen al entorno del PP.

Filtraciones interesadas en unos casos.

Silencio absoluto en otros.

No se trata de conspiraciones abstractas, sino de una percepción social cada vez más extendida: la ley no se aplica igual a todos.

Y eso es letal para la democracia.


La UCO patriótica: de las cloacas al despacho

La expresión “UCO patriótica” no es gratuita. Hace referencia directa a las prácticas del pasado, cuando unidades policiales operaban al margen de la legalidad para proteger intereses políticos concretos.

Hoy no se habla de informes falsos, sino de algo más sutil: no investigar. No hacer diligencias. No mover el expediente. Dejar que el tiempo pase. Que prescriban delitos. Que se desinflen causas. Que el desgaste mediático desaparezca.

La inacción como forma de protección.

Y lo más grave: muchos de los agentes implicados en estas dinámicas acaban siendo premiados con ascensos y cargos políticos.


Democracia judicial en crisis

El caso González Amador ya no es solo un caso de corrupción. Es un test de estrés para el sistema judicial español.

Porque lo que está en juego no es si una persona concreta va o no a prisión. Lo que está en juego es algo mucho más profundo:

¿Funciona realmente la separación de poderes?

¿Es la justicia independiente del poder político?

¿Puede un ciudadano corriente esperar el mismo trato que la pareja de una presidenta autonómica?

Cuando la justicia se percibe como selectiva, la democracia se erosiona desde dentro.


El relato final: cuando la verdad cuesta dinero

Quizá la frase que mejor resume todo este episodio sea esta:
“Que la verdad cueste dinero.”

Porque eso es exactamente lo que está ocurriendo:
quien destapa la corrupción pierde su carrera,
paga multas,
y encima debe pagar los abogados del investigado.

Mientras tanto, el presunto defraudador mantiene su posición, su vivienda de lujo, su estatus social y su capacidad de presión judicial.

No es solo una injusticia individual. Es un precedente peligrosísimo.

Si decir la verdad tiene un coste económico y profesional tan alto, el mensaje para fiscales, jueces y periodistas es claro: mejor callar.


Un caso que define una época

El caso del novio de Ayuso es ya mucho más que un sumario judicial. Es un espejo incómodo de cómo se relacionan en España:

poder político,

poder económico,

poder mediático,

y poder judicial.

Una democracia no se mide por cómo trata a sus héroes, sino por cómo investiga a sus poderosos.

Y hoy, lo que este caso revela es inquietante:
una justicia lenta con los fuertes,
rápida con los débiles,
y una policía judicial que parece haber olvidado a quién debe servir.

No al gobierno.
No a los partidos.
No a las élites.

Sino, en teoría, a la ciudadanía.
A todos. Sin excepciones.