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Un terremoto político que deja máscaras en el suelo
La intervención de Rafael Correa —afilada, incómoda y sin concesiones— ha vuelto a poner en evidencia una grieta que atraviesa a la derecha española y europea: la incapacidad de leer el nuevo ciclo geopolítico sin caer en el seguidismo, el oportunismo electoral o la contradicción moral. Sus palabras no solo apuntan a Donald Trump y Marco Rubio, a quienes define como una amenaza global, sino que golpean de lleno a quienes, en España, han decidido mirar hacia otro lado mientras el derecho internacional se desmorona.
Correa no habla de ideología en abstracto. Habla de poder. De un mundo que abandona las reglas que nacieron tras la Segunda Guerra Mundial y abraza, sin pudor, la ley del más fuerte. Y en ese escenario, advierte, no hay trincheras seguras: ni para la izquierda, ni para la derecha tradicional, ni para quienes creen que alinearse con Washington garantiza protección.
“Dos primates con corbata”: Trump, Rubio y la política del ultimátum
El diagnóstico es brutal: Estados Unidos, la nación más poderosa de la historia, estaría hoy en manos de líderes que conciben la diplomacia como una amenaza explícita. “O haces lo que te digo o te bombardeo”, resume Correa, describiendo una lógica que ya no se disfraza de democracia ni de derechos humanos.
Lo ocurrido en Venezuela se convierte así en un caso de estudio. No como un episodio aislado, sino como la confirmación de una doctrina escrita, publicada y ejecutada. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos no oculta su objetivo: expulsar a China de América Latina, blindar el control de los recursos estratégicos y redefinir el mapa de alianzas sin respeto por soberanías ni consensos multilaterales.
Ayuso, el derecho internacional y la “cursilería” que pasa factura

En este contexto, las palabras de Isabel Díaz Ayuso resuenan con eco incómodo. Calificar la defensa del derecho internacional como algo “cursi” no es solo una provocación retórica: es una declaración política que deja a la derecha española atrapada en su propia contradicción.
Cuando mañana vuelva a invocar la Constitución, recuerdan algunos analistas, esas palabras regresarán como un boomerang. Porque despreciar las normas internacionales equivale a aceptar un mundo donde la fuerza sustituye a la ley. Y en ese mundo, España no juega en la liga de los gigantes.
El error estratégico del Partido Popular
Para Correa y otros observadores, el Partido Popular comete un error de cálculo grave: creer que Trump es un aliado natural contra la izquierda europea. La realidad, sostienen, es exactamente la contraria. Trump no combate a la socialdemocracia; combate al orden que sostiene a la Unión Europea, al multilateralismo y a cualquier estructura que limite su poder.
El apoyo explícito de Washington a los llamados “partidos patrióticos” —Vox en España, Le Pen en Francia, Salvini y Meloni en Italia— no busca fortalecer a la derecha clásica, sino debilitarla, fragmentarla y empujarla a un callejón sin salida. El resultado es visible: el PP pierde espacio, Vox crece y la estrategia se vuelve insostenible.
Paradójicamente, figuras como José María Aznar y la fundación FAES han leído antes el peligro. Incluso Marine Le Pen, desde la extrema derecha francesa, ha sido más clara al denunciar el atentado contra el orden internacional que supone la intervención estadounidense.
Venezuela: ¿golpe, pacto o transición tutelada?

Lejos de los relatos simplistas, Correa insiste en la complejidad del escenario venezolano. Lo que ha ocurrido —sostiene— no se improvisa en días. Requiere meses de preparación y, posiblemente, la complicidad de sectores internos del propio Estado venezolano.
La opción de una invasión directa era demasiado costosa. Venezuela no es Panamá. Su tamaño, su orografía y su estructura militar la convertirían en un “Vietnam caribeño”. La alternativa ha sido otra: el secuestro del presidente, la negociación con figuras como Delcy Rodríguez y la imposición de una transición política bajo supervisión externa.
No es ni la victoria de María Corina Machado ni el colapso total del régimen. Es algo más opaco, más inquietante y, sobre todo, más revelador del nuevo imperialismo.
China, el petróleo y el fin del petrodólar
El trasfondo real, advierte Correa, es económico. China llevaba más de un año comprando petróleo venezolano fuera del circuito del dólar, utilizando yuanes, criptomonedas y depósitos difíciles de rastrear. Un desafío directo al petrodólar.
Romper ese sistema —aunque sea parcialmente— podría desencadenar una catástrofe financiera para Estados Unidos. Debilitaría su moneda, encarecería su economía interna y pondría en riesgo un año electoral clave.
No es la primera vez que ocurre algo similar. Saddam Hussein exploró vender petróleo en euros. Poco después, Irak fue invadido. Hoy, Venezuela, Rusia, Irán y hasta Arabia Saudí observan con atención. El mensaje es claro: quien cuestione el dominio del dólar, paga un precio.
Groenlandia, el Ártico y el reparto del mundo
Las amenazas sobre Groenlandia no son una excentricidad. Forman parte de la misma doctrina. Controlar el Ártico significa controlar rutas, recursos y el futuro energético del planeta.
El silencio de Rusia ante las declaraciones de Trump no es casual. Un posible pacto para repartirse el Ártico redefine el equilibrio global y deja a Europa en una posición de extrema debilidad. Mientras tanto, la Comisión Europea guarda silencio, atrapada entre la OTAN, la dependencia estratégica y la falta de liderazgo.
Europa ante el abismo
Aceptar una violación del derecho internacional hoy implica normalizarla mañana. Si se justifica Venezuela, mañana será Groenlandia. Pasado mañana, cualquier otro territorio incómodo.
La comparación histórica incomoda, pero persiste: Múnich, los Sudetes, la cesión constante ante el agresor. La música es inquietantemente similar.
La intervención de Correa no es un alegato ideológico. Es una advertencia. La derecha europea que hoy aplaude o minimiza las acciones de Trump puede descubrir demasiado tarde que también es su enemiga.
El nuevo orden no distingue colores políticos. Distingue fuerza y utilidad. Y Europa, dividida, dubitativa y atrapada en cálculos de corto plazo, corre el riesgo de quedarse fuera de la mesa donde se reparte el mundo.
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