El Tribunal Supremo se prepara para uno de los juicios más delicados, simbólicos y políticamente explosivos de los últimos años. El llamado caso mascarillas, que salpica de lleno al exministro de Transportes José Luis Ábalos, a su exasesor ministerial Koldo García y al empresario Víctor de Aldama, ya tiene calendario judicial. Si nada se tuerce en las próximas semanas, el Alto Tribunal celebrará el juicio oral en el mes de abril, poniendo en el banquillo a tres figuras clave de una trama que hunde sus raíces en los momentos más críticos de la pandemia de COVID-19.
Antes, el próximo 6 de febrero a las 10 de la mañana, el Supremo celebrará una audiencia previa para escuchar las cuestiones preliminares planteadas por las defensas. Será una sesión decisiva: si los magistrados rechazan los argumentos procesales de los acusados, el camino quedará despejado para que el juicio se celebre en primavera. Un juicio que no solo examinará presuntas irregularidades administrativas, sino que reabrirá heridas políticas, éticas y sociales que nunca llegaron a cerrarse del todo.
Un caso que nace en la urgencia y acaba en los tribunales
El origen del caso se sitúa en uno de los momentos más oscuros y caóticos de la historia reciente de España. En plena pandemia, con hospitales desbordados, profesionales sanitarios sin protección suficiente y una presión política y social sin precedentes, el Gobierno central y las administraciones públicas recurrieron a compras de emergencia para abastecerse de material sanitario, especialmente mascarillas.
Ese contexto de urgencia, que permitió procedimientos excepcionales y contratos sin los controles habituales, es precisamente el terreno en el que, según la acusación, germinaron las presuntas irregularidades. La Fiscalía sostiene que se produjeron operaciones irregulares en la adquisición de mascarillas, con sobreprecios, intermediaciones injustificadas y beneficios ilícitos para determinadas personas vinculadas al poder político.
El caso, que durante meses avanzó entre filtraciones, declaraciones cruzadas y una enorme expectación mediática, acabó escalando hasta el Tribunal Supremo por la condición de aforado de José Luis Ábalos, entonces diputado y exministro.
Tres acusados, tres perfiles clave
El juicio sentará en el banquillo a tres figuras con roles muy distintos pero presuntamente conectados.
José Luis Ábalos, exministro y figura central
José Luis Ábalos no es un nombre menor en la política española. Fue uno de los hombres fuertes del PSOE, ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, secretario de Organización del partido y una figura clave en los primeros años del Gobierno de Pedro Sánchez.
Para la Fiscalía, Ábalos habría tenido un papel relevante en la trama, permitiendo o facilitando determinadas operaciones irregulares relacionadas con la compra de mascarillas. El Ministerio Público solicita para él una pena de 24 años de prisión, mientras que las acusaciones populares, lideradas por el Partido Popular, elevan la petición hasta 30 años de cárcel.
Más allá de la posible condena penal, el juicio supone para Ábalos un ajuste de cuentas político definitivo. Desde su salida del Gobierno, su figura ha quedado asociada de forma casi inseparable a este caso, convirtiéndose en uno de los principales flancos de ataque de la oposición contra el Ejecutivo.
Koldo García, el asesor en la sombra
Koldo García, exasesor ministerial de Ábalos, es una de las figuras más enigmáticas del caso. Sin cargo electo ni proyección pública, su nombre pasó de la discreción absoluta a ocupar titulares diarios.
Según la acusación, García habría actuado como pieza clave en la intermediación de los contratos investigados, utilizando su posición de proximidad al ministro para influir en decisiones administrativas. La Fiscalía solicita para él 19 años y medio de prisión, mientras que las acusaciones populares también reclaman 30 años de cárcel.
El papel de Koldo es especialmente relevante porque, para muchos analistas, representa el eslabón que conecta el poder político con los intereses empresariales, un perfil recurrente en grandes casos de corrupción.
Víctor de Aldama, el empresario

El tercer acusado es el empresario Víctor de Aldama, señalado como uno de los beneficiarios de las operaciones investigadas. En su caso, la Fiscalía solicita 7 años de prisión, una pena sensiblemente inferior a la de los otros acusados, pero igualmente grave.
Las acusaciones populares coinciden con el Ministerio Público en la petición de pena para Aldama, lo que refuerza la idea de que su papel estaría más delimitado al ámbito empresarial, aunque presuntamente conectado con decisiones políticas de alto nivel.
Las cifras que resumen la gravedad del caso
Las penas solicitadas dan una idea clara de la magnitud del procedimiento:
José Luis Ábalos: 24 años de prisión (30 solicitados por las acusaciones populares).
Koldo García: 19 años y medio de prisión (30 solicitados por las acusaciones populares).
Víctor de Aldama: 7 años de prisión.
Estas cifras sitúan el caso mascarillas entre los procesos penales más graves vinculados a la gestión de la pandemia en Europa, al menos en términos de responsabilidades políticas y penas solicitadas.
La audiencia del 6 de febrero: el primer gran examen
Antes de que llegue abril, el foco estará puesto en la audiencia del 6 de febrero, en la que el Supremo escuchará las cuestiones preliminares planteadas por las defensas. En este tipo de sesiones, los abogados suelen intentar que se anule parte del procedimiento alegando defectos procesales, vulneración de derechos fundamentales o falta de competencia del tribunal.
Si alguna de estas cuestiones prospera, el calendario podría alterarse de forma significativa. Pero si el Supremo rechaza los argumentos, como apuntan fuentes jurídicas, el juicio oral quedará prácticamente asegurado.
Para las defensas, esta audiencia representa una de las últimas oportunidades de frenar o retrasar un proceso que amenaza con convertirse en un terremoto político.
Un juicio con enorme impacto político
Aunque se trata de un procedimiento judicial, el juicio tendrá inevitablemente consecuencias políticas. El caso mascarillas ha sido utilizado recurrentemente por la oposición para cuestionar la gestión del Gobierno durante la pandemia y para atacar la credibilidad del PSOE.
El hecho de que las acusaciones populares estén lideradas por el Partido Popular añade una dimensión claramente política al proceso. Cada paso judicial será analizado, amplificado y reinterpretado en clave partidista, especialmente en un contexto de alta polarización.
Además, el juicio se celebrará en un momento en el que la memoria de la pandemia sigue muy presente en la sociedad. Para muchas familias que perdieron a seres queridos, cualquier indicio de corrupción en la gestión de aquellos meses resulta especialmente doloroso.
La pandemia como contexto agravante
Uno de los elementos que más pesa en la percepción social del caso es el contexto en el que se produjeron los hechos. No se trata de contratos ordinarios ni de decisiones administrativas rutinarias, sino de compras realizadas en plena emergencia sanitaria.
La Fiscalía considera que ese contexto no atenúa, sino que agrava la gravedad de las presuntas irregularidades. La urgencia, argumenta, no puede convertirse en excusa para el enriquecimiento ilícito ni para el uso indebido de recursos públicos.
Este enfoque conecta con una sensibilidad social muy extendida: la idea de que, mientras miles de ciudadanos cumplían confinamientos estrictos y los sanitarios se jugaban la vida, algunos podrían haberse beneficiado económicamente de la situación.
El Supremo, bajo el foco
El Tribunal Supremo será observado con lupa. No solo por la relevancia de los acusados, sino por el simbolismo del caso. La justicia española se enfrenta al reto de demostrar que es capaz de investigar y juzgar con rigor a figuras de primer nivel, sin interferencias políticas.
Cualquier decisión —desde la admisión de pruebas hasta la eventual sentencia— será analizada al detalle, tanto dentro como fuera de España. El caso se ha convertido en una prueba de estrés para el sistema judicial.
Un juicio largo y complejo
Todo apunta a que el juicio será largo, técnicamente complejo y con una abundante práctica de prueba documental y testifical. Se revisarán contratos, comunicaciones, decisiones administrativas y movimientos económicos.
La complejidad del caso obliga al tribunal a desentrañar qué decisiones fueron fruto de la urgencia legítima y cuáles, según la acusación, cruzaron la línea de la legalidad.
Presunción de inocencia y expectativa social
Como en cualquier proceso penal, rige la presunción de inocencia. Los acusados han negado las irregularidades y confían en que el juicio sirva para desmontar las acusaciones.
Sin embargo, la expectativa social es enorme. El caso simboliza, para muchos ciudadanos, la necesidad de rendición de cuentas en uno de los periodos más traumáticos de la historia reciente.
Abril, una fecha clave
Si se cumplen las previsiones, abril marcará un punto de inflexión. El juicio no solo determinará responsabilidades penales, sino que contribuirá a fijar el relato histórico de cómo se gestionó la pandemia desde las más altas esferas del poder.
Para José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor de Aldama, será el momento de dar explicaciones ante la justicia. Para la política española, un episodio que amenaza con prolongar la sombra de la pandemia mucho más allá de lo sanitario.
Justicia, memoria y responsabilidad
El juicio del caso mascarillas no es solo un procedimiento penal. Es un ejercicio de memoria colectiva, de exigencia democrática y de evaluación institucional. En él se cruzan la urgencia de una crisis global, la gestión del poder y la responsabilidad individual.
Abril se perfila como el mes en el que el Tribunal Supremo pondrá a prueba no solo a tres acusados, sino a la capacidad del sistema para responder a una pregunta clave: ¿qué ocurrió realmente cuando el país más lo necesitaba?
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