Cuando la ambición no basta: por qué ‘La ciudad de las luces muertas’, de David Uclés, naufraga
La nueva novela de David Uclés despliega una ambición desbordada que, lejos de cristalizar en una obra sólida, evidencia los riesgos de confundir exceso con profundidad y acumulación con forma

La publicación de La ciudad de las luces muertas estaba llamada a consolidar a David Uclés como una de las voces centrales de la narrativa española reciente.
El precedente era poderoso: una novela anterior convertida en fenómeno editorial, una visibilidad creciente y, como coronación, uno de los galardones más influyentes del país. Sin embargo, el desembarco en librerías de este nuevo título ha provocado un efecto contrario al esperado. Porque más allá de enfrentamientos ideológicos, la novela no funciona.
La novela parte de una idea potente: un apagón absoluto deja Barcelona a oscuras durante veinticuatro horas y, con él, se suspenden las fronteras del tiempo. Pasado, presente y futuro se superponen; personajes de distintas épocas coinciden; edificios desaparecidos reaparecen.
La ciudad se convierte en un espacio espectral donde la memoria colectiva adquiere forma física. Sobre el papel, el planteamiento promete una exploración fértil de la historia, el trauma y la persistencia de los fantasmas sociales.
El problema surge en el desarrollo. Uclés opta por una estructura fragmentaria y expansiva, poblada por decenas de personajes y escenas breves que se suceden sin una verdadera progresión interna.
No hay una columna vertebral narrativa capaz de sostener el conjunto. Lo que debería ser un mosaico acaba pareciendo un catálogo. La lectura se vuelve acumulativa, no orgánica, y avanza por adición, no por transformación.
Uno de los rasgos más visibles del libro es el uso constante de figuras reconocibles de la cultura: escritores, artistas, músicos, arquitectos, cineastas. La novela se construye, en buena medida, como una procesión de nombres propios.
La intertextualidad, sin embargo, no opera aquí como diálogo ni como relectura crítica, sino como guiño. El reconocimiento sustituye al sentido. La presencia de estos personajes no altera sustancialmente la trama ni genera capas de interpretación; funciona como destello momentáneo, como impacto superficial.
Portada de la novela ‘La ciudad de las luces muertas’, de David Uclés. Destino
Este recurso termina produciendo, en algunos tramos, un efecto distinto al que probablemente persigue. En lugar de sedimentar capas de lectura, tiende a generar una sensación de saturación.
La acumulación de referencias culturales no siempre se traduce en profundidad, y en ocasiones funciona más como señalización que como verdadera elaboración literaria. La cultura, en la novela, aparece muchas veces convocada, pero no siempre trabajada en conflicto ni transformada narrativamente, y esa distancia se hace notar.
El tono acompaña esa tendencia hacia la explicitud. El humor, presente en diversas escenas, aporta ligereza y voluntad lúdica, pero rara vez alcanza una dimensión verdaderamente incisiva. Funciona más como descanso que como herramienta crítica.
Esa elección tonal provoca un contraste evidente con la gravedad de los temas abordados y genera una sensación de desajuste entre fondo y forma.
Quizá el nudo del libro esté en su relación con la ambición. La ciudad de las luces muertas quiere ser muchas cosas al mismo tiempo: fábula política, ejercicio fantástico, homenaje cultural, retrato urbano, alegoría histórica.
Esa amplitud es, al mismo tiempo, su mayor atractivo y su principal dificultad. La novela avanza por acumulación, pero le cuesta jerarquizar, elegir qué líneas deben ocupar el centro y cuáles quedar en segundo plano.
En este caso, la riqueza de ideas no siempre encuentra un cauce formal que las ordene y les permita desplegar todo su potencial. La sensación que queda es la de un proyecto fértil, con intuiciones poderosas, que habría ganado con un proceso mayor de destilación.
El interés de esta novela no se agota en su resultado, sino que dialoga con el contexto en el que aparece. La ciudad de las luces muertas llega avalada por un gran premio, una fuerte expectativa mediática y el impulso de un éxito anterior, La península de las casas vacías.
Ese entorno condiciona inevitablemente la lectura y plantea preguntas legítimas sobre los mecanismos de legitimación en el campo literario contemporáneo.
La victoria de David Uclés en el Premio Nadal.
Nada de esto invalida el talento de David Uclés. La capacidad de fabular, de concebir universos propios y de arriesgar está presente.
Lo que esta novela pone sobre la mesa es la necesidad de acompañar ese talento de una arquitectura narrativa más precisa que permita convertir la intuición en experiencia estética sostenida.
La ciudad de las luces muertas puede leerse como un libro de transición: el de un autor que ensaya, explora y trata de crear una nueva forma de narrar.
No es una novela sin ideas. Es una novela a la que, en muchos momentos, le cuesta decidir cuáles de esas ideas deben ocupar el centro. Pero por el camino, la lectora puede disfrutar del zigzagueante viaje junto al “anisero” García Lorca, el fotógrafo Cortázar, el dramaturgo Bolaño, el egipcio Terenci Moix, el moribundo Gil de Biedma, el mago García Márquez, el detective Vázquez Montalbán, el extraterrestre Eduardo Mendoza, la niña Matute, la promesa Rosalía o el poeta Machado, que tiene un precioso papel en el cierre de la novela.
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