Lolita Flores emprende acciones legales por el precio pagado tras decir que es de izquierdas: “Lo denunciaré”

La cantante Lolita Flores ha publicado un vídeo en sus redes sociales donde ha mostrado su hartazgo tras ser insultada por su ideología política y ha anunciado que tomará medidas legales

Lolita Flores en 'Tu cara me suena'.Lolita Flores en ‘Tu cara me suena’. | Antena 3

Durante décadas, Lolita Flores ha sido sinónimo de arte, temperamento y una voz que nunca ha pedido permiso para existir. Pero en 2025, ni el apellido, ni la trayectoria, ni el respeto ganado a pulso han servido de escudo frente a una nueva forma de violencia: el linchamiento ideológico en redes sociales. Y esta vez, Lolita ha dicho basta.

Lo que comenzó como una reflexión sincera sobre su manera de pensar —“soy más de izquierdas que de derechas”— ha terminado convirtiéndose en una tormenta de insultos, ataques personales y desprecio público que ha llevado a la artista a tomar una decisión inédita: emprender acciones legales contra quienes la insulten.

No es un calentón. No es una amenaza vacía. Es un punto de inflexión.

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El momento en que todo estalla

El vídeo que Lolita Flores publica en su cuenta de Instagram no tiene filtros ni artificios. No hay música, no hay estrategia de marketing. Solo una mujer cansada. Cansada de leer comentarios anónimos. Cansada de ser insultada por su ideología, por su físico, por su edad. Cansada de pagar un precio cada vez más alto por opinar.

“Estoy un poco harta de los insultos”, dice, mirando a cámara. Y en esa frase, sencilla y directa, se concentra una realidad que muchos personajes públicos viven en silencio.

Cada foto, cada publicación, cada palabra se convierte en munición para quienes utilizan las redes sociales como campo de batalla política. Y Lolita, que nunca ha escondido quién es, ha decidido que no va a seguir aceptándolo.

El delito de opinar

“No doy la cara, pero me insultan”. La frase no es casual. Lolita apunta directamente al anonimato como uno de los grandes problemas del ecosistema digital actual. Perfiles sin rostro, sin nombre, sin consecuencias. Usuarios que disparan odio protegidos por una pantalla.

Los insultos no son nuevos. Pero han cambiado de naturaleza. Ya no se trata solo de críticas artísticas o comentarios desagradables. Ahora el ataque es ideológico, personal, identitario.

Decir que es de izquierdas —algo que expresó con naturalidad en una entrevista con Julia Otero— ha sido suficiente para que una parte de las redes la señale, la deshumanice y la convierta en objetivo.

 

“Lo denunciaré”: una advertencia clara

La frase que marca un antes y un después llega sin rodeos:
“La próxima vez que alguien me insulte, lo denunciaré.”

No hay matices. No hay negociación. Lolita Flores deja claro que no va a tolerar más violencia verbal. Reconoce que es artista, que no puede gustar a todo el mundo, que su físico puede ser objeto de opinión. Pero establece una línea roja: el insulto.

A sus 67 años, reivindica algo tan básico como el respeto. “Tengo arrugas, y me han costado mucho sudor y muchas lágrimas”, afirma. No es una queja banal. Es una reivindicación de la edad, del cuerpo vivido, del derecho a existir sin ser humillada.

Ideología y castigo social

“Soy más de izquierdas que de derechas. Y cuanto más mayor me hago, más de izquierdas soy.”
Esta frase, pronunciada con serenidad, ha sido interpretada por algunos como una provocación. Para otros, como una traición. Para muchos, como una excusa para el ataque.

En la España polarizada de 2025, manifestar una ideología se ha convertido en un acto de riesgo, especialmente para figuras públicas. El debate político ha dejado de ser un intercambio de ideas para transformarse en un mecanismo de señalamiento.

Lolita no habla desde un mitin ni desde una tribuna política. Habla desde su experiencia vital. Pero eso no ha importado.

El apoyo de su familia: el refugio frente al ruido

En su mensaje, Lolita no se victimiza. Se reafirma. Habla de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de sus amigos. De una vida plena que no necesita la aprobación de desconocidos enfurecidos.

“No necesito que me insultéis”, dice. Y esa frase revela algo más profundo: el hartazgo de una generación que ha dado mucho y ahora se enfrenta a una hostilidad gratuita.

No habla desde la fragilidad, sino desde la determinación. Desde la certeza de que el cariño real pesa más que el odio virtual.

Redes sociales: ¿espacio democrático o campo de acoso?

Lolita reconoce que Instagram es una red social, que hay democracia, que cada uno puede pensar lo que quiera. Pero establece una diferencia crucial entre pensar y agredir.

El problema no es la crítica. El problema es el insulto. La humillación. El desprecio sistemático. El uso del anonimato para deshumanizar.

Con su anuncio de denuncias, Lolita pone sobre la mesa un debate incómodo:
¿Hasta dónde llega la libertad de expresión?
¿Dónde empieza la responsabilidad legal?

Una advertencia que va más allá de Lolita

El mensaje de Lolita Flores no es solo personal. Es colectivo. Es un aviso para quienes creen que todo vale en redes. Para quienes confunden opinión con violencia verbal. Para quienes creen que ser famoso implica aceptar cualquier tipo de ataque.

“Os lo digo porque os voy a denunciar.”
No hay ironía. No hay dramatismo impostado. Hay cansancio y hay decisión.

El contexto cultural: una artista que no se esconde

Mientras la polémica estalla, Lolita sigue trabajando. Participa en la serie Atasco. Se sube cada noche al escenario del Teatro Bellas Artes con Poncia. No se retira, no se esconde, no se victimiza.

Su mensaje no es el de alguien que se siente derrotado. Es el de alguien que marca límites.

Lolita Flores

El silencio que se rompe

Durante años, muchas figuras públicas han optado por callar. Por no responder. Por normalizar el odio como “parte del precio de la fama”. Lolita ha elegido otro camino.

Romper el silencio. Nombrar el problema. Y actuar.

Epílogo: cuando la dignidad se defiende

Lolita Flores no ha declarado la guerra a nadie. Ha defendido algo mucho más simple y mucho más poderoso: su dignidad.

En un tiempo donde decir “soy de izquierdas” puede convertirse en un detonante de odio, su gesto no es solo personal. Es político, cultural y profundamente humano.

Porque quizás, como ella misma ha demostrado, el verdadero escándalo no es opinar, sino que todavía haya quien crea que insultar sale gratis.