
La escena es tan grotesca como reveladora. Mientras el debate público se incendia con discursos apocalípticos sobre “la dictadura del pensionariado”, okupas, comunismo bolivariano y supuestas conspiraciones contra España, en segundo plano se cuece uno de los mayores escándalos político-judiciales de los últimos años: la causa contra la pareja de Isabel Díaz Ayuso permanece paralizada, congelada en los tribunales, sin avances procesales reales, pese a tratarse de un asunto de enorme impacto social y económico.
Y es ahí donde estalla Ernesto Ekaizer.
El periodista, veterano analista del poder judicial y una de las voces más incómodas para el establishment político-mediático, lanza una acusación que resuena como una bomba: mientras se persigue al fiscal general del Estado por “corregir un bulo”, la investigación por fraude fiscal y corrupción en los negocios contra el novio de la presidenta madrileña está completamente frenada. No avanza. No se mueve. No hay plazos. No hay escritos. No hay fecha de juicio. Nada.
Pensiones, okupas y el arte de desviar la atención
Para entender el contexto hay que empezar por el ruido. El ruido permanente.
Cada vez que el tema de las pensiones entra en la agenda pública, aparece automáticamente el comodín de la okupación. No es casual. Es estrategia. El Partido Popular, junto a su ecosistema mediático, activa un relato que vincula la revalorización de las pensiones con la supuesta “protección de los okupas”, generando miedo, resentimiento social y una narrativa de caos.
Según este discurso, el Gobierno quiere subir las pensiones pero a costa de permitir que “te ocupen la casa”. Una mezcla emocional perfecta: jubilados asustados, propietarios indignados y una derecha presentándose como la única defensora del orden.
Pero como subraya Ekaizer, hablar de “inquocupación” no es solo un término jurídicamente absurdo: es una construcción ideológica. Remite a delincuencia, a marginalidad, a “kinkis”, a inseguridad. Es una palabra diseñada para estigmatizar, no para describir una realidad legal.
La ley no decide si hay o no desahucio. Lo decide un juez, tras informes sociales, valoraciones de vulnerabilidad y procedimientos establecidos. No hay ninguna barra libre para ocupar viviendas. Sin embargo, el relato mediático insiste: España es un país donde cualquiera puede entrar en tu casa y quedársela, mientras el Gobierno protege al delincuente.
El objetivo es claro: no hablar de pensiones.
La “dictadura del pensionariado”: propaganda pura
En este contexto irrumpe Federico Jiménez Losantos con una de sus frases más surrealistas: “la dictadura del pensionariado”. Un concepto que mezcla ignorancia económica, desprecio social y propaganda ideológica.
Hablar de dictadura del pensionariado en un país donde millones de jubilados sobreviven con pensiones que apenas superan el umbral de la pobreza es, como mínimo, obsceno. Pensionistas que pagan alquileres, luz, gas, medicamentos, que ayudan a hijos y nietos, que sostienen familias enteras con ingresos mínimos.
Pero el discurso neoliberal necesita un enemigo. Y ese enemigo son ahora los mayores: personas que “consumen recursos”, que “cargan al sistema”, que “impiden el progreso de los jóvenes”.
Una narrativa peligrosa, porque rompe la solidaridad intergeneracional y convierte un derecho social en un privilegio injusto.
Como recuerda Ekaizer, llevamos escuchando desde los años 80 que “no habrá pensiones en el futuro”. Década tras década. Siempre el mismo anuncio apocalíptico. Siempre falso. El sistema se ha reformado, se ha adaptado, se ha financiado por distintas vías, pero nunca ha desaparecido. Porque ningún gobierno, de ningún signo, puede permitirse políticamente destruir a un colectivo de millones de votantes.
No es economía. Es propaganda.
Y mientras tanto… la bomba: el novio de Ayuso

En medio de este ruido ensordecedor, Ekaizer lanza la verdadera noticia: la investigación judicial contra Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso, está completamente paralizada.
No es una opinión. Es un hecho procesal.
Dos causas abiertas:
Delito fiscal por presunto fraude a Hacienda.
Corrupción en los negocios, vinculada a comisiones millonarias durante la pandemia, especialmente en contratos de mascarillas.
Ambas causas están congeladas.
Según el abogado de los acusados, Ricardo Corzo Rodríguez, ni siquiera han recibido formalmente:
El auto de apertura de juicio oral.
Los escritos de acusación.
El escrito del Ministerio Fiscal.
Los plazos para presentar defensa.
Es decir: procesalmente, el caso no existe.
No hay traslado al juzgado penal. No hay asignación de juez. No hay fecha de juicio. No hay calendario. No hay movimiento. Desde septiembre del año pasado, silencio absoluto.
Y lo más grave: se trata de una causa con enorme impacto social, que afecta directamente a la pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid, una de las figuras políticas más poderosas del país.
Justicia a dos velocidades
Aquí es donde aparece el concepto clave: justicia de dos velocidades.
Por un lado:
El fiscal general del Estado, imputado, cuestionado, obligado a pagar 10.000 euros de su bolsillo por una indemnización.
Perseguido por “corregir un bulo”.
Convertido en símbolo de corrupción institucional por los mismos medios que blanquean otros casos.
Por otro:
El novio de Ayuso, investigado por fraude fiscal de cientos de miles de euros.
Señalado por haberse embolsado más de dos millones en comisiones durante la pandemia.
Con dos causas judiciales completamente bloqueadas.
Sin fecha de juicio.
Sin avances reales.
Y mientras tanto, el Tribunal Supremo le pide su número de cuenta para transferirle una indemnización. Literalmente: le sale a cobrar.
La imagen es demoledora.
No es solo una cuestión de lentitud judicial. Es una cuestión de asimetría política. De quién es perseguido con lupa y quién es tratado con guante de seda.
El papel incómodo de la UCO
Ekaizer va más allá y señala otro actor clave: la UCO, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil.
La UCO se ha convertido en los últimos años en un actor central de la vida política española. Informes, filtraciones, investigaciones, dossieres. Pero también aquí aparece el mismo patrón: diferentes ritmos, diferentes prioridades, diferentes intensidades según el perfil del investigado.
No se trata de acusar a la UCO de conspiración directa. Pero sí de reconocer una realidad: la falta de medios, la saturación de trabajo y, sobre todo, la presión política, generan una justicia desigual.
Hay casos que vuelan. Otros se arrastran. Otros se congelan.
Y casualmente, los que se congelan suelen afectar a personas con poder real.
El escándalo de la jueza Medel
Uno de los episodios más incomprensibles del caso es el de la jueza Carmen Rodríguez Medel. En septiembre dictó auto de apertura de juicio oral. Un acto procesal clave. Un punto de no retorno.
Desde entonces: nada.
No se ha trasladado la causa. No se han notificado plazos. No se ha activado el procedimiento penal ordinario.
Es como si el proceso se hubiera quedado suspendido en el limbo jurídico.
Para cualquier jurista, esto es un escándalo técnico. Para cualquier ciudadano, es incomprensible. Para un caso con esta relevancia política, es directamente inaceptable.
El Estado de derecho… o el Estado de deshecho
Isabel Díaz Ayuso se presenta constantemente como defensora del Estado de derecho. Habla de legalidad, instituciones, democracia, separación de poderes.
Pero como ironiza Ekaizer, cada vez más juristas hablan del “Estado de deshecho”: una parodia amarga del Estado de derecho cuando la justicia funciona de manera selectiva.
No se trata de afirmar que todo el sistema judicial esté corrompido. Pero sí de reconocer que hay grietas graves. Que existen zonas de impunidad. Que hay causas que se ralentizan sin explicación razonable.
Y que, curiosamente, esas causas suelen afectar a determinados entornos de poder político, económico y mediático.
El gran truco: fabricar escándalos para ocultar otros
Aquí aparece la lógica final del sistema:
Se lanza un escándalo diario: okupas, comunismo, dictadura pensionista.
Se genera miedo, polarización y ruido emocional.
La ciudadanía discute sobre bulos.
Nadie pregunta por los sumarios judiciales reales.
Las causas incómodas se enfrían.
El tiempo pasa.
La memoria colectiva se diluye.
Mientras discutimos si España es Venezuela, nadie habla de por qué una causa por fraude fiscal millonario está parada desde hace más de un año.
Mientras se criminaliza a los pensionistas, nadie explica por qué no hay fecha de juicio para la pareja de la presidenta madrileña.
Mientras se insulta al fiscal general, nadie se pregunta quién protege realmente a quién en los tribunales.
La pregunta que lo cambia todo
Ekaizer no lanza una teoría conspirativa. Lanza una pregunta:
¿Por qué esta causa no avanza?
No hay respuesta oficial. No hay explicación jurídica sólida. No hay comunicado del juzgado. No hay calendario procesal.
Solo silencio.
Y en un Estado de derecho, el silencio judicial es la peor de las respuestas.
Porque cuando la justicia calla, la sospecha habla.
Cuando la justicia se convierte en relato político
El caso del novio de Ayuso no es solo un escándalo personal. Es un síntoma estructural. Un espejo incómodo de cómo funciona el poder en España.
No hace falta inventar conspiraciones. Basta con observar los hechos:
Unos casos avanzan a velocidad de vértigo.
Otros se congelan sin explicación.
Unos personajes son perseguidos mediáticamente.
Otros son protegidos por el silencio institucional.
Y en medio, una ciudadanía atrapada en guerras culturales artificiales: okupas, comunismo, dictaduras imaginarias, mientras los verdaderos escándalos duermen en los cajones de los juzgados.
Por eso lo que dice Ekaizer no es solo una bomba mediática. Es algo mucho más grave: es una advertencia democrática.
Cuando la justicia deja de ser igual para todos, deja de ser justicia.
Y cuando el Estado de derecho se convierte en Estado de deshecho, ya no hablamos de política: hablamos de un problema estructural de democracia.
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