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La bomba no cayó de golpe.
Explotó por acumulación.

Durante meses, el relato se sostuvo sobre silencios, medias verdades y una coreografía política cuidadosamente ensayada. Pero basta una grieta —un documento, una citación judicial, un WhatsApp fuera de tiempo— para que todo empiece a resquebrajarse. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora con Alberto Núñez Feijóo.

Ramón Ekaizer no habló.
Sentenció.

“Feijóo incumple la ley”, lanzó, sin rodeos, en un contexto que ya no admite matices cómodos. No fue una opinión más en una tertulia encendida. Fue una acusación directa, pronunciada cuando la jueza que instruye el caso de la DANA ha comenzado a fijar algo mucho más inquietante que responsabilidades políticas: muertes que pudieron evitarse.

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Una citación que lo cambia todo

Feijóo está citado a declarar como testigo el próximo 9 de enero en el juzgado de Catarroja. No está imputado. No está acusado formalmente. Pero tampoco es un ciudadano cualquiera. Es el líder de la oposición, el rostro de un partido que ha gobernado la Comunidad Valenciana y que ha defendido durante un año una versión de los hechos que hoy se tambalea.

Pocas horas antes de la cena de Nochebuena, llegó el movimiento que encendió todas las alarmas: Feijóo solicita declarar por videoconferencia desde su despacho oficial en Madrid. Se ampara en la ley. En la norma. En el procedimiento.

Legal, sí.
Político, también.
Y profundamente simbólico.

Porque la pregunta no es si puede hacerlo.
La pregunta es por qué quiere hacerlo.

El miedo a Catarroja

Catarroja no es solo un juzgado. Es un escenario. Es el lugar donde confluyen 230 muertes, cientos de familias rotas y una investigación judicial que empieza a poner nombre a los errores.

Comparecer allí no es un trámite.
Es una imagen.

Y Feijóo no quiere esa imagen.

“No es una cuestión de agenda”, se repite una y otra vez en los debates. Su calendario oficial para ese día está vacío. No hay actos, no hay viajes, no hay excusas logísticas. Lo que hay es una decisión política: no dar la cara físicamente.

Para Ekaizer, y para muchos analistas, esto no es prudencia. Es cobardía.

Una cobardía que contrasta con la magnitud de lo ocurrido. Porque cuando hay 230 fallecidos, cuando una jueza afirma que las alertas llegaron tarde y que esas muertes eran evitables, esconderse tras una pantalla no es neutral. Es un mensaje.

Feijóo remite a la jueza sus 'whatsapps' con Mazón el día de la dana y pide  declarar por vía telemática el 9 de enero

La jueza y las muertes evitables

La jueza Nuria Ruiz Tobarra ha sido clara. Demoledoramente clara.

Primero: las alertas a los móviles se enviaron tarde.
Segundo: si se hubieran enviado antes de las 20:11, vidas se habrían salvado.
Tercero: la legislación establece que la gestión de emergencias corresponde al gobierno autonómico.

No hay interpretación posible.
No hay confusión jurídica.
No hay cortina de humo.

Esto ya no es un debate político. Es un sumario judicial.

Y en ese sumario, la palabra “evitable” pesa como una losa.

WhatsApps que desmienten el relato

Durante un año, Feijóo sostuvo que estuvo en contacto constante con Carlos Mazón durante la tragedia. Comunicación en tiempo real. Coordinación. Información fluida.

Los mensajes entregados a la jueza cuentan otra historia.

No hubo comunicación constante.
No hubo seguimiento en tiempo real.
No hubo lo que se dijo que hubo.

Los WhatsApps, lejos de cerrar el caso, lo abren. Y lo hacen de la peor manera posible: dejando al descubierto una cadena de mentiras defensivas.

Javier Aroca lo resumió sin anestesia: se construyó un relato falso para cubrir una gestión indecente. Y se utilizó la mentira como escudo político.

“Si miento, que me echen”

Las palabras tienen memoria. Y a veces vuelven como un boomerang.

“Si os miento, pedid que me echen del partido. Jamás voy a engañar a los españoles”.

Esa frase, pronunciada por Feijóo en el pasado, hoy circula como un fantasma incómodo. Porque cuando los documentos contradicen el discurso, la pregunta ya no es quién falló. Es quién mintió.

Y cuando un líder político se enfrenta a esa sospecha, cada gesto cuenta. Cada silencio. Cada excusa legal.

La ley como refugio

Aquí está el núcleo del conflicto.

Nadie discute que la ley permita declarar por videoconferencia. La norma existe. Pero las leyes no son neutrales en su uso. Están pensadas para situaciones concretas: personas en el extranjero, problemas de salud, imposibilidad real de desplazamiento.

No para evitar un juzgado incómodo.
No para esquivar una imagen incómoda.
No para proteger una estrategia política.

Por eso la frase clave no es “la ley le ampara”, sino “Feijóo se ampara en la ley”.

La diferencia es sutil, pero crucial.

Humanidad frente a estrategia

En el centro de todo esto no están los partidos. Están las víctimas.

230 familias que no entienden de aforamientos, videoconferencias ni tecnicismos legales. Familias que solo ven a un líder político que elige no pisar el mismo suelo donde se investigan las muertes de sus seres queridos.

Ahí es donde el debate deja de ser jurídico y se vuelve moral.

¿Qué haría una persona con principios?
¿Qué haría alguien que no tiene nada que ocultar?

Ir.
Mirar a la jueza a los ojos.
Entregar los mensajes.
Decir la verdad.

Todo lo demás suena a cálculo.

Dos bonzos, no uno

Durante meses, el Partido Popular intentó construir una narrativa clara: Mazón asumiría el desgaste, Feijóo quedaría al margen. Pero el fuego no entiende de estrategias internas.

Hoy, la imagen es otra: dos figuras ardiendo al mismo tiempo.

Mazón, atrapado por la gestión autonómica.
Feijóo, atrapado por el encubrimiento político.

Nadie quiere inmolarse solo. Y nadie quiere salvar al otro si eso implica caer juntos. Pero los hechos ya están ahí. Y los titulares que deja la jueza son imborrables.

El sumario es imparable

Habrá maniobras.
Habrá presiones.
Habrá intentos de desacreditar la investigación.

Pero el carril está marcado.

Muertes evitables.
Responsabilidad autonómica.
Relatos falsos.
Mensajes que no encajan.

El sumario avanza. Y cada paso reduce el margen de maniobra política.

Feijóo puede declarar por videoconferencia. Puede evitar Catarroja. Puede esconderse tras la norma. Pero hay algo que no puede hacer: borrar la imagen de un líder que no quiso estar donde debía estar.

El miedo como titular final

Ekaizer lo dijo sin rodeos: miedo a la jueza. Miedo a enfrentarse a la sociedad valenciana. Miedo a una verdad que ya no se puede controlar.

Y en política, el miedo siempre deja rastro.

El 9 de enero no será solo una declaración. Será un espejo. Y lo que se refleje en él —presencial o a través de una pantalla— marcará un antes y un después.

Porque a veces, no ir…
dice mucho más que comparecer.