Sarah Santaolalla pone el dedo en la llaga tras el batacazo del PSOE en Extremadura y lanza el aviso que el partido no puede ignorar

Sarah Santaolalla da su opinión sobre las elecciones de Extremadura.Sarah Santaolalla da su opinión sobre las elecciones de Extremadura. | Montaje El Televisero

Las elecciones autonómicas celebradas en Extremadura el pasado domingo han marcado un antes y un después para el Partido Socialista. No se trata solo de una derrota electoral, ni siquiera de una pérdida significativa de escaños en uno de sus territorios históricamente más fieles. Lo ocurrido va mucho más allá: es una sacudida política que obliga al PSOE a mirarse al espejo y plantearse si su estrategia, su discurso y su manera de conectar con la ciudadanía siguen siendo válidos en la España actual.

En medio del desconcierto general, una de las voces que más fuerza ha cobrado en las últimas horas ha sido la de Sarah Santaolalla. La analista política y colaboradora habitual de TVE ha realizado un diagnóstico tan directo como incómodo, un análisis que muchos dentro del propio partido prefieren no escuchar, pero que ha conectado con miles de ciudadanos en redes sociales por su crudeza y claridad.

Santaolalla no ha hablado desde la euforia ni desde el sectarismo. Ha hablado desde la evidencia de los datos, desde la lectura social del voto y, sobre todo, desde una idea que sobrevuela todo su discurso: la izquierda ya no moviliza como antes porque ha dejado de hablar de lo que realmente importa a la gente.


Un batacazo que duele especialmente

Extremadura no es una comunidad cualquiera para el PSOE. Durante décadas ha sido uno de sus grandes bastiones, un territorio donde el socialismo se entendía casi como parte del paisaje político. Por eso, el resultado del 21 de diciembre ha sido especialmente doloroso: el partido ha pasado de 28 a 18 escaños, perdiendo una parte sustancial de su representación y dejando el gobierno en manos del Partido Popular, que necesitará el apoyo de Vox para mantener a María Guardiola en la presidencia.

El dato más inquietante no es solo la caída del PSOE, sino el ascenso imparable de Vox, que ha pasado de ser un actor secundario a convertirse en la llave de la gobernabilidad. Para muchos analistas, este giro refleja un cambio profundo en el electorado extremeño, pero para Sarah Santaolalla el mensaje es aún más claro: la izquierda ha dejado de ser percibida como la solución.

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El miedo ya no moviliza

Uno de los ejes centrales del análisis de Santaolalla es la pérdida de eficacia del discurso del miedo. Durante años, buena parte de la estrategia electoral del PSOE y de la izquierda en general se ha basado en alertar del peligro de la ultraderecha, en presentar a Vox como una amenaza existencial para los derechos y la democracia.

Sin embargo, según la analista, ese relato ya no funciona como antes. “Ya no moviliza el miedo a Vox ni a la radicalización del PP”, afirma con rotundidad. No porque ese peligro haya desaparecido, sino porque la preocupación cotidiana de la gente ha cambiado de prioridad.

Hoy, explica Santaolalla, el miedo no es ideológico, es material. Es el miedo a no llegar a fin de mes, a no poder pagar el alquiler, a seguir compartiendo piso con más de treinta años, a encadenar empleos precarios, a depender de unos servicios públicos que no siempre responden cuando más se necesitan.


La frase que lo resume todo

Si hay una frase del análisis de Sarah Santaolalla que ha quedado grabada en la conversación política, esa es:
“Siempre hay algo que da más miedo que un fascista: no tener nada que llevarte a la boca.”

La contundencia de esta afirmación ha generado aplausos, críticas y debates encendidos, pero también ha puesto sobre la mesa una realidad difícil de negar. Cuando las condiciones materiales de vida empeoran, los discursos abstractos pierden fuerza. La gente no vota solo con la cabeza, vota con el estómago, con la cartera y con la sensación de futuro.

En Extremadura, como en muchos otros territorios, una parte del electorado ha dejado de creer que el PSOE pueda mejorar su situación personal. Y cuando esa confianza se rompe, el voto busca otras salidas, aunque sean contradictorias o incluso peligrosas.

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Servicios públicos y vida cotidiana

Otro de los puntos clave del análisis de Santaolalla es la gestión de los servicios públicos. Para la analista, la izquierda no puede limitarse a defenderlos de forma retórica; necesita demostrar con hechos que funcionan mejor bajo gobiernos progresistas.

Sanidad saturada, educación con carencias, dificultades para acceder a una vivienda digna y salarios que no permiten una vida autónoma son problemas que pesan más que cualquier discurso ideológico. “La gente tiene que ver que las políticas de izquierdas mejoran su vida”, insiste Santaolalla.

Si esa mejora no es visible, si no se traduce en experiencias concretas, el relato progresista se diluye y deja espacio a la frustración, al enfado y al voto de castigo.


Vox y el voto del desencanto

El crecimiento de Vox en Extremadura no se explica únicamente por su discurso ideológico. Para Sarah Santaolalla, una parte importante de sus votantes no son ultraderechistas convencidos, sino ciudadanos desencantados que sienten que el sistema no les ofrece alternativas reales.

Cuando la izquierda no consigue ilusionar ni resolver problemas básicos, el voto se convierte en una forma de protesta. Y en ese contexto, Vox aparece como un canal para expresar el malestar, aunque sus propuestas no solucionen las causas profundas del problema.

Este fenómeno no es exclusivo de Extremadura, advierte la analista, sino que se repite en otros territorios de España y de Europa. Por eso, lo ocurrido el domingo no debería interpretarse como un caso aislado, sino como una advertencia general.

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El mensaje directo al PSOE

Lejos de limitarse a describir el problema, Sarah Santaolalla lanza un mensaje claro al Partido Socialista: necesita un cambio de estrategia y de rumbo. No basta con señalar a la derecha ni con apelar a valores abstractos si estos no se traducen en mejoras concretas para la mayoría social.

La izquierda, sostiene, debe recuperar su capacidad de ofrecer seguridad material, estabilidad y expectativas de futuro. Eso implica hablar de salarios, de vivienda, de empleo digno y de servicios públicos eficaces, pero también actuar de forma coherente y visible.

“El miedo a la ultraderecha ya no cuela”, insiste. Lo que moviliza ahora es la esperanza de una vida mejor, no la amenaza de un enemigo.

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Una derrota con lecturas nacionales

El análisis de Santaolalla ha coincidido con otras reflexiones similares, como la de Gabriel Rufián, que también ha señalado que “cuando la gente no tiene futuro, vota pasado”. Ambas lecturas apuntan en la misma dirección: la desconexión entre la política institucional y la realidad cotidiana de muchos ciudadanos.

Aunque las elecciones se han celebrado en Extremadura, el mensaje trasciende sus fronteras. Lo ocurrido puede repetirse en otros territorios si no se corrigen los errores detectados. El PSOE, como principal partido de la izquierda española, se enfrenta al reto de redefinir su discurso y su acción política en un contexto social cada vez más exigente.

Entre la autocrítica y la negación

Tras el batacazo, el partido tiene dos opciones: asumir la autocrítica y emprender un cambio real, o refugiarse en explicaciones externas que no aborden el fondo del problema. Sarah Santaolalla deja claro cuál cree que es el camino correcto.

Negar la realidad o minimizar el impacto de la derrota solo retrasaría una crisis que ya es evidente. La izquierda no puede permitirse seguir perdiendo terreno en sus antiguos bastiones sin replantearse seriamente su proyecto.


Una advertencia que no conviene ignorar

El análisis de Sarah Santaolalla sobre lo ocurrido en Extremadura no es complaciente ni tranquilizador. Es, ante todo, una advertencia. Una llamada de atención a un partido que corre el riesgo de quedarse anclado en estrategias del pasado mientras la sociedad cambia a gran velocidad.

La derrota del PSOE puede convertirse en una lección valiosa o en el inicio de una pérdida de relevancia más profunda. Todo dependerá de si el mensaje es escuchado y traducido en acciones concretas.

Porque, como recuerda Santaolalla, cuando la política deja de mejorar la vida de la gente, la gente busca otras respuestas, aunque estas no siempre conduzcan a un futuro mejor.