Entre los pasajes que más se han comentado de las memorias de Juan Carlos I destaca, como un viejo eco sin música: el deseo del Emérito de regresar a España, si bien no aclara que no existe decreto ni impedimento: solo la aritmética fiscal que exigiría tributar si superara los 180 días al año sobre suelo patrio, entregando su patrimonio a los ojos siempre despiertos del Ministerio de Hacienda.

El ataque despiadado de Juan Carlos I contra Jaime de Marichalar echándole en cara haber arruinado la formación de Froilán

Tampoco deslizará nada que no seísmos tras publicarse en Francia la versión española que llega el 3 de diciembre a las librerías, sobre la reina Sofía, más allá de unas palabras amables que flotan sin peso frente al archivo de hechos que certifican la desventura de un matrimonio.

Ahí está, por ejemplo, la explicación de por qué su primogénita se llama Elena —una dedicatoria a un antiguo amor—, detalle que resbala como una lágrima sobre el rostro de la Emérita, quien este viernes volvió a ocupar el centro de la escena.

Felipe VI la quería a su lado en la conmemoración de los cincuenta años de monarquía y la obsequió con el Toisón de Oro, ante los poderes del Estado. Era su forma de iluminarla.

Y esa luz proyectó inevitablemente la sombra del padre ausente, a quien el Rey vetó en los actos oficiales, confinándolo al almuerzo familiar de este sábado y negándole, una vez más, la llave de Zarzuela.

De hecho, se ha dicho que el antiguo monarca llegará en avión para acudir al almuerzo de El Pardo y volverá a irse de España por la tarde.

Entre las memorias asoma también Jaime de Marichalar, una parte que en el país vecino no ha levantado tantas ampollas: el ex yerno sale malparado al ser señalado como la raíz amarga de los extravíos de Froilán.

Juan Carlos, con una frialdad que sorprende incluso en un hombre habituado al mármol del poder, escribe: “El divorcio de sus padres y una cierta falta de autoridad paterna le condujeron a una vida desvergonzada“.

No es un reproche: es una lápida. El Emérito quiere dejar constancia de que entre padre e hijo nunca hubo cercanía alguna. Y, al margen de dimes y diretes, ahí están los hechos: ni Froilán ni su hermana Victoria Federica representan un triunfo pedagógico de sus tutores.

Más aún: Juan Carlos I se adjudica el milagro de haber reconducido al muchacho cuando este recaló en Abu Dabi apenas llegar. Según él, bastó que el nieto durmiera bajo el mismo techo para que se evaporaran las noches interminables y se extinguiera la vocación fiestera. Un prodigio doméstico.

Pero los Marichalar llevan en su propia genealogía algún manual de sobresaltos. El tío Álvaro, navegante de sí mismo, es otra de las criaturas pintorescas que componen ese linaje. 

Los dardos de Don Juan Carlos a un (muy) enfadado Marichalar

Froilán, ya desde niño, dejó caer señales como migas dispersas: una patada en la boda de Felipe y Letizia; un disparo en el pie, un desfile de colegios, peleas, madrugadas y padres —Elena y Jaime— que, aunque advertidos, nunca encontraron el mapa para enderezar al chico.

Tal vez en Abu Dabi haya aprendido algo, o quizá simplemente no lo sabemos porque en aquellas latitudes de teocracias y censuras la prensa no vigila, y los paparazzi son animales tan prohibidos la homosexualidad: lo que no se ve deja de existir.

Jaime de Marichalar podría alegar como atenuante aquel ictus que le quebró la vida y del que nunca terminó de sanar del todo, pero ni esa herida explica el desorden que fue creciendo en los hijos.

Froilán y Victoria Federica no han resultado “ejemplares”, como tampoco lo suelen ser tantos retoños en tantas familias. La diferencia es que ellos caminan en la línea de sucesión y, por tanto, bajo un foco que jamás pestañea.

Mucho antes de que Juan Carlos recogiera la imagen maltrecha de su nieto para intentar pulirla a su manera, la reina Sofía ya había percibido el peligro y buscó una huida hacia adelante: enviar al muchacho a Estados Unidos, poner océanos de por medio.

Era un plan acordado con la infanta Elena y Marichalar, y financiado por los abuelos, como lo han sido los estudios de todos los nietos salvo los de las hijas de Felipe y Letizia.

Pero ni el Atlántico sirvió de frontera. Froilán engañó a sus padres, que repetían, convencidos, “está estudiando mucho”, mientras la realidad —terca como un burro viejo— contaba otra historia.

Antes de marcharse a los Emiratos, su vida era un festín de escándalos. Así lo recoge el propio Juan Carlos: “Alimentaba la crónica de sucesos con un comportamiento poco ejemplar. Iba de fiesta en fiesta, de discoteca en discoteca, metiéndose en peleas y con malas compañías”.

Lo escribe con la autoridad solemne de quien invoca la ejemplaridad para los demás, rara vez para sí mismo.

El rey Juan Carlos carga contra Jaime de Marichalar y halaga la nueva vida de Froilán en Abu Dabi: “Ahora es él quien se preocupa por mí” - Infobae