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Lo que no logró la oposición política, lo que no consiguieron los tertulianos ni los editoriales, lo hizo un grupo de niños disfrazados en pleno Carnaval de Cádiz. Con música, con humor, con ingenio y con una ironía demoledora, el Carnaval Infantil convirtió en sátira nacional una de las frases más arrogantes y desconectadas de Alberto Núñez Feijóo: aquella en la que insinuaba que “los andaluces no saben contar” cuando se debatía sobre qué comunidad tiene más kilómetros de costa en España.

La escena es histórica por varios motivos. Primero, porque demuestra una vez más que el Carnaval de Cádiz no es folclore, sino periodismo popular. Segundo, porque evidencia que la caricatura más dura del poder no viene ya de los grandes medios, sino de la cultura popular. Y tercero, porque el golpe simbólico es brutal: un líder que aspira a presidir el país queda ridiculizado por un grupo de niños que, con una copla, lo dejan sin discurso.

No es solo humor. Es pedagogía política. Es memoria colectiva. Es conciencia social cantada en compás de 3×4.


La frase que encendió la mecha

Todo comenzó con una declaración de Feijóo que pasó rápidamente de anécdota a símbolo:

“Ya sé que los andaluces no están de acuerdo, pero no saben contar. Las rías tienen doble costa”.

Dicha así, con tono de suficiencia, la frase no solo era discutible desde el punto de vista técnico, sino profundamente ofensiva desde el punto de vista simbólico. No se estaba discutiendo un dato: se estaba cuestionando la capacidad intelectual de toda una comunidad.

No era una broma.
No era una ironía.
No era un lapsus.

Era un reflejo de algo mucho más profundo: la mirada centralista, paternalista y condescendiente hacia Andalucía que sigue instalada en parte de la élite política española.


Cádiz responde: cuando el humor es una forma de justicia

Y entonces llegó Cádiz.

No una rueda de prensa.
No un comunicado institucional.
No una protesta formal.

Llegó el Carnaval.

Un grupo infantil sube al escenario del Gran Teatro Falla y empieza a cantar. Pero no canta cualquier cosa. Canta números, canta historia, canta orgullo, canta identidad, canta verdad.

Y en cada verso hay una bofetada simbólica a Feijóo.

No con insultos.
No con gritos.
No con odio.

Con datos.
Con arte.
Con talento.


“Si a casi 700 le sumamos más de 300…”

La copla es una obra maestra de pedagogía popular:

“Si a casi 700 le sumamos más de 300 que nos baña,
ya casi 1000 km contamos de playita de sal con arena dorada…”

Los niños no entran en tecnicismos académicos. No citan informes del Instituto Geográfico Nacional. No hacen gráficos.

Hacen algo mejor: explican el mundo con lenguaje de calle.

Y el mensaje es clarísimo: Andalucía tiene una de las costas más extensas, diversas y ricas de Europa. Mediterráneo y Atlántico. Playas urbanas, salvajes, naturales, vírgenes, turísticas, pesqueras, históricas.

Pero el fondo no es la cifra. El fondo es el desprecio.


“Los andaluces no saben contar”: el viejo estereotipo

La frase de Feijóo conecta con una tradición histórica de estigmatización de Andalucía:

Vagancia.

Incultura.

Gracia sin cerebro.

Arte sin disciplina.

Alegría sin inteligencia.

Un imaginario colonial interno que lleva siglos funcionando en España: Andalucía como periferia simpática, pero no seria. Divertida, pero no competente. Folclórica, pero no moderna.

Lo que hizo Feijóo no fue solo cometer un error político. Fue reactivar un prejuicio cultural profundamente arraigado.

Y eso, en 2026, no es inocente.


El Carnaval como prensa del pueblo

El Carnaval de Cádiz tiene una función que ya no cumplen muchos medios:

Decir lo que otros no se atreven.

Desde hace más de un siglo, chirigotas, comparsas y coros han hecho:

Crítica al poder.

Denuncia social.

Memoria histórica.

Análisis político.

Sátira ideológica.

Y lo han hecho con más precisión que muchos editoriales.

Porque el Carnaval no depende de subvenciones estatales.
No depende de accionistas.
No depende de partidos.

Depende del aplauso del pueblo.

Y eso lo convierte en un termómetro social mucho más fiable que cualquier encuesta.


Niños dando lecciones a adultos

El elemento más demoledor de todo el episodio no es que Cádiz ridiculice a Feijóo.

Es que lo hagan niños.

Niños cantando sobre:

Premios Nobel andaluces.

Producción agrícola.

Horas de sol.

Kilómetros de costa.

Aportación económica al país.

Mientras el líder del principal partido de la oposición reduce a millones de personas a un chiste de mal gusto.

La inversión simbólica es brutal:

El político parece infantil.
Los niños parecen estadistas.


“La tierra que más premios Nobel tiene”

Otro verso clave:

“La tierra que más premios Nobel en España tiene…”

Andalucía ha dado a España:

Juan Ramón Jiménez.

Vicente Aleixandre.

Severo Ochoa (vinculado).

Y una de las generaciones culturales más influyentes del siglo XX.

Pero eso no encaja en el relato centralista.

Porque admitir la excelencia andaluza rompe el estereotipo.

Y romper el estereotipo es peligroso para quien necesita jerarquías simbólicas.


El problema no es Feijóo, es el marco mental

Feijóo endurece su discurso migratorio y plantea facilitar la expulsión de  inmigrantes con papeles que cometan delitos | El PAÍS Exprés | EL PAÍS

Sería un error reducir todo a una metedura de pata individual.

El problema no es solo Feijóo.
El problema es el marco.

Un marco donde:

Madrid es inteligencia.

Cataluña es industria.

Euskadi es empresa.

Y Andalucía es chiste.

Ese marco se filtra en discursos, medios, humor, política y decisiones económicas.

Y cuando alguien como Feijóo dice lo que dice, no lo hace desde la nada. Lo hace desde un imaginario compartido.

Por eso la reacción fue tan fuerte.

Porque no se respondió a una frase.
Se respondió a siglos de desprecio.


Cádiz como capital moral de España

No es casual que esto ocurra en Cádiz.

Cádiz es:

La ciudad de la Constitución de 1812.

Cuna del liberalismo español.

Puerto de culturas.

Frontera histórica con América.

Territorio de mezcla, comercio, mestizaje.

Cádiz es una ciudad que siempre ha mirado al mundo.
No al centro.

Y su Carnaval es una forma de resistencia cultural frente al centralismo político.

No desde el victimismo.
Desde la risa.


La humillación perfecta: sin insultar

Lo más brillante del episodio es que Cádiz no insulta a Feijóo.

No lo llama inútil.
No lo llama ignorante.
No lo llama mentiroso.

Simplemente canta.

Y al cantar, demuestra.

Eso es una humillación simbólica de alto nivel: no necesitas atacar al adversario cuando puedes dejarlo en evidencia con elegancia.

Es la diferencia entre gritar y convencer.
Entre desahogarse y ganar el relato.


Cuando la cultura hace lo que no hace la política

Este episodio demuestra algo muy profundo:

Hoy la cultura está haciendo el trabajo que la política no hace.

Defender identidades sin caer en el nacionalismo tóxico.

Criticar al poder sin convertirlo en espectáculo vacío.

Educar sin adoctrinar.

Politizar sin polarizar.

El Carnaval infantil de Cádiz ha hecho más por la autoestima andaluza en tres minutos que muchos discursos institucionales en años.


El contraste con el PP: rigidez frente a creatividad

Un coro del Carnaval de Cádiz da réplica a Feijóo y a su insulto sobre que  "los andaluces no saben contar": "Sabemos contar: Gurtel, sede en 'B',  Dana, Ayuso y las residencias..." –

Mientras Feijóo habla con:

PowerPoints.

Argumentarios.

Frases prefabricadas.

Tópicos reciclados.

Cádiz responde con:

Música.

Ironía.

Historia.

Emoción.

Es una batalla desigual.

Porque el poder siempre pierde cuando se enfrenta al ingenio popular.


La pedagogía del sur

Lo más interesante es que la copla no es agresiva.

Es didáctica.

Los niños no gritan: “Feijóo es tonto”.
Dicen: “mira lo que somos”.

Hablan de:

Producción de aceite.

Días de sol.

Cultura.

Trabajo.

Talento.

Es un discurso positivo, constructivo, afirmativo.

No se define contra el otro.
Se define desde sí mismo.

Y eso es una lección política de primer nivel.


Andalucía: el motor invisible de España

Andalucía aporta:

Más del 60% de la producción de aceite de oliva.

Una parte clave del turismo nacional.

Agricultura intensiva para toda Europa.

Mano de obra esencial en sectores estratégicos.

Cultura exportada a todo el mundo.

Pero rara vez se la reconoce como motor económico.

Se la representa como problema.
Como carga.
Como periferia subsidiada.

Cuando en realidad es uno de los pilares del país.


El clasismo encubierto

Detrás del desprecio a Andalucía hay algo más que geografía.

Hay clasismo.

Porque el acento andaluz se asocia a:

Clase trabajadora.

Poca formación.

Informalidad.

Falta de rigor.

Mientras que otros acentos se asocian a prestigio.

No es casual.
No es inocente.
No es natural.

Es una construcción social.

Y Feijóo la reprodujo sin darse cuenta… o dándose cuenta.


El efecto boomerang

Lo que pretendía ser una frase ingeniosa terminó convirtiéndose en:

Tendencia en redes.

Viral en vídeos.

Ridículo nacional.

Material para memes.

Y ahora, historia del Carnaval.

Feijóo no ganó un debate.
Perdió un símbolo.

Y en política, perder símbolos es más grave que perder votos.


Cádiz no defiende cifras, defiende dignidad

Al final, la discusión sobre kilómetros de costa es irrelevante.

Lo importante es esto:

Andalucía no necesita que nadie la defienda.
Pero tampoco acepta que la humillen.

Y cuando lo hacen, responde como sabe:

Cantando.
Riéndose.
Creando.
Educando.

No desde el resentimiento.
Desde la dignidad.


 

Cuando el pueblo canta, el poder tiembla

El Carnaval Infantil de Cádiz no solo humilló a Feijóo.

Hizo algo mucho más potente:

Demostró que la cultura popular sigue siendo una herramienta política de primer orden.
Que el humor sigue siendo un arma contra el poder.
Y que la identidad no se construye desde el desprecio, sino desde el orgullo compartido.

Un líder político puede tener medios, discursos, asesores y encuestas.

Pero frente a un grupo de niños con talento, memoria y coplas…
no hay argumentario que aguante.

Porque cuando el pueblo canta,
el poder, aunque no lo admita,
escucha.