Del narcotráfico al escándalo institucional: cuando el pasado vuelve para ajustar cuentas

España vuelve a mirar de frente un fantasma que nunca terminó de desaparecer. No es solo una fotografía. No es solo una amistad del pasado. No es solo un chalet ocupado. Es una historia larga, densa, incómoda y profundamente política que conecta narcotráfico, poder institucional, silencios prolongados y responsabilidades nunca aclaradas.
El nombre es conocido: Marcial Dorado, uno de los grandes capos del narcotráfico gallego, condenado por tráfico de drogas y blanqueo de capitales.
El otro nombre también lo es: Alberto Núñez Feijóo, expresidente de la Xunta de Galicia durante más de una década y actual líder del Partido Popular.
Entre ambos, una relación que el PP ha intentado reducir durante años a una simple anécdota fotográfica. Pero los hechos, los tiempos y los documentos desmienten esa versión cómoda.
Hoy, el Estado español mantiene a Marcial Dorado como “okupa” en un chalet que fue incautado tras su condena, a la espera de una sentencia firme que permita su desalojo definitivo. Un símbolo grotesco de la lentitud judicial. Pero también una metáfora inquietante de cómo el narcotráfico ha convivido demasiado tiempo con las estructuras del poder.
El chalet de O Lagartiño: una propiedad incautada, una justicia lenta y una herida abierta
Según ha revelado Faro de Vigo, el Estado inscribió a su nombre en 2019 una vivienda de alto valor perteneciente a Marcial Dorado, dentro del proceso de decomiso de bienes para resarcir el daño causado por el narcotráfico.
Cuatro años después, en 2023, se dictó una orden de desahucio.
Pero los abogados del narcotraficante recurrieron.
Y desde entonces, la resolución sigue sin ser firme.
Resultado: el Estado es propietario, pero Dorado sigue dentro.
De narcotraficante condenado a “okupa” protegido por los ritmos de la justicia.
Una paradoja que indigna a la ciudadanía gallega, especialmente en una comunidad que sufrió durante décadas los efectos devastadores de la droga.
No era una foto: era una relación sostenida en el tiempo
Durante años, Feijóo y su entorno insistieron en un mensaje simple:
“Es una foto de hace décadas.”
Pero las investigaciones periodísticas desmontaron esa versión.
No fue una foto.
Fue una relación prolongada.
Una amistad reconocida por el propio Dorado.
Viajes compartidos.
Vacaciones.
Celebraciones de Nochevieja en Portugal.
Gastos que, según Dorado, pagaba “el que más tenía”.
Feijóo nunca ha aclarado quién pagaba qué.
Nunca ha desmentido de forma contundente esas afirmaciones.
Nunca ha explicado por qué mintió sobre la fecha en la que supuestamente rompió la relación.
Cuando se le preguntó, cambió versiones.
Cuando aparecieron nuevas pruebas, guardó silencio.

El PP gallego y la política del mirar hacia otro lado
Durante los 12 y 13 años de Feijóo al frente de la Xunta de Galicia, las políticas públicas de vivienda fueron, según múltiples voces críticas, una auténtica “huelga de brazos caídos”.
Mientras tanto, bienes incautados al narcotráfico permanecían infrautilizados.
Parcelas enteras, valoradas en cientos de miles de euros, sin un destino social claro.
En O Salnés, una de las zonas más castigadas históricamente por el narcotráfico, el contraste es brutal:
– Falta de vivienda pública.
– Pérdida de población.
– Jóvenes obligados a marcharse.
Y al mismo tiempo, propiedades de un narcotraficante bloqueadas durante años por trámites judiciales eternos.
Cuando el narcotráfico se sienta a la mesa del poder
Galicia no fue una excepción.
Fue un laboratorio.
Durante décadas, los clanes de la droga acumularon dinero, influencia y relaciones. Algunos lo hicieron desde la sombra. Otros, con una normalidad social inquietante.
El caso Dorado simboliza ese tiempo en el que el narcotráfico no solo corrompía barrios, sino que rozaba despachos institucionales.
No se trata de imputaciones judiciales.
Se trata de responsabilidades políticas.
De ética pública.
De explicar por qué un alto cargo compartía ocio y confianza con un criminal conocido.
Génova en alerta máxima: el pasado que amenaza al presente
En Madrid, la sede del PP observa el caso con creciente inquietud.
Cada nueva revelación reabre una herida que nunca cicatrizó.
Porque Feijóo no es un dirigente cualquiera.
Es la apuesta nacional del partido.
El rostro moderado.
El relevo generacional.
Y Marcial Dorado es una sombra demasiado pesada para acompañar ese relato.
La justicia, la memoria y la deuda con Galicia
Galicia pagó un precio altísimo por el narcotráfico:
– Familias rotas.
– Generaciones perdidas.
– Barrios enteros devastados.
Por eso, cada retraso judicial, cada silencio político, cada intento de minimizar los hechos reabre una herida colectiva.
El Estado tiene la obligación de desalojar a Dorado.
La política tiene la obligación de dar explicaciones.
Y la democracia tiene la obligación de no olvidar.
No es pasado, es presente
Este no es un escándalo viejo.
No es una polémica archivada.
No es una foto amarillenta.
Es una historia viva que habla de poder, de impunidad y de memoria.
De cómo el narcotráfico dejó huella no solo en las calles, sino también en las élites.
Y mientras Marcial Dorado sigue ocupando un chalet que pertenece al Estado, la pregunta sigue sin respuesta:
👉 ¿Cómo fue posible que todo esto ocurriera sin consecuencias políticas reales?
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