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CUANDO EL REY HABLA Y EL SILENCIO ARDE: FELIPE VI, VOX, EL MIEDO A LOS EXTREMISMOS Y LA SOMBRA DE UNA TRANSICIÓN QUE NUNCA TERMINÓ DE CONTARSE
El discurso de Nochebuena de Felipe VI volvió a colocar a la Corona en el centro del tablero político español. No por una frase aislada ni por un gesto improvisado, sino por una elección cuidadosa de palabras que resonaron como una advertencia: extremismos, radicalismos y populismos. Tres términos que, pronunciados desde el Palacio Real, activaron alarmas, reacciones airadas y silencios incómodos.
España escuchaba al Rey mientras celebraba cincuenta años del inicio de la Transición democrática y cuarenta desde el ingreso en las comunidades europeas. Un marco simbólico potente, casi solemne. Sin embargo, bajo esa solemnidad latía una tensión política evidente. Felipe VI no solo miraba al pasado: señalaba, de forma indirecta pero inequívoca, los riesgos del presente.

Una Nochebuena que no fue neutral
El discurso navideño del monarca siempre ha pretendido ser un ejercicio de equilibrio institucional. Unidad, concordia, convivencia. Pero este año, el equilibrio se inclinó. Cuando el Rey habló de la “crisis de confianza”, de la “desinformación” y del “desencanto con el futuro”, muchos entendieron el mensaje como algo más que una reflexión abstracta.
En un contexto de polarización creciente, con Vox consolidado como tercera fuerza política y con un clima de confrontación permanente en redes y medios, las palabras del jefe del Estado fueron leídas como un posicionamiento claro. No explícito, pero sí orientado: una defensa del modelo democrático surgido de la Transición y una advertencia frente a quienes lo cuestionan desde los márgenes.
Vox, entre la crítica y el silencio

La reacción de Vox fue inmediata, aunque desigual. Algunos dirigentes y diputados criticaron abiertamente el discurso, acusando al Rey de alinearse con el “bipartidismo” y de demonizar a quienes representan, según ellos, una alternativa al sistema. Otros optaron por el silencio, una estrategia que también dice mucho.
Santiago Abascal no reaccionó de forma directa. Ese silencio fue interpretado por analistas políticos como una muestra de incomodidad. Criticar al Rey implica tensar una cuerda peligrosa para un partido que se reivindica como defensor de la unidad nacional y de ciertos valores tradicionales asociados históricamente a la monarquía.
Sin embargo, en las bases y en el ecosistema digital cercano a Vox, el malestar fue evidente. Se reactivaron viejas consignas, burlas y ataques personales contra Felipe VI, demostrando que la relación entre el partido y la Corona es, como mínimo, ambivalente.
La herencia de la Transición, otra vez en debate
Felipe VI apeló a la Transición como un ejemplo de responsabilidad colectiva y diálogo. Un relato conocido, repetido durante décadas. Pero también es un relato cuestionado por una parte creciente de la sociedad, que ve en aquel proceso una continuidad de estructuras, privilegios y silencios heredados del franquismo.
El Rey evitó mencionar de forma explícita la dictadura, las víctimas del régimen o las asignaturas pendientes de aquel periodo. Para algunos, una omisión significativa. Para otros, una confirmación de que la Corona sigue siendo una institución incapaz de mirar de frente a su propio origen político.
El aniversario número cincuenta reabre un debate incómodo: ¿fue la Transición un cierre ejemplar o un pacto de élites que dejó demasiadas cosas intactas? La respuesta divide a generaciones, partidos y territorios.
Desinformación y confianza: palabras que incomodan
Uno de los fragmentos más comentados del discurso fue aquel en el que Felipe VI señaló la desinformación como combustible de los extremismos. La frase no pasó desapercibida, especialmente en un país donde ciertos medios y plataformas digitales han hecho de la polarización un modelo de negocio.
Resultó llamativo para muchos que el Rey pronunciara esa advertencia tras haberse reunido, semanas antes, con figuras mediáticas asociadas precisamente a la confrontación y al sensacionalismo político. Esa contradicción fue aprovechada por sectores críticos para acusar a la Casa Real de hipocresía.
Aun así, el mensaje quedó claro: sin confianza en las instituciones, la democracia se debilita. Y cuando se debilita, los discursos extremos encuentran terreno fértil.
El bipartidismo como refugio
La lectura política dominante fue que Felipe VI apostó por una futura entente entre PP y PSOE. No lo dijo de forma explícita, pero su defensa del consenso, del diálogo y de la estabilidad institucional fue interpretada como una llamada a cerrar filas frente a los extremos.
Esta idea fue celebrada por sectores del establishment político y económico, y criticada por quienes consideran que ese mismo bipartidismo es responsable del desgaste democrático. Para estos últimos, el discurso del Rey no fue un mensaje de renovación, sino de conservación.
Monarquía, privilegios y cuestionamiento social
Más allá de Vox, el discurso volvió a poner sobre la mesa el debate sobre la monarquía en España. Los privilegios históricos, la inviolabilidad del Rey emérito, el exilio de Juan Carlos I y la falta de rendición de cuentas siguen siendo heridas abiertas.
Felipe VI ha intentado marcar distancia con la figura de su padre, pero la institución es la misma. Para una parte de la ciudadanía, el problema no es personal, sino estructural. Y cada intervención pública del monarca reaviva esa discusión.
Una advertencia que no deja indiferente
El discurso de Nochebuena no cambió el rumbo político del país, pero sí confirmó algo esencial: la Corona no es ajena al clima de confrontación. Al hablar de extremismos, Felipe VI asumió un riesgo calculado. Sabía que sus palabras serían interpretadas, diseccionadas y utilizadas.
Vox reaccionó, los medios tomaron posiciones y la sociedad volvió a dividirse entre quienes vieron en el Rey un garante de estabilidad y quienes lo percibieron como un actor más del sistema que dice arbitrar.
Epílogo: cuando el silencio también habla
Quizá lo más revelador de esta Nochebuena no fue lo que Felipe VI dijo, sino lo que evitó decir. Ni una mención directa al franquismo, ni una autocrítica institucional, ni un reconocimiento explícito de las deudas históricas.
En un país que sigue discutiendo su pasado para entender su presente, ese silencio pesa. Y mientras el Rey advierte sobre los peligros del extremismo, la pregunta sigue flotando en el aire, incómoda y persistente: ¿qué ocurre cuando la desconfianza no nace en los márgenes, sino en el corazón mismo del sistema?
El debate está abierto. Y, como cada Navidad, el discurso del Rey vuelve a ser mucho más que un simple mensaje festivo.
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