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BOMBA DE ESTADO: LA AMENAZA DE LA CÁRCEL, EL EXILIO Y LAS CLOACAS QUE SACUDEN A SÁNCHEZ, ZAPATERO Y EL PODER EN LA SOMBRA

España vuelve a asomarse al abismo de su propia historia reciente. No es una metáfora exagerada ni un recurso retórico de tertulia nocturna: es la advertencia explícita lanzada por Pablo Iglesias, exvicepresidente del Gobierno, en una entrevista que ha encendido todas las alarmas del tablero político y mediático.

 

Cárcel, exilio, persecución judicial, cloacas del Estado, fascistización del poder. Palabras mayores. Palabras que incomodan. Palabras que huelen a pólvora institucional.

 

Iglesias no habla desde la ingenuidad ni desde el margen. Habla desde la experiencia de quien ha sido objetivo prioritario de campañas de difamación, procesos judiciales fallidos y una presión mediática constante que, según su relato, no buscaba justicia sino destrucción política.

 

Y lo hace ampliando el foco: ya no se trata solo de Podemos o de la izquierda alternativa. El aviso es mucho más inquietante: Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero podrían acabar en la cárcel o en el exilio.

 

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Una afirmación que, de entrada, parece excesiva. Pero que Iglesias sostiene con un argumento demoledor: el poder real en España no cambia con las elecciones. Cambian los gobiernos, pero no las estructuras profundas del Estado.

 

La judicatura, los grandes medios, los aparatos policiales, las élites económicas y los vínculos internacionales seguirían respondiendo —según esta tesis— a una derecha que entiende el Estado como propiedad privada.

 

Las llamadas “cloacas del Estado” vuelven así al centro del relato. Un concepto incómodo, pero persistentemente presente en la política española de la última década. Operaciones policiales sin recorrido judicial, filtraciones interesadas, titulares fabricados, acusaciones falsas que nunca se rectifican con la misma fuerza con la que se difundieron.

 

El caso de la supuesta cuenta en Granadinas atribuida a Iglesias, finalmente desmentida por sentencia judicial, se convierte en símbolo: el daño ya estaba hecho.

 

La paradoja es brutal. Iglesias gana una sentencia histórica contra Eduardo Inda, pero él mismo admite que es una excepción que confirma la regla. La regla, dice, es la impunidad.

 

La regla es que la mentira paga, que la difamación no tiene coste real y que el castigo llega tarde, mal o nunca. Mientras tanto, el impacto electoral y social de esas campañas es devastador.

 

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Pero el núcleo más explosivo de su discurso no está en el pasado, sino en el futuro. Iglesias dibuja un escenario de endurecimiento político, de radicalización de la derecha y de un contexto internacional cada vez menos favorable a las democracias liberales.

 

Trump, la OTAN, el nuevo orden global. Un mundo donde la democracia se convierte en un interregno frágil, provisional, vulnerable.

 

En ese contexto, el PSOE —históricamente partido del sistema, partido de Estado, interlocutor fiable para Washington— habría perdido su blindaje. La amnistía, los pactos con fuerzas soberanistas, la entrada de Podemos en el Consejo de Ministros habrían cruzado líneas rojas invisibles.

 

El Estado, controlado por la derecha, se defendería.

 

El aviso es casi trágico: Sánchez no lo ve venir. Cree, según Iglesias, que su destino será un cómodo retiro en algún organismo internacional, un consejo de administración bien remunerado, una salida elegante.

 

Pero la historia, advierte, enseña otra cosa cuando la derecha se fascistiza. Entonces no hay piedad, no hay gratitud, no hay salvoconductos.

 

El artículo no se queda ahí. La conversación se desplaza hacia el papel de los medios, del periodismo degradado, de los agitadores de ultraderecha disfrazados de informadores.

 

La figura de Vito Quiles, los micrófonos convertidos en armas provocadoras, la normalización del fascismo en los pasillos del Congreso. Iglesias defiende una tesis clara: al fascismo no se le debate, no se le ironiza, no se le integra. Se le expulsa del espacio público.

 

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Su famoso gesto de lanzar un micrófono no fue improvisación, asegura. Fue un acto político consciente.

 

Un límite. Un mensaje. Porque cada vez que se responde a un provocador como si fuera un periodista, se legitima su papel. Y esa legitimación tiene consecuencias.

 

La reflexión final es tan incómoda como inquietante. La izquierda, dice Iglesias, ha renunciado históricamente al poder real. A ocupar la judicatura, la diplomacia, las fuerzas de seguridad, los medios de comunicación.

 

Mientras la derecha se organizaba, la izquierda se refugiaba en la moral, en la protesta, en la pureza ideológica. El resultado es un desequilibrio estructural que ahora pasa factura.

 

No es un discurso tranquilizador. No busca consenso ni calma. Es un diagnóstico de guerra política. De choque de placas tectónicas. De un país que, bajo la superficie institucional, sigue librando batallas no resueltas desde hace décadas.

 

La pregunta no es si estas palabras son exageradas. La pregunta es por qué resuenan con tanta fuerza. Por qué generan tanta incomodidad. Por qué tantos prefieren ridiculizarlas en lugar de refutarlas.

 

Porque quizá, solo quizá, el problema no sea quien lanza la advertencia, sino aquello que la advertencia revela.