
La escena parecía diseñada para transmitir solemnidad, recogimiento y unidad institucional. Una misa funeral en la Catedral de la Almudena, uno de los templos más emblemáticos de Madrid, convocada en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. Sin embargo, lo que terminó ocurriendo fue exactamente lo contrario: un acto marcado por la polémica, los gritos, la incomodidad, el oportunismo político y un ridículo público difícil de disimular.
La protagonista indiscutible de la jornada fue Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, quien decidió contraprogramar los actos oficiales organizados por otras instituciones y promover su propio funeral “de Estado” en la capital. Una decisión que ya de por sí levantó sospechas, pero que terminó de estallar cuando, a las puertas de la catedral, familiares de víctimas de las residencias la recibieron con gritos de indignación.
Todo esto ocurrió apenas unos días después de que Ayuso calificara a esos mismos familiares como “frustrados y resentidos”, en referencia a quienes llevan años denunciando la gestión de su gobierno durante la pandemia y la tragedia de las residencias de mayores.
El contraste era brutal:
la presidenta entrando a un funeral con gesto solemne,
mientras fuera se escuchaban voces que no pedían oración, sino justicia.
Un funeral convertido en escenario político
Desde el primer momento, la convocatoria ya resultaba extraña. Ayuso decidió organizar una misa en Madrid por un accidente ocurrido en Andalucía, cuando el propio Gobierno central y la Junta andaluza ya habían anunciado actos oficiales en Huelva, lugar directamente vinculado a muchas de las víctimas.
La pregunta era inevitable:
¿por qué Madrid? ¿por qué la Almudena? ¿por qué Ayuso?
La respuesta que dio la propia presidenta fue tan simple como reveladora:
“No creo que esto se pueda dividir por 17 regiones. Somos una”.
Un discurso grandilocuente, casi épico, que escondía algo mucho más mundano: la necesidad de protagonismo político, de situarse en el centro del foco mediático, de aparecer como la líder que toma la iniciativa incluso en medio de una tragedia que no le corresponde institucionalmente.
Lo paradójico es que, al final, Ayuso quedó prácticamente sola.
El único dirigente relevante que la acompañó fue José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid. Ni representación significativa del Gobierno central, ni de otras comunidades autónomas, ni de instituciones de primer nivel.
Una misa “de Estado” sin Estado.
Los gritos que rompieron el silencio
Mientras Ayuso entraba en la catedral, fuera se escuchaban los gritos:
— “¡Ayuso, responsable!”
— “¡No olvidamos las residencias!”
— “¡Respeta a las víctimas!”
No eran militantes políticos.
Eran familiares de personas que murieron en residencias durante la pandemia, muchos de ellos tras haber quedado excluidos de derivaciones hospitalarias por los protocolos firmados por el propio gobierno de Ayuso.
La imagen era devastadora:
la presidenta acudiendo a rendir homenaje a unas víctimas,
mientras otras víctimas le reprochaban su gestión a pocos metros.
Una escena que resumía en segundos una herida que nunca ha cerrado en Madrid.
El momento más incómodo: Ayuso no se sabe el Padre Nuestro

Pero si algo terminó de convertir la misa en un episodio viral fue un detalle aparentemente menor, aunque simbólicamente demoledor: Ayuso no se sabía el Padre Nuestro.
Las cámaras la enfocaron durante la oración.
Todos los asistentes recitaban el rezo.
Ella movía los labios, miraba a los lados, improvisaba gestos.
No decía nada.
No sabía qué decir.
El problema no es religioso.
Nadie está obligado a saberse una oración.
El problema es político y performativo.
Porque Ayuso lleva años presentándose como la gran defensora del catolicismo, de las tradiciones, de la España “de siempre”, utilizando símbolos religiosos como arma cultural contra la izquierda, el feminismo y el laicismo.
Y, sin embargo, en el momento clave, no conocía ni la oración más básica del cristianismo.
El ridículo fue instantáneo.
Las redes sociales estallaron.
Los vídeos se viralizaron.
Los comentarios fueron demoledores.
Para muchos, la escena resumía a la perfección su perfil político:
mucho símbolo, poca convicción.
mucho gesto, poco contenido.
mucho discurso, cero coherencia.
La paradoja: la reina Letizia sí lo hizo correctamente

Mientras Ayuso era objeto de burla por no saberse la oración, otra figura fue atacada desde sectores ultras por algo completamente distinto: la reina Letizia.
En las imágenes del funeral, Letizia no se santiguó al pasar frente al altar, sino que realizó una inclinación de cabeza y cuerpo. Inmediatamente, cuentas de ultraderecha la acusaron de ser “atea”, “roja” y de “no respetar el rito católico”.
La realidad es exactamente la contraria.
Según el protocolo litúrgico católico, ante el altar no se recomienda santiguarse, sino hacer una reverencia profunda. Justo lo que hizo Letizia.
Es decir:
la reina fue la única que siguió correctamente el rito.
Ayuso, que presume de católica, ni se sabía la oración.
Y los ultras que se presentan como defensores de la fe… tampoco conocen el protocolo.
Un retrato perfecto del catolicismo performativo:
mucho discurso, poca práctica, cero conocimiento real.
El uso político de la religión
Todo este episodio reabre un debate de fondo: la utilización de la religión como herramienta política.
España es, constitucionalmente, un Estado aconfesional.
No confesional.
No laico radical.
Aconfesional.
Eso significa que ninguna religión es oficial y que las instituciones deben ser neutrales.
Sin embargo, tanto el PP como el PSOE han mantenido durante décadas privilegios estructurales de la Iglesia católica: financiación pública, exenciones fiscales, presencia en actos oficiales, educación concertada, simbología institucional.
Ayuso ha ido un paso más allá:
ha convertido la religión en un elemento central de su identidad política, utilizándola como frontera cultural contra todo lo que no encaje en su modelo ideológico.
El problema es que ese discurso no se sostiene en la práctica.
Ni en conocimiento.
Ni en coherencia.
Ni en convicción real.
La misa como contraprogramación política
Otro elemento clave es el contexto político.
La misa en la Almudena no fue solo un acto religioso.
Fue una operación de comunicación.
Ayuso decidió anunciarla cuando ya existían funerales oficiales organizados por otras administraciones. Lo hizo para:
– ocupar titulares,
– desplazar el foco mediático,
– situarse como figura central del duelo,
– proyectar liderazgo nacional.
No era un homenaje.
Era una estrategia.
De hecho, la propia Ayuso llegó a decir que “el mejor homenaje” era esa misa en Madrid, como si los actos en Andalucía fueran insuficientes o secundarios.
Una forma sutil de decir:
si no pasa por Madrid, no importa.
si no lo organiza ella, no cuenta.
El lapsus surrealista: “Sus Majestades los Reyes Magos”
Durante la retransmisión radiofónica del funeral en Huelva, se produjo un momento que rozó el esperpento: un locutor anunció que “Sus Majestades los Reyes Magos aún no han entrado”.
No los Reyes de España.
Los Reyes Magos.
Un lapsus, sí.
Pero simbólico.
En un país donde se mezcla religión, monarquía, política y espectáculo mediático, la confusión ya es total. Todo se funde en una misma liturgia: poder, símbolos, relato, escenificación.
Las residencias: la herida que no cicatriza
Pero nada de lo ocurrido en la Almudena puede entenderse sin volver al origen del conflicto: la gestión de las residencias durante la pandemia.
Miles de personas murieron en centros de mayores en Madrid sin ser derivadas a hospitales. Documentos oficiales, correos internos y testimonios acreditan que existieron protocolos que priorizaban el no traslado de pacientes con determinados perfiles.
Durante años, las familias han pedido:
– comisiones de investigación,
– responsabilidades políticas,
– reconocimiento institucional,
– disculpas públicas.
La respuesta de Ayuso ha sido sistemáticamente:
– negación,
– victimismo,
– confrontación,
– y, recientemente, insultos.
Llamar “frustrados y resentidos” a quienes perdieron a sus padres y abuelos no es un desliz. Es una declaración política.
Por eso los gritos en la Almudena no eran anecdóticos.
Eran el recordatorio de que hay duelos que no se pueden tapar con misas televisadas.
Catolicismo, poder y propaganda
La escena final es casi perfecta desde el punto de vista simbólico:
Una presidenta que no cree,
pero quiere aparecer como creyente.
Que no sabe rezar,
pero quiere dar lecciones de fe.
Que insulta a víctimas,
pero quiere rendir homenajes.
Que usa la religión,
pero no la respeta.
Y una Iglesia que acepta el papel,
que legitima el acto,
que bendice la escenificación,
que se convierte en parte del juego político.
No es nuevo.
Ha pasado muchas veces en la historia de España.
Pero cada vez resulta más evidente.
El humor como resistencia
Quizá por eso el momento fue inmediatamente apropiado por el humor político. Sketches, parodias, memes, canciones y vídeos inundaron las redes.
Desde cómicos hasta creadores independientes ridiculizaron la escena:
la presidenta sin saberse la oración,
el protagonismo forzado,
la misa como espectáculo.
Porque cuando la política se vuelve caricatura,
el humor se convierte en una forma de resistencia.
No para banalizar la tragedia,
sino para desenmascarar la hipocresía.
Una misa, muchas verdades incómodas
La misa de la Almudena no fue un simple acto religioso.
Fue un espejo.
Un espejo donde se reflejaron:
– el oportunismo político,
– la instrumentalización del dolor,
– la incoherencia ideológica,
– el uso simbólico de la fe,
– la herida abierta de las residencias,
– la distancia entre discurso y realidad.
Ayuso quiso aparecer como líder moral.
Salió como protagonista de un ridículo histórico.
Quiso mostrarse como defensora de las tradiciones.
Terminó evidenciando que no las conoce.
Quiso homenajear a las víctimas.
Fue recibida por otras víctimas que la responsabilizan.
Quiso controlar el relato.
El relato se le volvió en contra.
La pregunta final
Después de todo lo ocurrido, la pregunta no es religiosa.
Ni siquiera es ideológica.
Es profundamente política.
¿Se puede gobernar desde el símbolo cuando se ignora el contenido?
¿Se puede liderar desde la fe cuando se actúa sin ética?
¿Se puede pedir respeto cuando se ha insultado primero?
La misa terminó.
Las cámaras se apagaron.
Los titulares cambiaron.
Pero el ridículo quedó registrado.
Y la herida, una vez más, sigue abierta.
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