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La ofensiva política, mediática y judicial contra José Luis Rodríguez Zapatero ha chocado, esta vez, contra un muro inesperado para la derecha: la palabra serena, demoledora y jurídicamente incontestable de un magistrado emérito del Tribunal Supremo. José Antonio Martín Pallín no solo ha desmontado pieza a pieza la denuncia presentada por Hazte Oír contra el expresidente socialista, sino que ha puesto en cuestión, con ironía y gravedad, el deterioro institucional que supone admitir a trámite querellas manifiestamente disparatadas.

Su frase ya forma parte del archivo político reciente: «Habría que hacer un control de alcoholemia antes de presentar algunas querellas en los juzgados». No es una boutade. Es una advertencia.

El origen: una mediación incómoda para la derecha

La clave de todo este episodio no está en los tribunales, sino en una historia que se remonta a más de diez años atrás. Fue el propio Martín Pallín, en calidad de comisionado de la Comisión Internacional de Juristas con sede en Ginebra, quien participó en el diseño del proceso de mediación en Venezuela.

El encargo partió de ambas partes del conflicto: del Gobierno venezolano y de la oposición. Se buscaba una figura internacionalmente respetada, con legitimidad democrática y capacidad de interlocución. La primera opción fue Felipe González. El expresidente declinó la propuesta.

Fue entonces cuando Pallín contactó con José Luis Rodríguez Zapatero, que acababa de dejar la presidencia y ejercía como consejero de Estado durante el Gobierno de Mariano Rajoy. Zapatero aceptó. Y ahí comenzó una labor discreta, compleja y prolongada en el tiempo, que hoy nadie puede negar que ha dado resultados tangibles: la liberación de más de 200 presos políticos, entre ellos ciudadanos españoles y activistas de distintas nacionalidades.

La querella de Hazte Oír: del esperpento al juzgado

A pesar de esta trayectoria pública y reconocida, la organización ultraderechista Hazte Oír presentó una denuncia contra Zapatero por tráfico de drogas, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal, vinculándolo al entorno de Nicolás Maduro.

La Audiencia Nacional admitió a trámite la denuncia e incoó diligencias preliminares, trasladando el asunto a la Fiscalía ante la falta de concreción sobre la naturaleza de los hechos denunciados.

Para Martín Pallín, el problema no es solo la querella, sino su admisión: existe un artículo claro, el 313 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que obliga a rechazar de plano las denuncias absolutamente infundadas y carentes de apoyo fáctico. El Tribunal Supremo —recordó— ha rechazado de este modo más de 70 querellas similares contra Pedro Sánchez.

La consecuencia de no hacerlo es devastadora: se erosiona la credibilidad de la justicia y se convierte el juzgado en un escenario más del combate político.

El ciclo del bulo y el papel del Partido Popular

La denuncia judicial no ha llegado sola. Forma parte de un engranaje perfectamente reconocible: primero la querella extravagante, después la amplificación mediática, y finalmente la utilización política.

El Partido Popular ha pedido la comparecencia de Zapatero en el Senado justo el mismo día en que se conocía la admisión a trámite de la denuncia. Una coincidencia que pocos consideran casual.

Mientras tanto, portavoces como Elías Bendodo recurrían a teorías grotescas como la del pato: si parece un pato, anda como un pato y grazna como un pato, entonces es culpable. La respuesta irónica fue inmediata: si hace eso, no es un pato, es Bendodo.

Feijóo y la Dana: la mentira piramidal

Pero la jornada política no terminó ahí. Alberto Núñez Feijóo compareció ante la jueza que investiga la gestión de la Dana y lo que debía ser una aclaración se convirtió en una exhibición de contradicciones.

Primera mentira: aseguró haber estado informado en tiempo real. Los mensajes revelan que el primer contacto con Carlos Mazón se produjo a las 19:59, cuando la tragedia llevaba horas desarrollándose.

Segunda contradicción: afirmó desconocer la movilización de medios del Estado. Sin embargo, en los mensajes se constata que Mazón le informa de que ya estaban desplegadas la UME y las estructuras de emergencia del Gobierno central.

Tercera falsedad: sostuvo que no conocía la gravedad de la situación. Los propios mensajes muestran que fue informado de la aparición de víctimas mortales y del riesgo de un desastre mayor.

Antón Losada lo definió con precisión quirúrgica: una mentira piramidal, un esquema Ponzi de falsedades en el que cada mentira exige otra para sostener la anterior, hasta que la estructura se derrumba.

Ayuso, Milei y la motosierra recortada

Mientras Feijóo se enredaba en los tribunales, Isabel Díaz Ayuso protagonizaba otro episodio revelador. Tras reunirse en Argentina con Javier Milei, publicó una fotografía cuidadosamente recortada. En la imagen difundida por su equipo no aparecía la motosierra que presidía la mesa.

La imagen original, publicada por la Casa Rosada, mostraba claramente el símbolo estrella del programa ultraliberal de Milei: la motosierra, emblema del recorte de lo público.

El gesto es más que anecdótico. Ayuso quiso la foto con Milei, pero no quiso la motosierra. Quiso alinearse con el espectáculo trumpista, pero sin pagar el coste político de aparecer asociada al desmantelamiento de servicios públicos.

Trump, el imperio y la derecha sin discurso

En paralelo, Donald Trump declaraba que el único límite a su poder es su propia voluntad. Una vuelta al siglo XIX, al tiempo del imperio sin derecho internacional.

Mientras la derecha europea reaccionaba con distancia y crítica, la derecha española quedaba atrapada sin discurso. Incapaz de articular una posición autónoma, volvió a su único refugio retórico: demonizar a Pedro Sánchez y a Zapatero.

Sin ellos, no hay mensaje. No hay propuesta. No hay alternativa.

Cuando el bulo choca con el derecho

La intervención de Martín Pallín ha sido algo más que una opinión experta. Ha sido un recordatorio de que el Estado de derecho tiene defensas frente al ruido, el bulo y la utilización espuria de la justicia.

Zapatero no está siendo juzgado por hechos, sino por su papel político. Y ese papel —mediador, interlocutor, figura respetada internacionalmente— sigue siendo insoportable para una derecha que no le perdona ni las victorias electorales ni su influencia presente.

La pregunta ya no es cuántas querellas más se presentarán, sino cuántas instituciones están dispuestas a frenar esta deriva antes de que el descrédito sea irreversible.