
¡EXPLOSIÓN EN EL CONGRESO! Óscar Puente ARRINCONA AL PP, DESATA UNA TORMENTA POLÍTICA Y CONVIERTE LA SESIÓN DE CONTROL EN UN CAMPO DE BATALLA
La sesión de control al Gobierno celebrada en el Congreso se transformó en uno de los enfrentamientos parlamentarios más tensos y broncos de los últimos años. Lo que comenzó como una pregunta más de la bancada del Partido Popular terminó derivando en un intercambio incendiario que elevó la temperatura política hasta niveles pocas veces vistos en la legislatura actual. En el centro del huracán, el ministro de Transportes, Óscar Puente, que no solo respondió a las acusaciones de la oposición, sino que pasó al ataque con una contundencia que dejó al hemiciclo en estado de shock.
Desde los primeros compases de la intervención, el clima ya era áspero. Diputados del PP cuestionaban la gestión del ministro, exigían responsabilidades políticas y, en tono cada vez más duro, insinuaban dimisiones. Puente, lejos de adoptar un perfil defensivo, optó por una estrategia de confrontación directa. Acusó a la oposición de tergiversar los hechos, de utilizar el dolor de las víctimas con fines partidistas y de convertir las sesiones de control en un espectáculo de desgaste político permanente.
El ministro denunció que el Partido Popular no se limita a formular preguntas, sino que interrumpe, exige turnos adicionales y modifica el sentido de sus propias intervenciones para forzar titulares. “No solo no tienen bastante con su turno, con interrumpirnos durante el nuestro y con pedir un derecho de réplica que no tienen, sino que cambian las preguntas que han formulado”, reprochó con visible indignación.
El punto de inflexión llegó cuando la discusión giró hacia la situación política en Baleares. Puente recordó que la Audiencia Provincial iba a sentar en el banquillo al presidente del Consell Insular de Ibiza por presuntos delitos de prevaricación, coacciones y lesiones psíquicas a una interventora. Mirando directamente a la bancada popular, lanzó una pregunta incómoda: si el dirigente regional del PP exigiría la dimisión de su compañero, del mismo modo que reclamaba ceses al Gobierno central.

La reacción fue inmediata. Protestas, murmullos, golpes en los escaños y llamadas al orden por parte de la Presidencia. El ambiente se volvió irrespirable. El ministro insistió en que la exigencia de responsabilidades debe ser coherente y no selectiva. “¿Va usted a pedir la dimisión del presidente del Consell Insular de Ibiza, sí o no?”, repitió, elevando la presión sobre la oposición.
Pero el choque no se detuvo ahí. La bancada popular respondió recordando accidentes ferroviarios recientes y acusando al ministro de ser responsable político de situaciones trágicas. Fue entonces cuando Puente contraatacó con uno de los momentos más duros de la jornada. Recordó que bajo gobiernos anteriores del PP también se produjeron graves accidentes ferroviarios con decenas de víctimas y que, en aquellos casos, ningún ministro asumió responsabilidades políticas en los términos que ahora exigían.
“Nadie responsabilizó a la ministra del ramo de entonces”, afirmó, subrayando que él sí había comparecido durante horas ante el Congreso para ofrecer explicaciones detalladas. La comparación encendió aún más los ánimos. Desde los escaños populares se escucharon reproches y acusaciones cruzadas, mientras la Presidencia pedía silencio de manera reiterada.
La tensión alcanzó niveles máximos cuando el ministro evocó otros episodios del pasado relacionados con la gestión de crisis por parte del PP, insinuando que no estaban en condiciones morales de dar lecciones. “Ustedes no están en condiciones de venir aquí a exigirle a este gobierno absolutamente nada”, afirmó con contundencia. Incluso llegó a calificar de “inmoral” la actitud de la oposición, un término que desató una nueva ola de protestas.
El debate también derivó hacia acusaciones personales y referencias a polémicas anteriores. Puente insinuó que ciertos dirigentes de la oposición habían mantenido relaciones cuestionables o habían tolerado comportamientos impropios dentro de sus propias filas. El desafío final fue directo: invitó a quienes consideraran falsas sus palabras a acudir a los tribunales. “Salgan ustedes y digan lo que han dicho y nos vemos en los tribunales”, lanzó antes de concluir.
Más allá de las frases más duras, la sesión dejó en evidencia el grado de polarización que atraviesa la política española. La sesión de control, concebida como un mecanismo de fiscalización democrática, se convirtió en un escenario de confrontación total. Los intercambios dejaron poco espacio para el matiz o el consenso. Cada intervención parecía diseñada no tanto para convencer al adversario como para movilizar a la propia parroquia.
Analistas parlamentarios coinciden en que este tipo de enfrentamientos no son nuevos, pero sí están alcanzando una intensidad creciente. La estrategia de confrontación directa, tanto del Gobierno como de la oposición, parece responder a un clima político en el que cada declaración se amplifica en redes sociales y medios digitales en cuestión de minutos. El hemiciclo ya no es solo el lugar del debate institucional, sino también el plató desde el que se emiten mensajes dirigidos a audiencias polarizadas.

En este contexto, la figura de Óscar Puente se ha consolidado como uno de los perfiles más combativos del Ejecutivo. Desde su llegada al Ministerio de Transportes, ha adoptado un estilo directo, a veces provocador, que genera adhesiones firmes y rechazos igualmente intensos. Sus intervenciones rara vez pasan desapercibidas, y esta no fue la excepción.
Por su parte, el Partido Popular sostiene que su papel es exigir responsabilidades y fiscalizar la acción del Gobierno, especialmente en materia de infraestructuras y transporte, ámbitos sensibles que afectan a millones de ciudadanos. Consideran que la firmeza en el control parlamentario es una obligación democrática y rechazan las acusaciones de oportunismo o manipulación.
Lo cierto es que la sesión dejó varias imágenes simbólicas: diputados increpándose, la Presidencia llamando al orden en repetidas ocasiones, y un ministro que, lejos de replegarse, decidió redoblar la apuesta. El resultado fue un espectáculo político de alto voltaje que probablemente marcará la agenda mediática durante días.
Más allá del ruido, quedan cuestiones de fondo sin resolver: la seguridad en las infraestructuras, la depuración de responsabilidades cuando se producen tragedias, la coherencia en la exigencia ética a los cargos públicos y el respeto a las reglas del debate parlamentario. Sin embargo, esas cuestiones quedaron en segundo plano frente a la batalla dialéctica.
El episodio también refleja un fenómeno más amplio: la creciente teatralización de la política. Las intervenciones no solo buscan persuadir a los presentes en la Cámara, sino generar clips virales, titulares impactantes y reacciones inmediatas. En ese entorno, la contundencia y la confrontación a menudo prevalecen sobre la argumentación técnica.
Para algunos observadores, la firmeza de Puente fue una defensa legítima frente a acusaciones que considera injustas. Para otros, el tono empleado contribuye a degradar el clima institucional. En cualquier caso, el enfrentamiento evidenció que la legislatura atraviesa un momento de máxima tensión, donde cada sesión de control puede convertirse en un duelo sin cuartel.
Al cerrar la jornada, la sensación dominante era que nadie había cedido. El Gobierno mantuvo su posición y defendió su gestión; la oposición reiteró sus críticas y exigencias. Pero el intercambio dejó claro que el nivel de confrontación seguirá siendo elevado.
El Congreso, escenario central de la democracia española, vivió así una jornada que quedará grabada como una de las más encendidas del mandato. Un enfrentamiento que no solo expuso diferencias políticas profundas, sino también estilos, estrategias y visiones contrapuestas sobre cómo debe ejercerse el control democrático.
Si algo quedó claro es que la política española se encuentra en una fase de choque permanente, donde cada intervención puede desencadenar una tormenta. Y en ese contexto, figuras como Óscar Puente seguirán siendo protagonistas de debates que combinan gestión, ideología y espectáculo en proporciones cada vez más explosivas.
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