FEIJÓO TIENE PÁNICO A PERDER LAS ELECCIONES FRENTE A PEDRO SÁNCHEZ “TIEMBLA AL VER LAS ENCUESTAS”

Madrid amanecía con ese aire denso que se cuela entre los edificios históricos y los despachos donde se decide el rumbo del país. Era uno de esos fines de semana en los que la política no descansa, aunque intente disimularlo. El Partido Popular tenía previsto un acto: treinta años de la llegada al poder de José María Aznar. Un aniversario que, en otras circunstancias, habría sido celebrado con solemnidad, discursos grandilocuentes y una fotografía cuidadosamente calculada.

Pero lo han aplazado.

Lo han aplazado en un contexto de guerra.

La noticia cayó como una ficha de dominó empujando a otras, generando preguntas, silencios incómodos y miradas esquivas en los pasillos. El acto estaba previsto para este domingo en Madrid, pero el partido cree que no es el momento. Oficialmente, lo achacan a cuestiones de agenda. Extraoficialmente, el murmullo es otro.

—¿Quién puede hacer que haga? —se preguntaban algunos, sin esperar realmente una respuesta.

Quizá tenga que ver con ciertas palabras sobre la guerra, con declaraciones que han vuelto a abrir heridas que en España nunca terminan de cerrarse. Quizá con esa incómoda pregunta que vuelve una y otra vez:

—¿A favor de quién estamos?

Las respuestas, como siempre, son peligrosas.

—¿De los ayatolás?

—¿O es absolutamente esencial que Israel gane esta guerra y la termine?

El Partido Popular no quiere una foto con Aznar en medio de la polémica. Desde que comenzó la crisis, la estrategia ha sido clara: mantener una posición firme, o al menos aparentarlo, y evitar cualquier imagen que reactive los recuerdos de las Azores.

Recuerdos que en España pesan.

Recuerdos que no se borran.

—Regímenes tiránicos nos amenazan a todos —resuena todavía en algunos discursos.

Y entonces surge la pregunta inevitable, casi susurrada:

—¿Está el PP evitando al expresidente?

El aplazamiento no tiene nueva fecha. Y eso, en política, siempre significa algo.

—Yo creo que Aznar está diciendo lo que no se atreven a decir Feijóo ahora mismo —se desliza en una conversación tensa—, o lo que tampoco se atreve a decir Vox en este contexto electoral.

La idea queda flotando.

—Pero que es exactamente lo que estarían diciendo si gobernaran.

Si gobernaran.

Dos palabras que lo cambian todo.

—Estarían reproduciendo al cien por cien ese discurso —continúa la voz—, justificarían otra aventura militar extranjera y tratarían de convencer de que los intereses de Estados Unidos o los de Israel son los nuestros.

Una pausa.

—No lo son.

La frase cae con peso.

—A España no se le ha perdido nada en esta guerra.

En ese instante, la política deja de ser táctica y se convierte en relato. En identidad.

—La posición de nuestro país ha sido digna —insiste—, incluso ha servido de vanguardia en Europa.

Europa, ese tablero más amplio donde también se juega la partida.

—Y parece que, poco a poco, se está entendiendo que esta no es nuestra guerra.

Pero entonces surge otra pregunta, más directa, más incómoda:

—¿Y por qué aplazar el acto?

El silencio se llena de interpretaciones.

—Quizá para guardar las distancias —responde alguien—. Para que haya una parte del partido, la más dura, que diga lo que otros no pueden decir.

Aznar.

Ayuso.

Nombres que pesan dentro y fuera del partido.

—Y otros que necesitan mantener un perfil más centrado —añade.

El equilibrio.

Siempre el equilibrio.

Pero no todos lo ven así.

—Esto no tiene que ver con matices —replica otra voz—. Tiene que ver con una derecha que va a golpe de encuesta.

La acusación no tarda en tomar forma.

—Giran según la opinión pública.

—Sin principios.

—Sin moral.

Las palabras suben de tono.

—Cuidado —interviene alguien—, que te estás pegando un tiro en el pie.

Una risa nerviosa intenta rebajar la tensión.

—Más allá del lapsus, se entiende.

Pero el debate no se detiene.

—¿Por qué se aplaza el acto con Aznar?

La pregunta vuelve, insistente.

—¿Es por la guerra?

—¿Es por evitar la foto?

—¿Por no recordar Irak?

La historia siempre vuelve.

Siempre.

—Sinceramente —dice otra voz—, no creo que sea por eso.

Y entonces introduce un nuevo elemento.

—Esta semana no se ha evitado la conmemoración de los cincuenta años del Partido Popular Europeo.

El contraste es evidente.

—Ahí sí ha estado Feijóo.

—Ahí sí se ha dejado ver.

—Ahí sí ha hablado de paz.

La palabra clave.

Paz.

—Han reiterado que creen en la diplomacia, en el entendimiento.

—Que la guerra no es la solución.

Y entonces, el giro.

—Nada que ver con lo que se está diciendo.

Pero la réplica no tarda.

—Eso no es cierto.

El tono se endurece.

—Aznar representa otra postura.

—Una que ya nos llevó a una guerra basada en mentiras.

—Una que nos alineó con Estados Unidos.

Una pausa breve, casi teatral.

—Y eso no se puede olvidar.

El pasado vuelve a sentarse en la mesa.

—Pero Feijóo no es Aznar —insiste la otra parte—.

—Son contextos distintos.

—Personas distintas.

—Épocas distintas.

Sin embargo, la duda persiste.

—¿Seguro?

Porque hay declaraciones recientes.

—Feijóo ha hablado de derechos humanos por encima del derecho internacional.

—Ha señalado a Irán.

—Ha justificado ciertas posiciones.

La tensión vuelve a subir.

—Eso lo ha visto toda España.

Y entonces llega la acusación central.

—Van dando bandazos.

—Se han dado cuenta de que la mayoría de la opinión pública está en contra de la guerra.

—Y ahora corrigen.

—Pero no por convicción.

—Por cálculo.

El diagnóstico es claro.

—Van a golpe de encuesta.

El aire en la sala parece más pesado.

—No tienen principios.

—No tienen moral.

La frase queda suspendida, como si nadie quisiera recogerla del todo.

—Vale —dice alguien finalmente—.

—Pero la pregunta sigue siendo la misma.

—¿Por qué se aplaza el acto?

Y la respuesta, aunque fragmentada, empieza a dibujarse.

—Porque no es el momento.

—Porque la foto importa.

—Porque el pasado pesa.

—Porque las elecciones están cerca.

Y, sobre todo, porque las encuestas no mienten.

O al menos, eso creen.

Mientras tanto, en otro punto del tablero político, otra figura mueve sus propias piezas.

—Zapatero juega sus cartas.

Su voz aparece, firme, casi desafiante.

—Qué valientes con los inmigrantes —dice—.

—Y qué sumisos con Netanyahu y con Donald Trump.

Las palabras resuenan.

Golpean.

Provocan.

—La derecha está a un paso de decir que Pedro Sánchez convenció a Trump para iniciar esta guerra.

La ironía es evidente.

—Se compromete nuestra seguridad —repiten desde el otro lado.

Y entonces llega la respuesta.

—¿Y cómo se defendió nuestra seguridad cuando se apoyó la guerra de Irak?

Silencio.

—Cuánta mentira.

El pasado vuelve a abrirse paso.

—¿A favor de quién estamos?

La pregunta, otra vez.

—¿De los ayatolás?

La respuesta no tarda.

—Claro que no.

—Pero eso no significa entrar en una guerra.

La línea es fina.

Muy fina.

—A algunos les sobra odio.

—Y les falta proyecto.

El tono cambia.

Se vuelve más político.

Más estratégico.

—Qué ganas tengo de que lleguen las elecciones —dice Zapatero.

Y esa frase, más que ninguna otra, revela el fondo de todo.

Las elecciones.

Siempre las elecciones.

—¿Qué campaña me voy a marcar?

Hay algo casi teatral en esa declaración.

Casi cinematográfico.

—Si no quieren caldo, dos tazas.

Y mientras tanto, el debate continúa.

—¿Tiene motivos el PP para señalar a Zapatero?

—¿Es la sombra detrás del gobierno?

Las respuestas vuelven a dividirse.

—Zapatero tiene más peso del que parece.

—Influye.

—Conecta.

—Opera entre bastidores.

Pero también hay dudas.

—Hay acusaciones.

—Hay investigaciones.

—Hay preguntas sin respuesta.

La política nunca es limpia.

Nunca del todo.

—Se ha convertido en una figura internacional —se dice—.

—Y Pedro Sánchez también.

Aquí el tono cambia de nuevo.

—En los últimos veinte días ha ganado una popularidad enorme.

—En Europa.

—En el mundo.

—Es una de las figuras más visibles ahora mismo.

La idea sorprende.

Incluso a algunos de sus propios críticos.

—Si pensara en su propio interés —dice una voz—, convocaría elecciones ahora.

Una pausa.

—Probablemente las perdería.

Otra pausa.

—Pero tendría las puertas abiertas en cualquier institución internacional.

El análisis es frío.

Casi quirúrgico.

—Pero no lo hará.

—Porque es el candidato.

—Porque esto no va solo de él.

Y entonces, una última vuelta.

—Zapatero ya vivió algo parecido.

—La guerra de Irak.

—El enfrentamiento con Estados Unidos.

—Aquella imagen que dio la vuelta al mundo.

La memoria vuelve.

—Y ahora Sánchez ha amplificado ese papel.

Pero no todo es elogio.

—También hay una crisis de la socialdemocracia.

—Un desgaste global.

—Un proyecto que ya no transforma como antes.

La reflexión final se desliza lentamente.

—Que alguien como Pedro Sánchez alcance este nivel de popularidad…

—dice mucho del momento actual.

Y quizá, sin decirlo abiertamente, también dice mucho del miedo que recorre al otro lado.

Miedo a perder.

Miedo a equivocarse.

Miedo a una fotografía.

Miedo a unas elecciones.

Miedo a unas encuestas que, en silencio, siguen marcando el ritmo de toda la historia.

Madrid no dormía. No aquella noche.

Las luces seguían encendidas en demasiados despachos, en demasiadas plantas altas donde el silencio pesa más que el ruido. Porque cuando la política entra en fase de incertidumbre, el verdadero movimiento ocurre lejos de los focos.

En Génova, algunos evitaban pronunciarlo en voz alta.

Pero todos pensaban lo mismo.

Las encuestas.

Siempre las encuestas.

—Está cayendo —susurró alguien, con un informe aún abierto sobre la mesa.

No hacía falta decir más.

Los números no gritaban, pero tampoco mentían.

Y Alberto Núñez Feijóo lo sabía.

Lo sabía cuando decidió aplazar el acto.

Lo sabía cuando evitó esa foto.

Lo sabía incluso cuando defendía una posición medida, casi calculada, sobre la guerra.

Porque no se trataba solo de política internacional.

Se trataba de votos.

De percepción.

De miedo.

Miedo a equivocarse en el momento menos oportuno.

Miedo a repetir errores que en España aún tienen nombre propio.

Irak.

Azores.

11M.

Palabras que no pertenecen al pasado tanto como algunos quisieran.

—No podemos permitirnos otra imagen así —dijo alguien con tono firme.

Y todos entendieron a qué se refería.

La política, en ese instante, dejó de ser ideología.

Se convirtió en supervivencia.

Mientras tanto, en otro edificio, a pocos kilómetros, el ambiente era distinto.

Más relajado.

Más confiado.

Pero no menos calculado.

Pedro Sánchez observaba el tablero con una calma que desconcertaba incluso a sus propios aliados.

Porque donde otros veían riesgo, él parecía ver oportunidad.

—Esto nos favorece —comentó alguien de su entorno más cercano.

No era una afirmación inocente.

Era un diagnóstico.

La guerra había cambiado la conversación.

Había desplazado el foco.

Había obligado a todos a posicionarse.

Y en ese terreno, Sánchez se movía con soltura.

—Diplomacia.

—Paz.

—Europa.

Tres palabras repetidas como un mantra.

Tres palabras que conectaban con una parte importante del electorado.

—Mientras ellos dudan, nosotros marcamos la línea —añadió otra voz.

Y esa era la clave.

No se trataba de tener razón.

Se trataba de parecer coherente.

De parecer firme.

De parecer líder.

Porque en política, la percepción lo es todo.

Y ahí, en ese terreno invisible, se estaba librando la verdadera batalla.

Pero no todo era tan simple.

Ni tan limpio.

Porque el pasado, una vez más, volvía a filtrarse entre las grietas del presente.

—No olvidéis quién está detrás —advirtió alguien.

Y ese nombre volvió a aparecer.

Zapatero.

Siempre Zapatero.

Para unos, estratega.

Para otros, sombra incómoda.

—Está más presente de lo que parece —insistían desde ciertos sectores.

—Influye.

—Aconseja.

—Conecta.

La política, al final, es una red invisible de relaciones.

Y en esa red, Zapatero seguía ocupando un lugar relevante.

—Tiene contactos internacionales.

—Tiene experiencia.

—Tiene discurso.

Pero también tenía detractores.

—Y problemas.

—Y acusaciones.

—Y polémicas.

Nada en política es gratis.

Nada es limpio del todo.

Mientras tanto, el Partido Popular intentaba recomponerse.

Reajustar.

Recalcular.

—Tenemos que recuperar el centro —decían algunos.

—Sin perder a los nuestros —respondían otros.

El equilibrio, otra vez.

Siempre el equilibrio.

Pero cada movimiento implicaba un riesgo.

Cada palabra, una interpretación.

Cada silencio, una sospecha.

—No podemos parecer débiles —insistían desde el ala más dura.

—Ni radicales —contestaban desde el sector más moderado.

Y en medio de ese tira y afloja, Feijóo avanzaba con cautela.

Demasiada, según algunos.

—Duda demasiado —se escuchaba en voz baja.

—Mide cada paso.

—Evita el conflicto.

Pero la política no siempre premia la prudencia.

A veces exige contundencia.

Y ahí es donde surgía la gran incógnita.

¿Está Feijóo preparado para ese momento?

¿Para dar el golpe?

¿Para asumir el riesgo?

¿Para enfrentarse no solo a su rival, sino a su propio pasado político?

Porque ese era el verdadero problema.

No Sánchez.

No la guerra.

No Europa.

El problema era interno.

Era estructural.

Era histórico.

Aznar no era solo un expresidente.

Era un símbolo.

Un recuerdo.

Una advertencia.

—No queremos repetir aquello —decían algunos.

Pero tampoco querían renegar de ello.

Porque hacerlo sería abrir una grieta aún mayor.

—Es parte de nuestra historia.

—Pero también de nuestros errores.

Y esa contradicción era imposible de resolver del todo.

Por eso, la solución fue la más política de todas.

Aplazar.

Evitar.

Ganar tiempo.

Pero el tiempo, en política, no siempre juega a favor.

A veces, acelera las decisiones.

A veces, expone las debilidades.

Y mientras tanto, fuera de los despachos, la calle tenía su propia opinión.

Una opinión que no siempre coincidía con los cálculos estratégicos.

—No queremos guerra —decían algunos.

—No queremos más errores —añadían otros.

—No queremos más mentiras.

Y esas frases, simples pero contundentes, empezaban a definir el clima.

Un clima que los partidos intentaban leer.

Interpretar.

Moldear.

Pero nunca controlar del todo.

Porque la opinión pública es volátil.

Impredecible.

Y, sobre todo, emocional.

—Hoy dicen una cosa —comentaba un analista—.

—Mañana pueden decir otra.

Por eso las encuestas son tan importantes.

Y tan peligrosas.

Porque no solo reflejan la realidad.

También la condicionan.

—Si bajamos, nos debilitamos.

—Si nos debilitamos, dudamos.

—Si dudamos, perdemos.

La cadena era clara.

Y en algún punto de esa cadena, el Partido Popular parecía haber entrado.

Mientras tanto, Sánchez seguía avanzando.

Sin prisa.

Sin ruido excesivo.

Pero con una dirección clara.

—Internacionalizar el liderazgo.

—Refuerza su imagen.

—Gana tiempo.

—Descoloca al rival.

Una estrategia que no era nueva.

Pero que, en ese contexto, resultaba especialmente eficaz.

—No está jugando solo en España —explicaba alguien—.

—Está jugando en Europa.

Y eso cambiaba las reglas.

Porque no todos podían hacerlo.

No todos tenían esa capacidad.

No todos tenían ese perfil.

Y ahí, una vez más, surgía la comparación.

Feijóo frente a Sánchez.

Prudencia frente a exposición.

Cálculo frente a narrativa.

Duda frente a iniciativa.

Un contraste que empezaba a hacerse visible.

Y que, poco a poco, se filtraba en la opinión pública.

—¿Quién lidera realmente? —se preguntaban algunos.

—¿Quién transmite más seguridad?

—¿Quién parece más preparado?

Preguntas simples.

Respuestas complejas.

Pero decisivas.

Porque al final, las elecciones no se ganan solo con programas.

Se ganan con sensaciones.

Con percepciones.

Con emociones.

Y ahí, en ese terreno invisible, se estaba inclinando la balanza.

No de forma definitiva.

Pero sí significativa.

—Aún hay partido —decían desde el PP.

—Esto puede cambiar.

Y tenían razón.

Siempre puede cambiar.

Pero cada día cuenta.

Cada decisión pesa.

Cada error se paga.

Y cada silencio… también.

La historia seguía avanzando.

Sin detenerse.

Sin esperar a nadie.

Y en algún lugar, entre encuestas, discursos y estrategias, se estaba escribiendo el desenlace.

Un desenlace que aún no era visible.

Pero que ya empezaba a sentirse.

Como una tormenta lejana.

Como un ruido sordo.

Como una certeza incómoda.

Que nadie quería pronunciar.

Pero que todos, en el fondo, comprendían.

Que las próximas elecciones no serían solo una votación.

Serían un juicio.

Un ajuste de cuentas.

Una decisión colectiva sobre el pasado, el presente y el futuro.

Y en ese juicio, cada gesto contaría.

Cada palabra pesaría.

Cada imagen decidiría.

Incluida aquella que nunca llegó a hacerse.

La foto.

La foto que no ocurrió.

La foto que se evitó.

La foto que, quizá, lo cambió todo.