➡️ Descúbrelo abajo 👇🔗

A YouTube thumbnail with maxres quality

La comparecencia de Cuca Gamarra no fue una simple entrevista política ni un intercambio de opiniones más sobre Venezuela. Fue una escena reveladora. Un ejercicio involuntario de autopsia política en directo. Durante más de una hora, el Partido Popular quedó atrapado en una maraña discursiva que él mismo había tejido: citar a Zapatero como si fuera “ministro de Venezuela”, celebrar la caída de Maduro sin condenar el método, invocar el derecho internacional sin asumir sus consecuencias y, sobre todo, intentar sobrevivir a la sombra incómoda de Donald Trump.

Lo que se escuchó no fue una defensa sólida de una posición política, sino una cadena de contradicciones administradas a base de eufemismos, silencios calculados y cambios de marco constantes.

Cuando el Senado se convierte en un cajón de sastre

Todo empezó con una decisión que parecía menor pero que terminó explotando: la convocatoria en el Senado del llamado “ministro de Venezuela”. Durante horas, el Partido Popular dejó que medios, analistas y ciudadanía entendieran que se trataba de un cargo del régimen chavista. Solo después, y ante la confusión generalizada, el PP aclaró que en realidad se refería a José Luis Rodríguez Zapatero.

La rectificación no aclaró nada. Al contrario, agravó el problema.

Porque lo que quedó en evidencia no fue un malentendido técnico, sino una forma de hacer política basada en titulares gruesos, pruebas frágiles y una voluntad constante de convertir Venezuela en munición de política interior. El propio Senado apareció descrito como una “caja negra” donde cabe todo: sospechas, insinuaciones, recortes de prensa y acusaciones sin recorrido jurídico claro.

Zapatero como comodín narrativo

El nombre de Zapatero volvió a cumplir su función habitual dentro del discurso del PP: servir como símbolo, como atajo, como explicación universal de todo lo que incomoda. No importa si se habla de diplomacia, de petróleo, de China o de sanciones internacionales. Zapatero aparece como figura casi mitológica, a medio camino entre el operador internacional y el villano doméstico.

Pero esta vez la jugada salió mal.

Porque al forzar esa identificación —Zapatero como “ministro de Venezuela”— el PP cruzó una línea que ni siquiera muchos de sus propios votantes entienden. No se trata ya de criticar una mediación o una postura política, sino de desdibujar deliberadamente las categorías institucionales, hasta el punto de erosionar la credibilidad del propio argumento.

Venezuela como guerra cultural doméstica

Uno de los puntos más repetidos por los analistas fue la sensación de que Venezuela dejó de ser un problema internacional para convertirse en una herramienta de batalla electoral interna. Exactamente lo que el PP ha hecho durante años con América Latina: usarla como espejo deformante de la política española.

Mientras algunos intentan —con mayor o menor éxito— buscar una salida política que respete la voluntad de los venezolanos, el PP parece más interesado en explotar emocionalmente el conflicto para reforzar su relato interno. El resultado es un discurso inflamado, poco preciso y crecientemente desconectado de la realidad geopolítica.

Trump: el aliado que nadie quiere mirar de frente

Nhà Trắng lên tiếng về sức khỏe của Tổng thống Mỹ Donald Trump | Báo điện  tử Tiền Phong

El gran elefante en la habitación fue Donald Trump. Nadie en el PP se atrevió a decir su nombre con todas las letras. Y, sin embargo, su sombra lo cubría todo.

Porque la operación que culminó con la captura de Nicolás Maduro no fue un acto abstracto de “justicia histórica”, sino una intervención directa de Estados Unidos, celebrada sin matices por el liderazgo del PP. Feijóo habló de “buena noticia sin ambages”. Gamarra insistió en la derrota del mal. Pero cuando llegó la pregunta clave —la legalidad— el discurso empezó a resquebrajarse.

“No hay otra forma de calificarlo”, decía una parte del PP.
“Hay dudas”, decía la otra.

File:José Luis Rodríguez Zapatero 2015b (cropped).jpg - Wikimedia Commons

Derecho internacional: invocado, pero no aplicado

Aquí se produjo una de las mayores incoherencias. El PP reivindicó el derecho internacional como valor irrenunciable, pero se negó a condenar una operación que, según expertos, exministros como García-Margallo y juristas de prestigio internacional, constituye una gravísima vulneración de la soberanía de un Estado.

La contradicción era evidente: si se acepta que Estados Unidos puede capturar al presidente de otro país por la fuerza, fuera de cualquier marco multilateral, ¿con qué autoridad moral se condenarán futuras agresiones de otras potencias?

La pregunta quedó flotando sin respuesta.

Margallo y la grieta interna

El momento más incómodo para el PP no vino desde la izquierda, sino desde dentro de su propio espacio ideológico. La claridad de José Manuel García-Margallo al calificar la operación como una vulneración grave del derecho internacional dejó en evidencia el silencio de Feijóo.

No fue una diferencia menor. Fue una grieta conceptual: Europa frente a la guerra de esferas de influencia. Legalidad frente a fuerza. Multilateralismo frente a unilateralismo trumpista.

Y el PP, una vez más, quedó atrapado en medio.

China, petróleo y el nuevo reparto del mundo

El debate se elevó cuando se introdujo el factor geopolítico. Venezuela ya no es solo Venezuela. Es petróleo, es China, es Ruta de la Seda, es Brasil, es Perú, es un mensaje directo de Washington a Pekín: “Hasta aquí”.

Desde esta perspectiva, la operación no tiene nada que ver con democracia ni con derechos humanos. Tiene que ver con reparto de influencia. Y eso vuelve aún más incómodo el entusiasmo del PP, porque implica asumir que se aplaude una intervención no por principios, sino por conveniencia estratégica ajena.

María Corina Machado: legitimidad ignorada

Otro punto crítico fue la contradicción entre el discurso del PP y los hechos. El Partido Popular reconoce a Edmundo González y a María Corina Machado como legítimos vencedores de las elecciones de 2024. Sin embargo, la operación de Trump los deja fuera del tablero, apostando por mantener a Delcy Rodríguez como figura de transición.

Celebrar la caída de Maduro mientras se acepta que el chavismo siga gobernando, aunque sea con otro rostro, es una pirueta política difícil de sostener.

Nuevas Generaciones y la banalización del conflicto

La imagen de Zapatero generado con inteligencia artificial, detenido como Maduro, difundida por Nuevas Generaciones, añadió un elemento de degradación política difícil de justificar. No solo por el contenido, sino por el silencio posterior de la dirección del partido.

Cuando un partido aspira a gobernar, el “cada uno es responsable de lo que escribe” no basta. La ausencia de una condena clara transmite una idea peligrosa: todo vale si suma en la guerra cultural.

El PP y el precio de la incoherencia

La entrevista no hundió al PP por una mala respuesta concreta. Lo hizo por acumulación. Por la incapacidad de sostener un relato coherente que combine condena a la dictadura, respeto al derecho internacional y distancia crítica con Trump.

Al final, la pregunta no es si Maduro merecía caer. La pregunta es qué está dispuesto a justificar el Partido Popular para celebrar esa caída.

Y esa es una pregunta que, de momento, sigue sin respuesta.