
Elisa Mouliaá seguirá adelante con el proceso contra Errejón: «¡Ahora sí voy a ir hasta el final!»
Elisa Mouliaá ha decidido romper el silencio, cerrar cualquier duda y dar un paso que, según sus propias palabras, ya no tiene marcha atrás. Después de una noche de reflexión intensa, marcada por la indignación y el cansancio emocional, la actriz ha anunciado que continuará con el procedimiento judicial contra Íñigo Errejón, pese a los giros inesperados que ha tomado el caso en los últimos meses.
Su mensaje no es ambiguo ni diplomático. Es directo, casi desesperado: “Ahora sí voy a ir hasta el final”. Una frase que resume no solo una decisión jurídica, sino también una batalla personal contra lo que ella considera un sistema que ha terminado protegiendo más al acusado que a la presunta víctima.
Un cambio que lo altera todo
El detonante de esta nueva etapa ha sido, según Mouliaá, la actuación de la Fiscalía. La actriz considera “deleznable” que, tras su retirada inicial del proceso, el Ministerio Público haya pasado por varias posiciones contradictorias: primero un escrito de acusación, luego uno de no acusar, después una postura neutral y finalmente una solicitud de absolución.
Para ella, ese vaivén no es técnico ni casual, sino profundamente injusto. Especialmente porque, según sostiene, la Fiscalía ha llegado a afirmar que sí existió consentimiento, algo que Mouliaá niega de forma rotunda.
“Me parece muy ruin, porque él no ha presentado una sola prueba de que hubo consentimiento, y yo me he tirado diez meses presentando pruebas”, afirma.
Las pruebas y el desgaste
Según el relato de la actriz, durante casi un año ha aportado mensajes, periciales, informes psicológicos y testimonios que, a su juicio, sostienen su versión de los hechos. Entre ellos, mensajes del mismo día en que ocurrieron los supuestos episodios, donde afirma haber contado a personas cercanas que se sintió acosada, humillada e invadida.
Además, Mouliaá asegura que existen informes psicológicos que hablan de estrés postraumático, consecuencia directa —según esos peritajes— de lo vivido.
Lo que más le duele no es solo el proceso judicial, sino el desgaste público. El tener que explicar una y otra vez su versión, mientras ve cómo cada avance favorable a Errejón se amplifica mediáticamente, y los suyos pasan desapercibidos.

El origen del caso
La historia se remonta a un contexto especialmente delicado: una ola de denuncias anónimas contra Íñigo Errejón que acabaron provocando su dimisión política. En ese momento, el ambiente estaba cargado de rumores, especulaciones y desconfianza.
Mouliaá decidió entonces dar la cara públicamente. Según explica, lo hizo para respaldar a otras mujeres y para evitar que el caso quedara reducido a simples acusaciones sin rostro.
“Todo esto explotó por múltiples denuncias anónimas. Él dimitió. Y ya empezaban a decir que podían ser falsas. Yo lo único que hice fue decir que esto era verdad para proteger a las mujeres”.
Esa decisión, asegura ahora, le ha pasado una factura altísima.
Del apoyo al descrédito
Uno de los aspectos más duros de su testimonio es la sensación de haber pasado del apoyo inicial al descrédito sistemático. Mouliaá denuncia que se ha generado en torno a ella un clima de burla, de sospecha constante, de bulos y de cuestionamiento personal.
No habla solo de redes sociales, sino de un “sistema de descrédito” que, según ella, se ha alimentado desde distintos frentes: mediático, político y judicial.
Mientras tanto, afirma, cada victoria parcial de Errejón se convierte en un gran titular. Cada revés para ella, en silencio.
Una batalla que ya no es solo legal
Para Elisa Mouliaá, el proceso ha dejado de ser únicamente un litigio contra una persona concreta. Se ha transformado en una lucha contra un modelo que, en su opinión, revictimiza a quien denuncia y termina premiando al acusado con la duda permanente.
Su decisión de seguir adelante no parece motivada solo por la esperanza de ganar el caso, sino por una necesidad más profunda: no permitir que el relato dominante sea el del olvido, la absolución sin explicaciones o la sospecha sobre la víctima.
“Creo que ninguna víctima se merece lo que está pasando por haber dado la cara”.
El peso simbólico del caso
Más allá de los nombres propios, el caso Mouliaá–Errejón tiene un enorme peso simbólico en la España actual. Se sitúa en la intersección de tres debates sensibles: el feminismo, la credibilidad de las víctimas y la actuación de la justicia en casos de agresiones o acoso.
Para una parte de la opinión pública, representa la dificultad real de demostrar determinados abusos. Para otra, es el ejemplo de cómo una denuncia puede arruinar reputaciones sin condena firme. Y para Mouliaá, es la prueba de que el sistema sigue sin estar preparado para proteger a quien se expone.
“Ahora sí voy hasta el final”
La frase no es solo un titular potente. Es una declaración de resistencia. Después de meses de dudas, silencios, retrocesos y ataques, la actriz ha decidido asumir el coste completo del proceso.
No sabe cuál será el resultado judicial. Pero sí tiene claro algo: no piensa retirarse otra vez.
Su decisión reabre un caso que muchos daban por cerrado. Y obliga a volver a mirar de frente una pregunta incómoda que sigue sin respuesta clara:
¿Qué precio paga una mujer cuando decide no callarse?
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