
Pedro Sánchez vs Elon Musk: cuando la política democrática choca con el poder de los billonarios
El choque entre Pedro Sánchez y Elon Musk no es un simple intercambio de mensajes en redes sociales. No es un cruce anecdótico entre un jefe de Gobierno europeo y el hombre más rico del planeta. Lo ocurrido en X (antigua Twitter) simboliza algo mucho más profundo: la batalla entre dos modelos de mundo. Por un lado, la política democrática, con sus límites, contradicciones y legitimidad institucional. Por otro, el nuevo poder de las grandes fortunas tecnológicas, capaces de influir en millones de personas con un solo clic.
Todo comenzó con una medida anunciada por el Gobierno español: la regularización administrativa de cerca de medio millón de personas migrantes que ya viven en España, pero que carecen de permiso de trabajo. Se trata de personas que llevan años residiendo en el país, trabajando en la economía sumergida, cotizando de manera informal o directamente excluidas del sistema de derechos y deberes.
La medida no concede nacionalidad, no concede derecho de voto y no altera el censo electoral. Simplemente otorga permiso de trabajo y residencia legal para que estas personas puedan salir de la clandestinidad administrativa.
Sin embargo, la ultraderecha reaccionó con una narrativa ya conocida: “ingeniería electoral”, “manipulación del censo”, “importación masiva de votantes”. El discurso fue amplificado por un agitador político extranjero que publicó un vídeo sacado de contexto y afirmó que España estaba legalizando inmigrantes para ganar elecciones.
Y entonces ocurrió lo impensable: Elon Musk, propietario de la red social X, decidió retuitear el bulo y añadir un simple comentario: “Wow”.
Un “wow” que, en cuestión de horas, alcanzó casi 13 millones de visualizaciones.
Un “wow” que convirtió una mentira marginal en un fenómeno global.
Un “wow” que obligó al presidente del Gobierno español a responder directamente al hombre más poderoso del ecosistema digital.
“Marte puede esperar, la humanidad no”
La respuesta de Pedro Sánchez fue breve, elegante y calculada:
“Marte puede esperar, la humanidad no.”
Una frase que se viralizó de inmediato y que fue interpretada como un zasca histórico. No solo desmentía la acusación, sino que situaba el debate en otro nivel: frente a la obsesión tecnológica por conquistar otros planetas, la prioridad debe ser garantizar derechos humanos en este.
Sánchez recordó que la regularización no tiene nada que ver con el derecho de voto. Que no es una operación electoral. Que es una medida humanitaria, económica y social. Una política pública orientada a integrar, no a manipular.
Pero el presidente fue más allá. Aprovechó el episodio para lanzar una advertencia de fondo: estamos asistiendo al auge de una nueva élite global, formada por billonarios tecnológicos que no se conforman con tener más dinero que decenas de países, sino que ahora quieren también el poder político directo.

La “internacional reaccionaria”
En un discurso posterior, Sánchez habló sin tapujos de la “internacional reaccionaria”. Una alianza informal de líderes de extrema derecha, oligarcas digitales y actores autoritarios que comparten un objetivo común: debilitar la democracia liberal, desprestigiar las instituciones y normalizar el autoritarismo.
Según el presidente, esta nueva internacional no actúa con tanques ni golpes de Estado, sino con algoritmos, redes sociales, campañas de desinformación y control del discurso público.
El caso de Musk es paradigmático. No es un político. No se presenta a elecciones. No responde ante ningún parlamento. Pero controla una de las principales plataformas de comunicación del planeta. Y con ella, tiene la capacidad de amplificar bulos, legitimar discursos extremistas y condicionar debates políticos en países soberanos.
Sánchez lo dijo sin rodeos: “Quieren sentarse directamente en los consejos de ministros sin mediadores, controlar nuestras leyes, nuestras vidas y lo que pensamos”.
El nuevo fascismo del siglo XXI
El presidente español fue aún más lejos al advertir que el fascismo, que muchos creían enterrado tras la Segunda Guerra Mundial, vuelve a ser una fuerza política real en Europa. No con camisas pardas, sino con trajes caros, influencers, memes y plataformas digitales.
Recordó que hace un siglo, 14 de las 24 democracias existentes en el mundo se convirtieron en dictaduras. Que la libertad no es irreversible. Que se puede perder.
Y que hoy, como entonces, hay una combinación peligrosa: crisis económicas, miedo social, discursos identitarios y élites que utilizan el descontento para concentrar poder.
La diferencia es que ahora el campo de batalla no son las calles, sino los timelines.

Migración, miedo y manipulación
El caso de la regularización migratoria en España es un ejemplo perfecto de cómo funciona esta maquinaria. Se toma una medida técnica, legal y limitada. Se deforma. Se exagera. Se convierte en amenaza. Se asocia con fraude. Se conecta con una narrativa de “ellos contra nosotros”.
Y finalmente, se viraliza.
Lo que Musk hizo no fue informar. Fue amplificar una mentira. Y al hacerlo, se alineó objetivamente con el discurso de la ultraderecha europea.
No porque sea fascista. No porque tenga una ideología clara. Sino porque su modelo de negocio se basa en la atención, el conflicto y la polarización.
El algoritmo no premia la verdad. Premia el escándalo.
Democracia contra tecnocasta
Pedro Sánchez utilizó el término “tecnocasta” para describir a esta nueva aristocracia digital. Personas que concentran riqueza, datos, plataformas y capacidad de influencia sin ningún tipo de control democrático.
Según el presidente, el problema no es que existan millonarios. El problema es que quieran convertirse en actores políticos sin someterse a las reglas del juego democrático.
No pagan impuestos como los demás. No rinden cuentas. No son elegidos. Pero influyen más que muchos gobiernos.
Y eso, en palabras de Sánchez, es una amenaza directa a la soberanía popular.
El feminismo, otro objetivo
En su discurso, Sánchez también vinculó este fenómeno con el ataque al feminismo. Según él, la internacional ultraderechista ve la igualdad de género como un enemigo de sus privilegios.
Se presentan como rebeldes, pero defienden el patriarcado de siempre. Se autoproclaman antisistema, pero sostienen el sistema más desigual posible.
Y utilizan las redes para ridiculizar, desacreditar y acosar a quienes defienden derechos sociales, diversidad o justicia climática.
Más que un tuit
El choque entre Sánchez y Musk no es un episodio anecdótico. Es un síntoma.
Un síntoma de que la política ha entrado en una nueva era, donde el poder ya no se concentra solo en los parlamentos, sino también en los servidores, los algoritmos y las plataformas privadas.
Un síntoma de que la lucha por la democracia ya no se libra únicamente en las urnas, sino en el control del relato.
Y un síntoma de que Europa empieza a tomar conciencia de que no basta con regular bancos o industrias: ahora también hay que regular imperios digitales.
“Todo es por la pasta”
Sánchez fue brutalmente claro en una frase que resume toda su tesis:
“Todo es por la pasta. Siempre ha sido por la pasta.”
Detrás de la retórica de la libertad de expresión, de la innovación tecnológica y del espíritu emprendedor, lo que hay es una lucha por el control del mercado, de los datos y del poder político.
No es una guerra ideológica. Es una guerra económica disfrazada de debate cultural.
El futuro que se disputa
Si tuviéramos que refundar hoy las Naciones Unidas —se preguntaba Sánchez—, ¿aceptaríamos que las decisiones globales siguieran dominadas por hombres, potencias y élites económicas?
¿Aceptaríamos que cuatro youtubers, tres oligarcas y dos portavoces de la ultraderecha decidieran el rumbo del planeta?
Su respuesta fue clara: no.
La democracia del siglo XXI no puede ser rehén de los billonarios del siglo XXI.
Y quizás por eso, aquel simple “Marte puede esperar, la humanidad no” se convirtió en algo más que una frase ingeniosa: se convirtió en un manifiesto político.
Un recordatorio de que, frente a los sueños de colonizar otros planetas, todavía tenemos pendiente la tarea más difícil: hacer justo este.
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