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El caso Julio Iglesias ha dejado de ser únicamente una investigación periodística para convertirse en un terremoto político, mediático y moral. Lo que comenzó como un trabajo de largo recorrido firmado por eldiario.es y Univisión ha terminado destapando algo más profundo: la incómoda relación entre poder, fama y el derecho de las mujeres a ser escuchadas.

En el epicentro de la polémica, Emilio Delgado ha protagonizado una de las intervenciones más duras de la semana, cargando frontalmente contra Isabel Díaz Ayuso —a la que no dudó en calificar irónicamente como “mini Ayuso falsificadora de currículum”— por su defensa pública de Julio Iglesias en un momento especialmente sensible.

Un proceso abierto… y una reacción política incendiaria

La Fiscalía de la Audiencia Nacional mantiene abiertas diligencias preprocesales para analizar las informaciones publicadas sobre el cantante. Se trata de una investigación periodística que ha durado tres años, con testimonios de mujeres que trabajaron en las propiedades del artista en Punta Cana y Bahamas, corroborados por antiguos empleados, profesionales de la salud mental y diversas fuentes documentales.

A día de hoy, no hay condena ni imputación formal, pero la reacción política no se ha hecho esperar. Y ahí es donde, según Delgado, “empieza el verdadero problema”.

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Isabel Díaz Ayuso optó por una defensa cerrada del cantante, asegurando que no participaría en “linchamientos” ni en campañas de desprestigio contra “el artista español más universal”. Un mensaje que acompañó de un tuit comparando las denuncias con la situación de las mujeres en Irán, insinuando que las críticas respondían a una maniobra de la “ultraizquierda”.

Para Emilio Delgado, ese gesto marca un antes y un después:

“Cuando una presidenta autonómica utiliza su poder para desviar el foco y ridiculizar a quienes denuncian, deja de ser neutral. Se coloca en un lado muy concreto”.

El periodista subrayó que nadie pide una condena mediática, pero sí una actitud responsable ante acusaciones graves, especialmente cuando proceden de mujeres con una posición de vulnerabilidad evidente frente a una figura de enorme poder económico y simbólico.

El doble rasero que indigna

Uno de los ejes del debate ha sido el uso selectivo de la credibilidad. Delgado y otros tertulianos coincidieron en señalar una contradicción incómoda:

Cuando las denuncias afectan a cargos políticos incómodos, se exige creer a las víctimas.

Cuando afectan a un icono cultural como Julio Iglesias, se pide silencio, prudencia… o directamente se pone en duda el testimonio de las mujeres.

“No puede haber víctimas de primera y de segunda según a quién señalen”, insistió Delgado.

El arte no es inmunidad moral

Otro punto clave del debate fue la idea de que el talento artístico no puede funcionar como salvoconducto ético. Que Julio Iglesias sea un mito de la música, admirado dentro y fuera de España, no lo sitúa —según los analistas— por encima del escrutinio social ni del proceso judicial.

El recuerdo del caso Plácido Domingo apareció de forma recurrente como ejemplo de cómo la admiración pública puede nublar la capacidad crítica de las instituciones.

 

Cuando la política utiliza el dolor

Pero las críticas no se limitaron al Partido Popular. También desde la izquierda se señaló la tentación de capitalizar políticamente las denuncias, planteando incluso la retirada de honores cuando el procedimiento judicial aún está en una fase inicial.

Como recordó la periodista Ana Requena:

“Lo esencial es garantizar que las denunciantes puedan aportar pruebas y que el investigado tenga derecho a defenderse. Todo lo demás es ruido”.

Lo que realmente está en juego

Más allá del nombre de Julio Iglesias o del enfrentamiento entre Delgado y Ayuso, el debate ha puesto sobre la mesa una cuestión de fondo:
¿quién tiene derecho a ser escuchado cuando el acusado es poderoso, admirado y protegido por el sistema?

Nadie exige sentencias desde un plató.
Pero minimizar, desviar o caricaturizar las denuncias sí tiene consecuencias.

Y es precisamente ahí donde, para muchos, Isabel Díaz Ayuso ha cruzado una línea que va mucho más allá de la música, la política o la ideología.