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ESPERPENTO Y REMESA DE ZASCAS DE LOS MINISTROS: “¡VIVA ESPAÑA Y LOS TOROS!”, EL DÍA QUE EL CONGRESO SE CONVIRTIÓ EN UN CIRCO POLÍTICO

Lo ocurrido esta semana en el Congreso de los Diputados pasará a la historia parlamentaria de España como uno de los episodios más caóticos, estridentes y simbólicos del clima político actual. Gritos, interrupciones constantes, acusaciones cruzadas, consignas ideológicas, referencias a Gaza, a los toros, a la inmigración, a la corrupción, a los trenes, a la ONU, a Trump y hasta a la “libertad cultural” se mezclaron en una sesión que más pareció un plató de tertulia televisiva que una cámara legislativa.

Un auténtico esperpento institucional.

Desde los primeros minutos, el tono quedó marcado: diputados del Partido Popular y de Vox lanzaron proclamas como “¡Viva España y vivan los toros!”, mientras desde la bancada del Gobierno se respondía con reproches sobre violencia, derechos de la infancia, bulos políticos y ultraderecha. El resultado fue una sucesión de zascas, ataques personales y discursos incendiarios que reflejan con crudeza el nivel de polarización que vive la política española.

Toros, menores y la batalla ideológica

Uno de los momentos más tensos de la sesión giró en torno a la propuesta del Gobierno de restringir el acceso de menores de 18 años a espectáculos taurinos. La medida, impulsada desde el Ministerio de Juventud y enmarcada dentro de la ampliación de la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia (LOPI), desató la furia de los sectores conservadores.

Un senador del PP tomó la palabra con un discurso cargado de épica identitaria:

“Otra cacada más que va directamente a cargarse la fiesta nacional. No importa, aquí estamos y seguiremos defendiéndola. Libertad. Viva España y vivan los toros”.

El argumento central fue una comparación provocadora: si una chica de 17 años puede decidir sobre su identidad de género, su derecho al voto o incluso su vida, ¿por qué no puede decidir ir a una corrida de toros en la Maestranza de Sevilla?

La ministra respondió con contundencia, marcando una línea ideológica clara:

“No estoy de acuerdo en que menores de edad presencien espectáculos de violencia contra los animales ni que se expongan a ningún elemento que tenga que ver con la violencia”.

Para el Gobierno, las corridas son un espectáculo donde se normaliza el sufrimiento, la sangre y el miedo. Para la derecha, son patrimonio cultural, tradición y libertad.

Dos visiones del mundo irreconciliables.

Cultura o tortura: la frase que incendió la Cámara

El momento más viral de la jornada llegó cuando la ministra se definió sin rodeos:

“Yo soy comunista porque lo que usted llama cultura, para muchas familias españolas lo llamamos tortura”.

La frase provocó una explosión de murmullos, protestas y aplausos cruzados. Para unos, era una declaración honesta. Para otros, una provocación ideológica inaceptable.

La ministra fue más allá y citó directamente al Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas, que ya en 2018 recomendó evitar que menores se expongan a espectáculos de violencia, incluidos los taurinos.

Su tesis fue clara: la libertad no puede ser el derecho del más fuerte a imponer violencia al más débil. Ni la de los adultos sobre los niños, ni la de los toreros sobre los animales.

El caos ferroviario y el fantasma de Adamuz

Como si la tensión taurina no fuera suficiente, la sesión dio un giro dramático cuando se abordó el caos ferroviario y el accidente de Adamuz, que dejó 47 muertos, 160 heridos y cientos de pasajeros con secuelas físicas y psicológicas.

Una senadora arremetió contra el Gobierno con un discurso demoledor:

“España vive un caos ferroviario permanente. Accidentes, descarrilamientos, averías, retrasos de dos horas en alta velocidad. El sistema está obsoleto, mal mantenido, sobredimensionado”.

La acusación más grave fue directa al ministro:

“Usted duerme tranquilo por las noches siendo el máximo responsable de no haber protegido los derechos básicos de los usuarios del tren”.

Se habló de informes de Adif ignorados, de advertencias de la Unión Europea, de indemnizaciones eliminadas y de una gestión que, según la oposición, priorizó la propaganda sobre la seguridad.

La respuesta del Gobierno: mercado salvaje y abuso

El ministro respondió desviando el foco hacia las subidas abusivas de precios en transportes alternativos tras el accidente. Su argumento fue ideológico:

“Cuando se deja al libre mercado acampar a sus anchas, responde solo al lucro, no al bien común”.

Anunció un nuevo instrumento regulador para impedir que las empresas suban precios de forma descontrolada en situaciones de emergencia, obligándolas a informar previamente de sus previsiones tarifarias.

Pero el zarpazo final fue político:

“Las reclamaciones sobre el sistema ferroviario no son competencia de este ministerio. Diríjase a quien sí la tiene”.

Un clásico: nadie es responsable, todos lo son.

Dimisión, Gaza y el delirio retórico

La sesión alcanzó niveles surrealistas cuando una senadora cerró su intervención con un ataque personal:

“Usted siempre llega tarde y mal. Cuando un gobierno falla en seguridad lo que tiene que hacer es dimitir. Márchese. Llévese al señor Puente. Váyase a Gaza”.

La referencia a Gaza, totalmente fuera de contexto, desató una mezcla de estupor y carcajadas nerviosas. Un síntoma perfecto del deterioro del debate político: cualquier tema sirve como munición retórica.

Vivienda, Airbnb y la guerra económica

Lejos de calmarse, la sesión se desplazó al terreno de la vivienda. El ministro sacó pecho con sanciones a Airbnb por valor de 64 millones de euros y defendió la ley de vivienda:

“En Navarra los precios han bajado un 8,6% en seis meses. ¿Por qué pueden bajar en Pamplona y no en Madrid? Porque ustedes no quieren”.

La acusación al PP fue directa: proteger a rentistas, fondos buitre y pisos turísticos ilegales mientras llaman “okupas” a las familias vulnerables.

El debate se transformó en una radiografía ideológica de España: mercado frente a regulación, inversión frente a derechos, propiedad frente a acceso.

La portavoz y la sombra de los bulos

El clímax político llegó con la interpelación a la nueva ministra portavoz. La pregunta era demoledora:

“¿Va a seguir la línea de su predecesora Pilar Alegría utilizando la portavocía para generar relatos, bulos y mentiras para proteger al presidente Sánchez?”

Se mencionaron casos como Begoña Gómez, el hermano del presidente, comidas polémicas, versiones cambiantes y supuesta propaganda desde ruedas de prensa oficiales.

La ministra respondió con un discurso de autodefensa:

“He anunciado la revalorización de las pensiones, la regularización de migrantes, la bajada del paro y 22 millones de afiliados a la Seguridad Social. Todo eso a pesar de su bloqueo y su ruido”.

Para el Gobierno, la portavocía es rendición de cuentas. Para la oposición, es propaganda.

Navarra, Santos Cerdán y la acusación de corrupción

El último bloque fue una auténtica bomba política: una diputada acusó a la ministra de ser la “cuota” de Santos Cerdán y de haber sido premiada con un ministerio tras facilitar pactos con EH Bildu.

Se habló de adjudicaciones sospechosas, de mordidas, de tramas nacidas en Navarra y de una ruptura ficticia con la corrupción.

La respuesta de la ministra fue un contraataque feroz:

“Qué pena UPN. Antes defendían a Navarra, ahora son la comparsita del PP y Vox”.

Y remató con un golpe populista:

“Explíquenles a los 150.000 pensionistas a los que les han robado 570 euros al año. Explíquenles por qué votaron contra reducir la jornada laboral”.

 

El Congreso como espejo de España

Lo ocurrido no fue solo una sesión bronca. Fue un retrato descarnado de la España política actual: polarizada, crispada, emocional, donde los debates se convierten en espectáculos y las instituciones en escenarios de combate ideológico.

Toros contra derechos de la infancia. Mercado contra regulación. Tradición contra modernidad. Cultura contra tortura. Libertad contra protección. Nación contra Estado.

Todo mezclado en una sola tarde.

Más que legislar, se combatió. Más que dialogar, se gritó. Más que convencer, se buscó humillar al adversario.

El Congreso se transformó en un ring, los diputados en tertulianos y la política en un reality show permanente.

Un esperpento, sí.
Pero también un síntoma profundo de una democracia que, cada vez más, se expresa a gritos.