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Génova bajo presión: el fantasma de Angrois vuelve, Feijóo queda en el centro y el PP se rompe entre Ayuso y Moreno

Por momentos, la política española parece moverse en círculos. Cada gran tragedia reabre heridas que nunca cerraron del todo, reactiva viejas preguntas y devuelve a escena responsabilidades que algunos creían enterradas bajo capas de silencio institucional. La reciente catástrofe ferroviaria con decenas de víctimas ha vuelto a poner a prueba no solo al Gobierno de España, sino también —y quizá de forma más incómoda— al Partido Popular y a su líder, Alberto Núñez Feijóo.

La periodista Esther Palomera lo dijo sin rodeos: Feijóo tiene un problema con este asunto. Y no es uno menor. Porque cuando hoy se habla de transparencia, de comisiones de investigación, de respeto a las víctimas y de la tentación de convertir el dolor en munición política, hay un nombre que regresa inevitablemente: Angrois.

Angrois: el accidente que nunca terminó

El 24 de julio de 2013, el tren Alvia descarriló a la entrada de Santiago de Compostela. Murieron 80 personas. Fue la mayor tragedia ferroviaria en España en décadas. Pero además de un desastre técnico y humano, fue también un terremoto político.

En aquel momento, Feijóo era presidente de la Xunta de Galicia y uno de los hombres fuertes del Partido Popular. Su Gobierno autonómico, junto con el Ejecutivo de Mariano Rajoy y el Ministerio de Fomento, quedó en el epicentro de la gestión política de la catástrofe.

Las asociaciones de víctimas tardaron años en ser recibidas. Hubo una comisión de investigación en el Congreso que Bruselas acabó calificando de no independiente. Las familias tuvieron que recurrir a la Unión Europea para ser escuchadas. Y durante mucho tiempo se impuso una narrativa oficial que reducía todo a un error humano, dejando en la sombra cuestiones técnicas clave: sistemas de seguridad desconectados, diseño de la vía, decisiones administrativas.

Eso es lo que Palomera llama, sin eufemismos, la “ley del silencio”.

Y ese pasado no es abstracto. Tiene nombres y apellidos. Tiene ruedas de prensa que no se dieron. Tiene comparecencias que no existieron. Tiene responsables políticos que nunca asumieron nada.

Por eso, cuando hoy Feijóo habla de “la ley de la verdad” frente al silencio, muchos recuerdan que esa frase podría volverse contra él como un bumerán.

El presente: otra tragedia, la misma tentación

La reciente catástrofe ferroviaria ha causado 45 muertos. El país está conmocionado. Los equipos de emergencia siguen trabajando. Hay funerales de Estado, días de luto oficial, familias destrozadas.

Y, como casi siempre, también hay política.

Desde el primer momento, el Gobierno de España ha optado por un discurso de empatía, cooperación institucional y transparencia. El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha dado ruedas de prensa, ha concedido entrevistas, ha comparecido ante los medios una y otra vez. Se ha activado una comisión de investigación. Se ha hablado de datos, de hipótesis, de plazos.

En paralelo, dentro del Partido Popular se han abierto dos caminos muy distintos.

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El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, compareció junto a Pedro Sánchez. Habló de cooperación, de lealtad institucional, de la necesidad de esclarecer los hechos sin convertir la tragedia en un circo político. Insistió en la palabra clave: transparencia.

Moreno no buscó titulares incendiarios. No acusó al Gobierno de ocultar nada. No exigió dimisiones inmediatas. Reconoció que hay tiempos técnicos, judiciales y humanos que deben respetarse.

Para muchos analistas, Moreno representa un PP moderado, que intenta mantener una imagen de partido de Estado, capaz de gobernar sin incendiarlo todo.

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En el otro extremo está Isabel Díaz Ayuso. Fiel a su estilo, no esperó. Cargó contra el Gobierno, contra el ministro Puente, contra “la España caótica”. Habló de “ley del silencio”. Exigió responsabilidades inmediatas.

Y, en un movimiento que sorprendió incluso dentro de su propio partido, pidió una misa en la catedral de la Almudena, al margen del funeral de Estado ya convocado.

Para muchos, fue el ejemplo perfecto de lo que Palomera definió con ironía brutal: rezar con una mano y golpear con la otra.

Ayuso no busca consensos. Busca conflicto. Su modelo político se basa en ocupar el centro del escenario a golpe de confrontación. Y eso, dentro del PP, tiene un enorme atractivo electoral.

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Aquí es donde aparece el gran dilema de Alberto Núñez Feijóo.

Como líder nacional del PP y aspirante a la presidencia del Gobierno, debería ser él quien marque la línea. Pero en la práctica, muchas veces parece que la línea la marcan Ayuso y ciertos medios afines.

Feijóo ha usado la misma expresión que Ayuso: “la ley del silencio”. Lo hizo incluso en un acto solemne, un homenaje a Gregorio Ordóñez, concejal asesinado por ETA. Para Palomera, eso no fue un detalle menor: mezclar tragedias de naturaleza distinta para lanzar un mensaje político es, como mínimo, discutible.

El problema es que Feijóo no habla desde el vacío. Habla con Angrois detrás.

Y ahí está la bomba que Palomera pone sobre la mesa:
Si hoy el PP acusa al Gobierno de ocultar información, ¿cómo explica lo que pasó en 2013?
Si hoy exige transparencia, ¿por qué las víctimas del Alvia tuvieron que ir a Bruselas para ser escuchadas?
Si hoy denuncia comisiones de investigación “controladas”, ¿qué fue aquella comisión que Europa calificó de no independiente?

Génova lo sabe. Y por eso tiembla.

Vox como catalizador del caos

Hay otro actor que contamina todo este escenario: Vox.

Desde el primer día, Santiago Abascal y los suyos hablaron de “luto del silencio”, de ocultación, de inseguridad ferroviaria. Llegaron a decir que viajar en España no es seguro.

Y el PP, en lugar de marcar distancia, empezó a copiar ese marco.

Primero lo dijo Vox. Luego lo repitió el PP.
Primero lo lanzó una diputada ultra. Luego lo amplificaron dirigentes populares.

Para analistas como Ernesto Ekaizer, esto no es casualidad: el PP y Vox están en una competencia feroz por el mismo espacio electoral. Y en esa lucha, el tono se radicaliza.

El problema es que esa estrategia choca de frente con el recuerdo de Angrois. Porque allí, quien gobernaba era el PP. Y allí sí hubo silencio.

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Uno de los contrastes más demoledores que apareció en el debate fue este:

En Angrois, Ana Pastor, entonces ministra de Fomento, tardó años en recibir a las víctimas. Dio pocas explicaciones públicas. El presidente de ADIF llegó a decir en el Parlamento que no era un accidente de alta velocidad, algo que después se demostró falso con documentos oficiales, publicidad institucional, señalización en las vías y peritajes técnicos.

Hoy, en cambio, Óscar Puente comparece casi cada día. Responde preguntas. Da datos. No se esconde.

Esa comparación es letal para el relato del PP.

Porque cuando hoy hablan de “ley del silencio”, muchos recuerdan que en 2013 la ley del silencio tenía sello popular.

La batalla interna del PP: Ayuso contra Moreno

La tragedia ha reabierto algo más profundo: la guerra civil fría dentro del PP.

Hay dos modelos:

El modelo Ayuso: radical, confrontativo, casi mimético con Vox. Funciona muy bien en Madrid.

El modelo Moreno: moderado, institucional, transversal. Funciona muy bien en Andalucía.

Ambos ganan elecciones. Ambos creen tener la fórmula mágica.

Pero a nivel nacional, solo uno puede imponerse. Y todo indica que, a medio plazo, el ruido de Ayuso acaba devorándolo todo.

Palomera es clara: no espera que el tono contenido dure. Ni hasta mañana. Ni hasta el funeral. La presión mediática y la competencia con Vox empujarán al PP hacia el enfrentamiento.

Feijóo, en ese contexto, corre el riesgo de quedar atrapado: si modera, Ayuso lo desborda; si radicaliza, Angrois lo persigue.

El riesgo mayor: perder la confianza social

Más allá de la lucha partidista, hay algo que sí preocupa a todos los analistas serios: la confianza de la ciudadanía en el sistema ferroviario.

España ha construido una de las redes de alta velocidad más grandes del mundo. Es un orgullo nacional. Pero esa confianza es frágil. Cada accidente, cada retraso, cada incidente la erosiona.

Juanma Moreno lo dijo con claridad:
Si no hay transparencia, si no se aclaran todas las causas, habrá una pérdida de confianza social.

Y eso sería devastador, mucho más allá de quién gane o pierda un debate parlamentario.

 

el pasado no pasa en política

Esther Palomera lanzó una bomba, sí. Pero no era una exageración. Era una advertencia.

El Partido Popular puede intentar convertir esta tragedia en un arma contra el Gobierno. Puede elevar el tono, copiar a Vox, seguir la estela de Ayuso. Pero el pasado está ahí.

Angrois no ha desaparecido.
Las víctimas del Alvia no olvidan.
Europa dejó constancia de lo que pasó.

Y Feijóo, que hoy aspira a ser el presidente del Gobierno de España, estuvo allí cuando se decidió callar.

Por eso, cada vez que habla de “la ley del silencio”, Génova tiembla.
Porque a veces, el eco del pasado es más fuerte que cualquier grito del presente.