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Cuando el silencio se convierte en estrategia
No todos los silencios son iguales. Algunos son prudencia. Otros son cálculo. Y hay silencios que, en política, funcionan como una declaración en sí mismos. Eso es exactamente lo que ocurrió durante la comparecencia de Santos Cerdán en el Senado, una sesión que comenzó como una comisión más y terminó convertida en un campo de batalla institucional, cargado de acusaciones cruzadas, interrupciones, amenazas veladas y una palabra que lo contaminó todo: montaje.
Cerdán no solo se defendió. Fue más allá. Señaló directamente a lo que denominó una “UCO patriótica”, una supuesta estructura paralela dentro de la Guardia Civil que, según su relato, habría operado sin mandato judicial y con un objetivo político claro: hacer caer al Gobierno de Pedro Sánchez.
La gravedad no está solo en lo que dijo. Está en dónde, cómo y ante quién lo dijo.

“El tiempo para hablar no me lo marca usted”
Desde el inicio, el tono fue desafiante. Cerdán dejó claro que no aceptaría el marco impuesto por la oposición.
“No me van a dictar las respuestas”, insistió una y otra vez.
Su estrategia fue clara: cuestionar la legitimidad de los informes de la UCO, rebajar su valor probatorio y advertir que muchos de los audios “no se van a poder demostrar”. Para Cerdán, no hay hechos, solo indicios, y esos indicios —según él— están siendo utilizados como munición política.
Pero la oposición no iba a dejarle escapar tan fácilmente.
La pregunta que no quiso responder

El momento de máxima tensión llegó con una pregunta directa, repetida, casi martilleada:
¿Está usted investigado por pertenencia a organización criminal, cohecho y tráfico de influencias? ¿Sí o no?
Cerdán no respondió.
Ni sí.
Ni no.
Y ese silencio fue interpretado como una respuesta en sí misma.
“Su silencio es su mejor respuesta”, le espetaron desde el otro lado.
Ahí se rompió definitivamente la comparecencia. Ya no se trataba solo de aclarar hechos, sino de quién controla el relato y quién tiene algo que perder.
La palabra prohibida: UCO patriótica
El término no es nuevo, pero esta vez apareció en sede parlamentaria con nombres, fechas y conexiones políticas. Según lo expuesto, no se estaría hablando de la UCO como institución, sino de determinados agentes que habrían actuado por iniciativa propia o al servicio de intereses políticos concretos.
El nombre clave es Juan Vicente Bonilla, exagente de la UCO, hoy alto cargo del Gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido por Isabel Díaz Ayuso, con un salario cercano a los 85.000 euros anuales.
Las sospechas no se centran solo en su actual cargo, sino en conversaciones privadas atribuidas a él, en las que se habla de:
“Cambiar el dolor de bando”
“Hacer caer al Gobierno”
“Ir a por Coldo y a por los de arriba”
Todo ello antes de que existiera una investigación judicial formal.
Sin orden judicial, sin mandato… ¿y con qué objetivo?
Aquí está el núcleo del escándalo.
Según las informaciones aportadas por El Plural y comentadas en la comisión, algunos agentes habrían iniciado investigaciones prospectivas sin cobertura legal, algo extremadamente grave en un Estado de derecho.
Las conversaciones se remontan, según estas fuentes, a 2016–2021, y el punto de inflexión se produce en abril de 2021, cuando aparece la frase clave:
“Tenemos algo que puede tumbar al gobierno”.
La pregunta inevitable es:
¿Quién tenía interés en que ese “algo” viera la luz?

Ayuso, Madrid y la puerta giratoria
El relato se vuelve aún más incómodo cuando se constata que ese mismo agente termina siendo fichado por la Comunidad de Madrid, en el área de Seguridad del Servicio Madrileño de Salud.
Para el Gobierno, la coincidencia es demasiado perfecta.
Para la oposición, irrelevante.
Para la opinión pública, inquietante.
Porque si un agente que hablaba de “matar políticamente” al Ejecutivo termina ocupando un puesto clave en una administración gobernada por el PP, la sospecha de connivencia deja de ser marginal.
¿Guerra sucia… o defensa del Estado?
Desde Moncloa el mensaje es claro:
“No hay una mafia del PSOE. Hay una mafia contra el PSOE”.
La estrategia del Ejecutivo pasa por invertir el marco narrativo: no están siendo investigados por corrupción, sino atacados por una operación política encubierta.
Sin embargo, incluso voces críticas con el Gobierno admiten que las expresiones utilizadas en esas conversaciones privadas son incompatibles con la neutralidad que se exige a una policía judicial.
Aunque se intente matizar hablando de “matar políticamente”, el lenguaje no es inocente. En política, las palabras crean clima. Y este clima es tóxico.
El Senado como escenario de desgaste
La comparecencia terminó convertida en un pulso de resistencia.
“Estoy dispuesto a estar aquí toda la tarde”, advirtió uno de los senadores.
La sesión fue suspendida brevemente.
Las interrupciones se multiplicaron.
No se buscaba ya información.
Se buscaba desgaste.
Y en ese desgaste, cada silencio, cada evasiva, cada acusación lanzada al aire sumaba un punto más a la sensación de que algo se está rompiendo en el equilibrio institucional.
La pregunta final que nadie responde
Al cerrar la sesión, nada estaba claro.
Ni la responsabilidad penal de Cerdán.
Ni el alcance real de esa supuesta UCO patriótica.
Ni hasta dónde llega la implicación política.
Pero quedó flotando una pregunta que ningún bando ha querido responder con claridad:
Si todo esto no es cierto, ¿por qué tanto nervio, tanto silencio y tanta resistencia a responder una sola pregunta directa?
En política, a veces, el verdadero escándalo no es lo que se demuestra… sino lo que nadie se atreve a desmentir del todo.
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