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La tragedia del accidente ferroviario de Adamuz ha vuelto a convertirse en munición política. Pero esta vez el escándalo no está solo en la gestión del siniestro, ni en la investigación de las responsabilidades, ni en las declaraciones institucionales. El verdadero terremoto mediático estalla cuando se destapa que una de las voces más utilizadas por el Partido Popular para atacar a Pedro Sánchez, un familiar directo de una de las víctimas, trabaja para la Junta de Andalucía, gobernada por el PP de Juanma Moreno.

La pregunta que recorre redes sociales, tertulias y redacciones es demoledora:
¿Estamos ante un testimonio libre de una víctima… o ante un caso de instrumentalización política del dolor?

Porque cuando el sufrimiento se convierte en arma partidista, la línea ética se rompe. Y en este caso, se ha roto de forma estrepitosa.


Una carta que sacude al país

Todo comienza con la publicación de una carta en redes sociales, firmada por Fidel Sainz de la Torre, familiar directo de una de las fallecidas en el accidente del tren de Adamuz. Una carta durísima, emocional, escrita desde el dolor más profundo, dirigida directamente al presidente del Gobierno.

Una carta que arranca así:

“Le escribo esta carta sabiendo que jamás la leerá, señor presidente del Gobierno, pues entiendo que usted estará muy ocupado buscando una nueva mentira que decirnos, con el sarcasmo al que nos tiene acostumbrados. Pero aun así se la escribo porque el silencio ya no es una opción cuando el dolor se desprecia y la verdad se maquilla.”

El texto continúa con frases devastadoras:

“Nos han destrozado la vida. No termine de destrozar España.”

“La eficacia de la que habla el Gobierno no mata ni deja familias enterrando.”

Una carta legítima desde el punto de vista emocional. Un hijo destrozado. Una familia rota. Un duelo real. Nadie puede, ni debe, cuestionar ese dolor.

El problema no es la carta.
El problema es lo que viene después.


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La carta no tarda en ser amplificada por medios afines al Partido Popular. Titulares en grandes cabeceras conservadoras, difusión masiva en redes de dirigentes del PP, declaraciones públicas de Feijóo citando directamente el texto como prueba de la supuesta “deshumanización” del Gobierno de Pedro Sánchez.

El líder del PP utiliza la tragedia para lanzar un ataque político frontal:

Contra Sánchez.

Contra Óscar Puente.

Contra el Ministerio de Transportes.

Contra el propio Ejecutivo en bloque.

El mensaje es claro: el Gobierno es culpable, insensible, mentiroso y responsable directo del sufrimiento de las víctimas.

Pero entonces salta la bomba.


Se destapa lo que nadie decía: trabaja para la Junta de Andalucía

En cuestión de horas, varios periodistas independientes y usuarios en redes sociales descubren un dato que cambia por completo el contexto:

Fidel Sainz de la Torre trabaja para la Junta de Andalucía.
Es decir, para una administración gobernada por el Partido Popular.

No es un simple ciudadano sin vínculos políticos.
No es un perfil completamente ajeno a las estructuras institucionales.
No es una voz aislada del sistema.

Forma parte de una administración controlada por el mismo partido que está usando su carta para atacar al Gobierno central.

Y entonces estalla el escándalo.


¿Qué implica realmente este dato?

Nadie discute que una víctima tenga derecho a hablar.
Nadie discute que un familiar pueda criticar al Gobierno.
Nadie discute el dolor.

Lo que se discute es esto:

¿Hasta qué punto estamos ante un testimonio espontáneo y hasta qué punto ante una operación política?

Porque cuando una carta se convierte en:

Titular nacional.

Munición parlamentaria.

Argumento central del líder de la oposición.

Contenido viral de cuentas oficiales del PP.

Y además el autor tiene vínculo laboral con una administración del PP, la neutralidad del relato salta por los aires.

No por lo que dice.
Sino por cómo se usa.


El dolor como herramienta política

Este caso marca un punto de inflexión en la degradación del debate político en España.

Porque ya no hablamos de:

Manipulación de datos.

Uso partidista de encuestas.

Exageración de errores.

Hablamos de algo mucho más grave:

Instrumentalizar una tragedia humana para desgastar políticamente al adversario.

No es nuevo, pero cada vez es más explícito.

En lugar de:

“Vamos a investigar responsabilidades.”

Se dice:

“Vamos a convertir el dolor en un arma contra el Gobierno.”


La entrevista que lo cambia todo

En paralelo a la carta, se emite una entrevista al familiar en televisión. Y ahí aparecen frases que levantan aún más polémica:

“Del Gobierno central no hemos recibido ni una llamada, ni el pésame, ni nada.”

“Me ha llamado Juanma Moreno, al que estoy eternamente agradecido.”

“Pilar Miranda, la Diputación de Huelva, el alcalde de Córdoba… ellos sí han estado desde el minuto cero.”

“Del Gobierno central no lo hemos sentido.”

El relato es claro:
Las instituciones del PP son las buenas.
El Gobierno central es el malo.

Pero lo más llamativo es el tono político explícito:

“En otro país ciertos políticos se habrían apartado o los habrían destituido.”

“Aquí no pasa nada.”

Ya no es solo un testimonio de dolor.
Es un discurso político en toda regla.


El silencio sobre las responsabilidades autonómicas

Lo que nadie menciona en ese relato es que parte de la gestión ferroviaria, de las infraestructuras, de la seguridad territorial y de los servicios de emergencia dependen también de administraciones autonómicas.

Sin embargo, el discurso solo apunta en una dirección:

Madrid.
Sánchez.
El Gobierno central.

Ni una palabra sobre:

Junta de Andalucía.

Competencias compartidas.

Inversiones autonómicas.

Responsabilidades territoriales.

El marco es perfecto para el PP:

Toda la culpa arriba.
Todo el mérito abajo.


Cuando el testimonio deja de ser solo testimonio

Aquí es donde entra el debate ético.

Una víctima puede:

Contar su experiencia.

Denunciar abandono.

Criticar instituciones.

Pero cuando ese testimonio:

Es amplificado por un partido.

Es utilizado por su líder.

Encaja exactamente con su estrategia política.

Y además el autor tiene vínculo laboral con ese partido.

Ya no estamos solo ante una víctima hablando.
Estamos ante una pieza de una narrativa política.

Aunque el dolor sea real.
Aunque la carta sea sincera.
Aunque el sufrimiento sea legítimo.


Feijóo y la estrategia del “dolor selectivo”

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No es la primera vez que Feijóo utiliza víctimas para atacar al Gobierno.

Ya ocurrió con:

La DANA.

Incendios.

Accidentes.

Pandemia.

Migración.

Siempre el mismo patrón:

Se busca una víctima.

Se amplifica su testimonio.

Se elimina cualquier contexto complejo.

Se personaliza todo en Sánchez.

Se convierte el dolor en titular político.

No se habla de sistemas.
No se habla de modelos.
No se habla de prevención.

Se habla de culpables.

Y siempre es el mismo.


El problema no es la crítica, es la manipulación

Criticar al Gobierno es legítimo.
Denunciar errores es necesario.
Exigir responsabilidades es democrático.

Lo que no es legítimo es:

Convertir a las víctimas en altavoces partidistas.

Ocultar vínculos políticos relevantes.

Construir un relato emocional dirigido.

Usar el duelo como herramienta electoral.

Porque eso no busca justicia.
Busca desgaste.


El papel de los medios

Otro elemento clave es el comportamiento de ciertos medios.

La mayoría titularon así:

“Hijo de una víctima carga contra Pedro Sánchez.”

Pero omitieron sistemáticamente:

“Trabaja para la Junta de Andalucía.”

Ese dato no apareció en titulares.
No apareció en entradillas.
No apareció en debates.

¿Por qué?

Porque rompe el relato.

Porque introduce complejidad.
Porque obliga a contextualizar.
Porque ya no es tan fácil vender la historia.


La asimetría del relato

Imaginemos el caso contrario:

Un familiar de una víctima critica a Juanma Moreno.
Y se descubre que trabaja para el Gobierno central.

¿Crees que ese dato se ocultaría?

No.
Sería titular en mayúsculas.

Pero cuando el vínculo favorece al PP, se silencia.

Eso se llama doble rasero mediático.


Las víctimas no son propiedad de ningún partido

Este es el punto central del debate.

Las víctimas no son:

Del PP.

Del PSOE.

De Vox.

De nadie.

Son víctimas.

Y su dolor debería servir para:

Mejorar protocolos.

Prevenir futuras tragedias.

Investigar negligencias.

Reparar daños.

Acompañar emocionalmente.

No para:

Hacer oposición.

Ganar votos.

Viralizar ataques.

Construir relatos emocionales dirigidos.


Cuando el duelo se convierte en propaganda

Lo que se ha visto con el caso de Adamuz es algo muy peligroso:

El duelo convertido en contenido político.

Un formato nuevo:

Carta emocional + entrevista + amplificación mediática + uso por líder político.

Es una cadena perfecta.

Y profundamente inmoral.

Porque mezcla:

Dolor real + estrategia de comunicación.


La reacción en redes: “esto ya es demasiado”

Tras conocerse el vínculo laboral con la Junta, las redes estallan:

“Utilizar víctimas es repugnante.”

“Esto no es política, es carroñerismo.”

“El PP ha cruzado todas las líneas.”

“El dolor no se usa, se respeta.”

Incluso personas críticas con el Gobierno reconocen que:

Una cosa es exigir responsabilidades.
Y otra muy distinta es montar un relato político con una familia destrozada.


¿Quién sale perdiendo?

Paradójicamente, todos.

Pierde:

La familia, que ve su dolor convertido en arma política.

La sociedad, que se polariza aún más.

La política, que se degrada.

Y también el PP, que queda retratado en una estrategia éticamente cuestionable.

Porque cuando usas el sufrimiento ajeno como herramienta, el descrédito es inevitable.


El accidente de Adamuz merece justicia, no propaganda

El accidente merece:

Investigación judicial seria.

Auditorías técnicas.

Comparecencias parlamentarias.

Asunción de responsabilidades reales.

Cambios estructurales.

No merece:

Titulares emocionales dirigidos.

Cartas utilizadas como munición.

Discursos simplistas.

Batallas partidistas.


La línea que nunca se debe cruzar

Feijóo ha cruzado una línea muy peligrosa.

No por criticar al Gobierno.
No por citar una carta.
No por denunciar una gestión.

Sino por convertir una tragedia humana en una operación política.

Y cuando además se destapa que la voz utilizada trabaja para una administración de su propio partido, la credibilidad del relato se desploma.

Porque ya no estamos ante:

Una víctima hablando al poder.

Estamos ante:

El poder utilizando a una víctima.

Y esa diferencia, en democracia, lo cambia todo.