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La escena fue tan reveladora como incómoda: Alberto Núñez Feijóo atrapado en su propio laberinto discursivo, Julia Otero actuando como bisturí periodístico y Andrea Levy recibiendo fuego cruzado desde su propio espacio ideológico. Un cóctel perfecto para retratar el estado actual del Partido Popular: un partido sin rumbo claro, preso del miedo a Vox, incapaz de sostener una posición coherente sobre inmigración y cada vez más dividido internamente.

Lo que se vivió en ese debate no fue solo una discusión sobre la regularización de personas migrantes. Fue una radiografía política, psicológica y moral de la derecha española en 2026.

Una derecha que ya no lidera el relato, que ya no marca agenda, que ya no habla con una sola voz. Una derecha en pánico.


La regularización que desató el terremoto

El detonante fue la regularización extraordinaria de cerca de 600.000 personas en situación administrativa irregular en España. Una medida histórica, comparable a las grandes regularizaciones de las décadas anteriores, impulsada por el Gobierno tras la presión de la sociedad civil organizada y de una Iniciativa Legislativa Popular respaldada por más de medio millón de firmas.

El dato es clave: no es una ocurrencia del Gobierno. Es una demanda social real.

Y, sin embargo, la reacción del Partido Popular fue inmediata y contradictoria: primero apoyaron el debate en el Congreso; después lo tacharon de “electoralismo”, “fanatismo”, “ilegalidad” y hasta insinuaron que se trataba de una maniobra para alterar el censo electoral.

Una pirueta discursiva digna de circo político.


Julia Otero: cuando el periodismo deja al rey desnudo

Julia Otero no hizo falta que levantara la voz. Le bastó con hacer lo que cada vez es más raro en el ecosistema mediático español: usar la hemeroteca.

Puso sobre la mesa los cortes de Feijóo y Borja Sémper de hace apenas unos meses, donde defendían abiertamente la necesidad de una regularización.

Y entonces llegó el silencio incómodo.

Ese momento en el que el político se da cuenta de que no puede huir. Que está grabado. Que está documentado. Que no hay relato alternativo posible.

Feijóo quedó retratado como lo que muchos ya sospechaban: un veleta político, un líder sin criterio propio, incapaz de mantener una posición estable más de dos semanas seguidas.

Julia Otero no lo insultó. No lo descalificó. Simplemente lo mostró.

Y eso, en política, es devastador.


Andrea Levy: hundida por los suyos

Andrea Levy, Prize-Winning Writer of 'Small Island' and 'The Long Song,'  Dies at 62 | KTLA

Pero si Feijóo salió tocado, Andrea Levy directamente salió hundida.

Porque lo más doloroso no fue el cuestionamiento desde la izquierda, sino el fuego amigo desde su propio espacio ideológico.

Levy intentó sostener una posición intermedia: reconocer que la regularización es justa, pero criticar las formas, exigir planificación, pedir debate parlamentario.

Una postura razonable. Moderada. Sensata.

Exactamente lo que hoy es anatema en la derecha.

Porque en cuanto Levy introdujo matices, fue inmediatamente arrinconada por el marco dominante: el marco del miedo, el marco de Vox, el marco de la criminalización.

Levy quedó en tierra de nadie: demasiado humana para la ultraderecha, demasiado tibia para el PP actual, demasiado honesta para el barro mediático.

Resultado: políticamente irrelevante.


El arzobispo de Oviedo y el miedo con sotana

Uno de los momentos más simbólicos fue la mención al arzobispo de Oviedo, que afirmó:

“Los inmigrantes tienen nuestra agradecida acogida, pero todos no caben”.

Una frase aparentemente moderada. Pero profundamente ideológica.

Porque encierra la idea de límite, de saturación, de frontera moral. Una idea que choca frontalmente con el mensaje del propio Papa Francisco, que ha defendido de forma clara la acogida, la hospitalidad y los derechos humanos de las personas migrantes.

Aquí se produce algo interesante: incluso dentro de la Iglesia hay dos discursos.

Uno evangélico, humanista, universalista.
Y otro nacional-católico, identitario, defensivo.

Y ese segundo discurso es el que hoy conecta mejor con la derecha política española.

No es casual. Es estructural.


La gran verdad incómoda: 600.000 personas sin derechos

Detrás de todo el ruido mediático hay una realidad brutal: cientos de miles de personas viven en España sin derechos plenos.

Personas que trabajan.
Que pagan alquileres.
Que cuidan ancianos.
Que limpian casas.
Que recogen fruta.
Que construyen edificios.

Pero no pueden:

Firmar contratos legales.

Cotizar correctamente.

Acceder a prestaciones.

Denunciar abusos.

Defenderse jurídicamente.

Es decir: sostienen parte de la economía, pero no existen para el Estado.

Eso no es solo injusto. Es disfuncional. Es irracional. Es económicamente estúpido.

Y lo más grave: es un caldo de cultivo perfecto para la explotación.

Julia Otero - Wikipedia


El mito del “efecto llamada”: ciencia contra ideología

Uno de los grandes argumentos de la derecha es el famoso “efecto llamada”: regularizar atrae más inmigración.

Pero ese argumento tiene un problema: es falso.

No falso ideológicamente. Falso empíricamente.

Existen estudios sobre las regularizaciones de:

2000 (Aznar)

2001 (Aznar)

2005 (Zapatero)

¿Resultados?

No aumentaron los flujos migratorios.

Aumentó el empleo formal.

No se redujo el empleo de nativos.

Aumentaron los ingresos públicos.

No aumentó la delincuencia.

En 2004, por ejemplo, un estudio demostró que cada inmigrante regularizado aportó una media de 4.000 euros netos a las arcas públicas.

No es ideología. Es contabilidad.

Pero la derecha no discute datos. Discute emociones.


El fraude electoral que nunca existió

Uno de los momentos más graves del debate fue cuando desde el PP se insinuó que la regularización servía para “engordar el censo”.

Eso no es una crítica política. Es una acusación implícita de fraude electoral.

Y es falsa.

Las personas regularizadas:

No obtienen nacionalidad.

No pueden votar en generales.

No pueden votar en autonómicas.

No pueden votar en municipales.

No alteran ningún censo.

Pero introducir esa sospecha es una estrategia clásica de la nueva derecha global: Trump, Bolsonaro, Milei, Orbán.

Cuando no puedes ganar con votos, cuestionas el sistema.

Y eso es peligrosísimo para cualquier democracia.


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Uno de los diagnósticos más certeros lo hizo Julia Otero: el PP no tiene criterio rector.

Lo que dice Ayuso no es lo que dice Feijóo.
Lo que dice Feijóo no es lo que dice Moreno Bonilla.
Lo que dice Moreno Bonilla no es lo que dice Tellado.

Cada barón territorial tiene su propio discurso.

Resultado: un partido sin línea ideológica clara.

Y eso no es pluralismo. Es descomposición.

Feijóo no tiene poder real para imponer una posición común. Porque sabe que cualquier postura moderada es inmediatamente castigada por Vox.

Y ahí está el problema central: el PP ya no lidera la derecha. La persigue.


El miedo a Vox como motor político

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Todo lo que hace hoy el PP en inmigración se explica con una sola palabra: miedo.

Miedo a perder votos.
Miedo a parecer blandos.
Miedo a ser acusados de “buenismo”.
Miedo a la agenda ultra.

Y ese miedo los lleva a tomar siempre la peor decisión estratégica: copiar a Vox.

Pero copiar al alumno más radical nunca funciona.

Porque el original siempre será más extremo.

Y el PP queda atrapado en una posición absurda: ni creíble como moderado, ni competitivo como radical.


La hipocresía de clase: Golden Visa vs pateras

Aquí aparece una de las contradicciones más obscenas.

Cuando el PP impulsó las Golden Visa, nadie hablaba de invasión.
Nadie hablaba de colapso.
Nadie hablaba de identidad cultural.

Si vienes con millones, eres inversor.
Si vienes en patera, eres problema.

El criterio no es legal. Es económico.

No molesta la inmigración. Molesta la pobreza.


La gran manipulación: inmigración y servicios públicos

Otro argumento recurrente: los inmigrantes saturan sanidad, educación y ayudas sociales.

Pero los datos muestran otra cosa:

España hoy tiene:

Más población.

Más trabajadores.

Más cotizantes.

Más recaudación fiscal que nunca.

Si los servicios públicos están tensionados, es porque:

Se privatizan.

Se recortan.

Se externalizan.

Se bajan impuestos a los ricos.

No es un problema de gente. Es un problema de modelo.

Pero es más fácil culpar al migrante que al fondo buitre.


La frase que lo explica todo

Una de las frases más lúcidas del debate fue esta:

“Quieren que mires a tu vecino para que no mires arriba”.

Arriba están:

Las eléctricas.

Los bancos.

Las grandes fortunas.

Los fondos de inversión.

Las élites extractivas.

Pero la derecha te señala al de abajo.

Porque el odio es una herramienta política.
Y el miedo, su combustible.


Dos modelos de sociedad

El debate migratorio ya no es técnico. Es ideológico. Es civilizatorio.

Modelo de la derecha dura:

Fronteras blindadas.

Deportaciones.

Criminalización.

Campos de internamiento.

Personas como amenaza.

Modelo democrático:

Regularización.

Derechos laborales.

Integración social.

Ciudadanía.

Personas como sujetos de derechos.

No se discute solo cuántos vienen.
Se discute qué tipo de sociedad queremos ser.


Feijóo ha perdido el control del relato

Lo ocurrido con Feijóo, Julia Otero y Andrea Levy no es una anécdota televisiva. Es un síntoma político profundo.

El Partido Popular:

Ha perdido coherencia.

Ha perdido liderazgo.

Ha perdido relato.

Ha perdido autoridad moral.

Feijóo no entra en pánico porque le pillen una contradicción.
Entra en pánico porque sabe que no tiene salida.

Porque si se modera, Vox lo devora.
Y si se radicaliza, pierde credibilidad institucional.

Andrea Levy representa lo que fue el PP: una derecha liberal, dialogante, europeísta.
Feijóo representa lo que es hoy: una derecha asustada, reactiva, sin proyecto.

Y Julia Otero, simplemente, hizo lo que hace el buen periodismo:

Encendió la luz.

Y cuando se enciende la luz, el problema ya no es la izquierda.

El problema es el espejo.