A YouTube thumbnail with maxres quality

La escena fue breve, casi fugaz, pero su impacto político resultó devastador. En plena emisión de la televisión pública vasca, una tertulia aparentemente ligera terminó convirtiéndose en un momento incómodo para Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, cuando se recuperaron las imágenes de su pasado junto al narcotraficante gallego Marcial Dorado. El plató estalló en risas nerviosas, ironías y comentarios que rápidamente se viralizaron en redes sociales bajo un mismo titular: “Feijóo humillado en televisión”.

Lo que parecía una broma televisiva acabó transformándose en un recordatorio brutal de una de las sombras más persistentes en la carrera política del dirigente conservador. Porque la fotografía del yate, lejos de ser una anécdota del pasado, sigue funcionando como un símbolo incómodo de una época oscura, tanto para Galicia como para la propia política española.

Un pasado que nunca desaparece

Las imágenes de Feijóo con Marcial Dorado no son nuevas. Circulan desde hace años, reaparecen cíclicamente en campañas electorales y resurgen cada vez que el líder del PP intenta construir un relato de regeneración, ética y limpieza institucional. En ellas se ve a un joven Feijóo relajado, sonriente, navegando en un yate junto a quien más tarde sería condenado como uno de los grandes narcotraficantes de Galicia.

Durante mucho tiempo, Feijóo defendió que no conocía la verdadera actividad de Dorado, que lo trataba como a un empresario más y que su relación fue meramente circunstancial. Sin embargo, esa explicación nunca logró cerrar el debate, especialmente entre quienes recuerdan el impacto devastador del narcotráfico en la sociedad gallega durante los años 80 y 90.

Galicia: la generación perdida

Para entender por qué estas imágenes siguen siendo tan sensibles, es necesario regresar a aquel periodo histórico. Galicia fue uno de los epicentros del narcotráfico en Europa. Primero el contrabando de tabaco, luego la entrada masiva de heroína y cocaína, y finalmente la consolidación de redes criminales que hicieron de las rías gallegas una de las principales puertas de entrada de droga al continente.

Las consecuencias fueron dramáticas. Miles de jóvenes murieron por sobredosis. Familias enteras quedaron marcadas por la adicción. Asociaciones como las “Madres contra la droga” se convirtieron en símbolos de resistencia y dolor. Se hablaba de la “generación perdida”, una expresión que aún hoy resuena con fuerza en la memoria colectiva gallega.

En ese contexto, Marcial Dorado no era un nombre cualquiera. Era uno de los rostros más conocidos de ese sistema criminal. Y por eso, ver al actual líder del principal partido de la oposición posando con él en un yate no puede entenderse como una simple coincidencia social.

El momento televisivo: humor que duele

La emisión en la televisión pública vasca utilizó un tono irónico, casi humorístico. Un personaje ficticio era reprendido por haberse dejado fotografiar con un político, y poco a poco el sketch derivaba hacia una crítica directa a Feijóo y su relación con Dorado. Las frases, cargadas de sarcasmo, funcionaron como un “zasca” televisivo que conectó de inmediato con el público.

El problema es que, detrás de la risa, se escondía una verdad incómoda: la política española convive con fantasmas que nunca se exorcizan del todo. Y uno de ellos es la normalización de relaciones entre élites políticas y personajes vinculados al crimen organizado.

¿Y si hubiera sido un político de izquierdas?

Uno de los argumentos más repetidos tras la emisión fue una pregunta tan simple como demoledora: ¿qué habría ocurrido si las imágenes fueran de Pedro Sánchez o Yolanda Díaz con un narcotraficante?

Muchos analistas coinciden en que la reacción mediática habría sido infinitamente más agresiva. Portadas, editoriales, tertulias durante semanas, exigencias de dimisión inmediata. Sin embargo, en el caso de Feijóo, el tema suele reaparecer, generar polémica durante unos días y luego volver a enterrarse bajo el peso de la actualidad.

Esta asimetría en el tratamiento mediático ha alimentado la sensación de doble rasero: una vara de medir para la derecha, otra para la izquierda.

La mentira como estrategia política

Más allá de la anécdota televisiva, el caso Feijóo-Dorado plantea una cuestión mucho más profunda: la relación entre verdad, mentira y poder en la política contemporánea.

Un politólogo citado durante el programa lo resumía con una frase lapidaria: “Mentir no tiene que ver con la información, sino con el poder”. Es decir, no importa tanto si algo es verdadero o falso, sino quién controla el relato y tiene capacidad para imponer su versión como dominante.

Feijóo no ha negado la existencia de las fotos. Lo que ha hecho es reinterpretarlas: minimizar su importancia, descontextualizarlas, reducirlas a un error de juventud sin relevancia política. Esa estrategia no busca convencer a todo el mundo, sino consolidar un relato suficiente para su base electoral.

Ética y memoria: dos conceptos incómodos

El problema es que la política no solo se juega en el terreno de la legalidad, sino también en el de la ética. Nadie ha acusado judicialmente a Feijóo de colaborar con el narcotráfico. Pero la cuestión ética es distinta: ¿es aceptable que un líder político haya mantenido relaciones sociales con una figura central del crimen organizado, incluso aunque no conociera su verdadera identidad?

Y aún más importante: ¿qué mensaje transmite eso a una sociedad que sufrió miles de muertes por la droga?

Para muchas familias gallegas, ver esas imágenes no es una broma ni un meme. Es un recordatorio de un pasado traumático, de funerales semanales, de jóvenes que no llegaron a cumplir los 30 años.

La banalización del escándalo

Con el paso del tiempo, la imagen del yate se ha convertido casi en un meme político. Se comparte en redes, se utiliza en sketches, se menciona en debates con un tono irónico. Esa banalización es peligrosa, porque transforma un drama social en un simple arma de confrontación partidista.

El riesgo es que el narcotráfico deje de ser percibido como una tragedia colectiva y pase a ser solo un recurso retórico para atacar al adversario. Y en ese proceso, se diluye la memoria histórica de lo ocurrido en Galicia.

El papel de los medios públicos

La pureza de Feijóo | Columnistas

Que la escena se produjera en una televisión pública añade otra capa al debate. Los medios públicos tienen la misión de informar, pero también de fomentar el pensamiento crítico y la memoria democrática. Sin embargo, cuando utilizan el humor para tratar temas tan sensibles, se mueven en una frontera delicada entre la sátira legítima y la trivialización del dolor.

En este caso, muchos espectadores aplaudieron el “zasca” por considerarlo una forma de romper el silencio mediático. Otros, en cambio, criticaron el tono frívolo, argumentando que la tragedia de la droga merece un tratamiento más serio.

Feijóo y la construcción de su imagen

Desde que asumió el liderazgo del PP, Feijóo ha intentado presentarse como un político moderado, institucional, alejado de los extremos ideológicos. Su perfil contrasta con el estilo más agresivo de otros dirigentes de su partido.

Sin embargo, su pasado gallego, y especialmente su relación con Dorado, contradicen en parte esa imagen pulcra. Cada vez que reaparece la fotografía, el relato de “hombre serio y responsable” se resquebraja, aunque sea momentáneamente.

La memoria como campo de batalla

Lo ocurrido en la televisión vasca demuestra que la memoria es un campo de batalla político. No se trata solo de recordar hechos, sino de decidir cómo se recuerdan, quién los recuerda y con qué intención.

Para la derecha, el episodio del yate es un error anecdótico. Para la izquierda, es un símbolo de connivencia entre poder político y redes criminales. Para las víctimas de la droga, es un recuerdo doloroso que nunca debería haberse convertido en chiste.

 

¿Humillación o justicia simbólica?

El titular de “Feijóo humillado” resume bien el impacto mediático del momento, pero también simplifica en exceso lo ocurrido. Más que una humillación personal, lo que se produjo fue una especie de justicia simbólica: el recordatorio público de algo que muchos prefieren olvidar.

No hubo condena judicial, no hubo dimisión, no hubo consecuencias políticas directas. Pero sí hubo una grieta en el relato dominante, un instante en el que la memoria colectiva se impuso al discurso oficial.

El yate que no se hunde

La imagen del yate con Marcial Dorado persigue a Feijóo como una sombra. Puede desaparecer durante meses, incluso años, pero siempre vuelve. Es una fotografía que no se hunde, que flota en la superficie de la política española como un recordatorio incómodo.

Lo ocurrido en la televisión pública vasca no fue solo un momento viral. Fue la demostración de que, en política, el pasado nunca muere. Y que la memoria, por mucho que se intente manipular, siempre encuentra la forma de regresar.

Porque al final, más allá de la sátira, de los memes y de los “zascas”, queda una pregunta fundamental que sigue sin respuesta clara: ¿puede un país construir un futuro ético sin enfrentar de verdad las sombras de su pasado?