Feijóo, Bruselas y el nuevo “patriotismo a la inversa”
Lo ocurrido esta semana en Bruselas con la regularización extraordinaria de personas migrantes en España no es solo un episodio más de confrontación política entre Gobierno y oposición. Es, sobre todo, una radiografía del nuevo estilo de oposición que practica el Partido Popular bajo el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo: un modelo que ha decidido internacionalizar el conflicto interno y trasladar a Europa una batalla que, por definición, pertenece al ámbito de la soberanía nacional.
La escena resulta, cuanto menos, llamativa. El PP y Vox acuden a las instituciones europeas para denunciar una medida del Gobierno español que afecta a unas 500.000 personas en situación administrativa irregular. Lo hacen alegando que la regularización masiva podría contravenir la política migratoria de la Unión Europea, los principios de Schengen y la estrategia comunitaria de control de fronteras.
Sin embargo, la respuesta desde Bruselas no ha podido ser más clara ni más incómoda para los populares: el propio comisario europeo de Interior, Magnus Brunner —miembro del Partido Popular Europeo— recordó públicamente que la política de regularización depende exclusivamente de cada Estado miembro y que la Comisión Europea no tiene competencias para interferir en este tipo de decisiones.
En otras palabras: Feijóo fue a Bruselas buscando una desautorización europea contra Pedro Sánchez… y volvió con una lección de derecho comunitario que desmonta su discurso.
De la “sensibilidad” al boicot
Lo más paradójico del caso es que el Partido Popular no siempre estuvo en contra de esta medida. Hace apenas dos años, cuando la Iniciativa Legislativa Popular llegó al Congreso, el propio Feijóo aseguró que sería “sensible” al asunto. En aquel momento, el PP aceptó la tramitación de la propuesta y no mostró una oposición frontal.
¿Qué ha cambiado desde entonces?
La respuesta es simple y profundamente política: el calendario electoral. Con elecciones autonómicas a la vista y una extrema derecha que presiona desde Vox, el PP ha decidido endurecer su discurso migratorio y competir directamente por el liderazgo del rechazo.
La regularización, que antes era una cuestión técnica y social, se ha convertido en un arma ideológica. Ya no se discute si la medida es útil, necesaria o justa; se discute si sirve para desgastar al Gobierno.

El viaje a Zagreb: convertir un problema doméstico en un conflicto europeo
La estrategia de Feijóo no se limita a Bruselas. El líder del PP ha aprovechado la reunión del Partido Popular Europeo en Zagreb para pedir a los líderes conservadores del continente que se posicionen contra la política migratoria de España y, por extensión, contra el Gobierno de Pedro Sánchez.
En su agenda figuran temas como Venezuela, Mercosur, Ucrania o el apoyo a figuras de la oposición latinoamericana. Pero el asunto estrella es, curiosamente, la regularización española.
Es decir, Feijóo intenta transformar una decisión interna en un “problema europeo”, buscando legitimidad internacional para una batalla que ha perdido en el terreno jurídico y político.
El concepto de “patriotismo 2.0”
Desde sectores progresistas se ha acuñado ya una expresión para describir esta estrategia: patriotismo 2.0 o patriotismo inverso. Consiste en llevar los conflictos nacionales fuera del país con el objetivo de debilitar la posición internacional del propio Estado.
No es la primera vez que ocurre. El PP ya ha llevado a Bruselas asuntos relacionados con los fondos europeos, la política económica y reformas institucionales. Siempre con la misma lógica: si no puedo derrotar al Gobierno dentro, intentaré hacerlo desde fuera.
El problema es que esta estrategia tiene un coste: proyecta una imagen de inestabilidad, confrontación y desunión que afecta directamente a la credibilidad internacional de España.
Europa lo tiene claro: es competencia nacional
El mensaje de la Comisión Europea ha sido cristalino: la regularización de personas migrantes es competencia exclusiva de los Estados miembros.
Esto no es una opinión política, es derecho comunitario. Cada país tiene realidades demográficas, económicas y laborales distintas, y por eso la UE no impone un modelo único de regularización.
Alemania lo hizo con más de un millón de refugiados sirios. Italia ha aprobado procesos similares. Francia ha aplicado regularizaciones sectoriales. España, ahora, lo hace por razones económicas, sociales y humanitarias.
Europa no solo lo permite: lo considera legítimo.
La realidad que el PP evita: esas personas ya están aquí
Uno de los argumentos más repetidos por los críticos es que la regularización supone “abrir la puerta al descontrol migratorio”. Pero ese discurso ignora una realidad básica: las personas a las que se quiere regularizar ya viven en España.
No están entrando ahora. No están cruzando nuevas fronteras. Están trabajando en la economía sumergida, cuidando mayores, limpiando hoteles, sirviendo en bares, recogiendo fruta o construyendo viviendas.
No reconocer su estatus legal no las hace desaparecer. Solo las condena a la precariedad, a la explotación y a la invisibilidad.
Economía real: España necesita mano de obra
España es uno de los países más envejecidos de Europa. Tiene zonas rurales despobladas, sectores enteros con déficit de trabajadores y una economía que crece, en parte, gracias a la inmigración.
El ejemplo es cotidiano: carteles en bares que dicen “Se necesita camarero con papeles”. Empresas agrícolas sin personal. Hospitales con falta de auxiliares. Residencias sin cuidadores suficientes.
La paradoja es evidente: necesitamos trabajadores, pero negamos papeles a quienes ya están dispuestos a trabajar.
Regularizar no es regalar: es ordenar
La regularización no es una concesión ideológica. Es una herramienta de orden público, económico y social.
Permite:
Recaudar impuestos.
Cotizar a la Seguridad Social.
Reducir la economía sumergida.
Combatir mafias laborales.
Garantizar derechos básicos.
Integrar socialmente a personas reales.
No es “papeles para todos”. Es papeles para quienes ya viven, trabajan y sostienen parte del sistema.
El verdadero trasfondo: la batalla cultural
Lo que se está jugando aquí no es solo una política migratoria. Es una batalla cultural sobre el modelo de país.
Un modelo cerrado, defensivo, identitario, basado en el miedo.
O un modelo abierto, pragmático, demográfico, basado en la realidad.
Feijóo ha elegido claramente el primero, empujado por la presión de Vox y por la tentación de convertir la inmigración en un campo de batalla emocional.
Pero Europa, curiosamente, ha elegido el segundo.
Y ahí es donde se produce el cortocircuito: el líder del PP va a Bruselas buscando apoyo… y vuelve con una desautorización.
El ridículo político
Desde un punto de vista estrictamente estratégico, la jugada ha sido un error.
Porque:
Europa no respalda su postura.
El comisario es de su propio partido.
El tema es competencia nacional.
Ha expuesto públicamente la división interna española.
Ha reforzado al Gobierno al darle legitimidad europea.
Es difícil imaginar una operación política con peor resultado.
Cuando la oposición se convierte en problema de Estado
La regularización migratoria puede debatirse, criticarse, ajustarse. Es legítimo discutirla.
Lo que no resulta razonable es convertir una decisión soberana en una cruzada internacional contra tu propio país.
Eso ya no es oposición. Es otra cosa.
Es una forma de política donde el adversario no es el Gobierno, sino el propio Estado.
Y Europa, esta vez, ha sido quien ha tenido que recordarlo.
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