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Alberto Núñez Feijóo insiste en que siempre ha colaborado con la justicia. Lo repite ahora, cuando anuncia que entregará a la jueza de Catarroja los mensajes que él mismo envió a Carlos Mazón el día de la Dana. Lo dice después de haber remitido ya, semanas atrás, solo una parte de esa conversación: los mensajes recibidos, pero no los enviados. Y lo hace, además, con un matiz que no ha pasado desapercibido: cuestionando el interés de la magistrada por conocer sus palabras.

Hasta hace poco, esos mensajes no eran noticia. Hoy lo son. Y no porque nadie los haya filtrado, ni porque su contenido se conozca, sino porque la manera en que se han gestionado ha convertido lo que podía haber sido un trámite discreto en un foco político y mediático de primer orden.

Una entrega parcial que abrió la sospecha

La jueza instructora del caso de la Dana solicitó a Feijóo, de forma voluntaria, que declarara como testigo y que aportara los mensajes intercambiados con el entonces president de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, durante las horas más críticas del 29 de octubre. La razón era clara: Feijóo había asegurado públicamente que estuvo informado “en tiempo real” de lo que estaba ocurriendo.

Feijóo acudió al notario y entregó un acta con parte de la conversación: los mensajes que Mazón le envió. Según explicó entonces, ese material ya aportaba el contexto suficiente para entender su versión de los hechos. Pero la jueza no lo vio así. Porque cuando se pide una conversación, lo habitual —y casi lo obvio— es que se entregue completa.

Días después, la magistrada solicitó expresamente los mensajes de respuesta que Feijóo había enviado ese mismo día. Esos son los que ahora el líder del Partido Popular dice que entregará, nuevamente mediante acta notarial.

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El “asombro” que no convenció

Feijóo ha manifestado sorpresa ante la petición. Ha llegado a insinuar que resulta llamativo el interés de la jueza por conocer sus palabras cuando él se encontraba a cientos de kilómetros de Valencia y no tenía responsabilidades ejecutivas en la gestión de la emergencia.

Ese argumento, sin embargo, ha generado más preguntas que alivio. Porque si los mensajes no contienen nada comprometedor, ¿por qué no entregarlos desde el primer momento? ¿Por qué fragmentar la conversación? ¿Por qué explicar el contexto en lugar de mostrarlo?

En política, la forma suele ser tan importante como el fondo. Y en este caso, la forma ha sido interpretada por muchos analistas como una mala decisión estratégica que ha acabado por colocar a Feijóo en el centro de un relato que inicialmente no lo tenía como protagonista.

De la colaboración voluntaria al problema político

Desde su entorno insisten en que Feijóo no está imputado ni investigado, sino citado como testigo, y que la entrega de los mensajes es un acto de colaboración voluntaria. Jurídicamente, es cierto. Políticamente, el escenario es distinto.

El propio Feijóo ha convertido el episodio en un asunto político al reivindicar su conducta como ejemplo frente a otros dirigentes que —según él— borran mensajes o cambian de dispositivo. Sin embargo, esa comparación ha tenido un efecto boomerang: ha puesto el foco en la integridad del material entregado y en la cronología de los hechos.

Porque la duda ya no es solo qué dicen los mensajes, sino por qué no se entregaron todos desde el principio.

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La sensación de un relato incompleto

Durante meses, el Partido Popular ha sostenido un relato muy concreto sobre la gestión de la Dana y sobre el papel del Gobierno central. Ese relato se apoyaba, en parte, en la idea de que las autoridades autonómicas no recibieron el respaldo suficiente en las primeras horas.

Sin embargo, los mensajes ya conocidos muestran que Mazón informó a Feijóo de que la Unidad Militar de Emergencias estaba desplegada. Eso no invalida el debate político sobre la gestión, pero sí introduce matices incómodos para una narrativa que se había construido con mucha contundencia.

Ahora, la expectativa está puesta en los mensajes que faltaban. No porque se espere una revelación explosiva, sino porque pueden confirmar —o desmentir— si Feijóo sabía más de lo que dijo saber, o si su discurso posterior se ajustó realmente a la información que tenía aquel día.

El valor de la palabra en política

Más allá del procedimiento judicial, hay un elemento que atraviesa todo este episodio: la credibilidad. La política democrática se sostiene, en gran medida, sobre la confianza en la palabra de los representantes públicos. Cuando esa palabra se pone en duda, el coste no siempre es penal, pero casi siempre es político.

Si Feijóo afirmó que estuvo informado en tiempo real, y los mensajes demuestran que esa información era parcial o distinta a la que después trasladó a la opinión pública, la consecuencia no será judicial, pero sí reputacional.

Y si, por el contrario, los mensajes confirman su versión, la pregunta seguirá siendo por qué decidió no mostrarlos completos desde el inicio.

Un error de cálculo

Varios analistas coinciden en una idea: Feijóo ha cometido un error de cálculo. Ha convertido en noticia algo que podía no haberlo sido. Ha alimentado una curiosidad que ahora ya no se puede apagar. Y ha situado su figura dentro de un caso —el de la Dana— que sigue siendo políticamente tóxico para el Partido Popular en la Comunidad Valenciana.

En un contexto en el que Feijóo intenta proyectarse como alternativa de gobierno y pronostica incluso elecciones anticipadas, cualquier sombra sobre su coherencia discursiva pesa más de lo que podría haber pesado hace unos años.

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Elecciones, desgaste y agenda judicial

En la misma entrevista en la que anunció la entrega de los mensajes, Feijóo vaticinó que Pedro Sánchez podría verse obligado a convocar elecciones generales en 2026, presionado por sus socios y por la agenda judicial. Es un mensaje que busca mostrar fortaleza y horizonte de cambio.

Sin embargo, la realidad política es más compleja. El Gobierno, pese a la debilidad parlamentaria, sigue en pie. Y el Partido Popular, lejos de caminar solo hacia La Moncloa, observa cómo Vox consolida un espacio propio que ya no parece fácilmente reabsorbible.

En ese contexto, episodios como el de los mensajes de la Dana no ayudan a proyectar la imagen de un liderazgo sólido y sin fisuras.

Lo que está en juego

La jueza recibirá los mensajes. Los analizará. Los cotejará con el resto de las pruebas. Probablemente, no habrá sorpresas judiciales. Pero el daño político —o la oportunidad política— ya está servido.

Porque, al final, la gran pregunta no es solo qué dicen esos mensajes, sino por qué hemos llegado a este punto. Por qué una conversación privada se ha convertido en un asunto público. Y por qué, una vez más, la gestión del relato ha acabado pesando tanto como los hechos.

En política, mentir puede no tener consecuencias penales. Pero casi nunca sale gratis.