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Àngels Barceló desmonta a Felipe González: del mito al espejo incómodo del pasado

La reaparición de Felipe González en el debate político español no ha pasado desapercibida. Pero esta vez no ha sido para reivindicar la memoria de la modernización del país bajo los gobiernos socialistas de los años 80 y 90, sino para cuestionar abiertamente al actual PSOE, a Pedro Sánchez y a la estrategia política del partido. Un regreso que ha provocado una respuesta inmediata desde Ferraz, desde Moncloa y, sobre todo, desde los micrófonos de Àngels Barceló, que no solo ha replicado al expresidente, sino que ha puesto sobre la mesa las sombras históricas que acompañan su legado.

Lo que parecía una simple crítica interna se ha convertido en un terremoto político y mediático. González anunció que votará en blanco si Pedro Sánchez vuelve a ser candidato, que hará campaña por ese voto en blanco y que no se siente representado por la dirección actual del PSOE. Un gesto que ha sido celebrado por la derecha, utilizado por el PP como munición contra el Gobierno y recibido con profunda incomodidad en el socialismo.

Pero la clave del debate no está solo en el sentido de su voto, sino en el discurso que lo acompaña: la comparación entre pactar con Vox y pactar con Bildu, la equiparación de Pedro Sánchez con Donald Trump, y la idea de que el PSOE ha perdido su alma.

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El voto en blanco como arma política

Felipe González no se limitó a expresar descontento. Fue más allá:

“Votaré en blanco. Voy a hacer campaña por el voto en blanco”.

No es un gesto neutral. En términos políticos, el voto en blanco de un expresidente socialista tiene un significado simbólico devastador: deslegitima al liderazgo actual desde dentro y ofrece a la derecha un argumento perfecto para cuestionar la autoridad de Sánchez.

Desde el PSOE, Pachi López fue contundente:

“Me da pena que Felipe González haya dejado de ser una referencia para los socialistas y se haya convertido en una referencia para la derecha”.

La portavoz del Gobierno, más diplomática, enmarcó las palabras de González dentro de la pluralidad interna del partido. Pero en realidad, el mensaje ya había calado: la derecha lo amplifica, la izquierda se divide y el PSOE se ve obligado a defenderse de uno de sus propios iconos.

La comparación explosiva: Sánchez, Trump y el “amo”

Uno de los momentos más polémicos llegó cuando González citó la famosa expresión del ministro Óscar Puente, que se refirió a Sánchez como “el puto amo”, para construir una analogía inquietante:

“Para que haya un amo tiene que haber siervos. Esa es la definición de Trump”.

Comparar a Pedro Sánchez con Donald Trump no es solo una exageración retórica, es un marco ideológico. Es situar al presidente del Gobierno español en la lógica del liderazgo autoritario, del caudillismo, del culto a la personalidad.

Y ahí es donde Àngels Barceló estalla.

Desde su análisis, la comparación es intelectualmente pobre y políticamente irresponsable. Trump representa el negacionismo, el populismo extremo, la erosión institucional. Sánchez, en cambio, ha gobernado mediante coaliciones, pactos parlamentarios, negociación constante con fuerzas muy diversas y dentro de los márgenes del sistema democrático europeo.

La pregunta de Barceló fue directa, casi brutal:

“¿De verdad te parecen comparables Donald Trump y Pedro Sánchez, Felipe González?”

No es solo una cuestión de estilos. Es una cuestión de honestidad política.

Vox, Bildu y el falso dilema moral

González afirmó que pactar con Vox es malo, pero que pactar con Bildu es peor. Una frase diseñada para provocar, pero que encierra una simplificación extrema.

Àngels Barceló lo desmonta desde la memoria histórica:
Bildu es una fuerza legal, integrada en el sistema democrático, que surge tras el final de ETA y participa en las instituciones. Vox, en cambio, es un partido que cuestiona derechos fundamentales, la memoria democrática, el feminismo, el Estado autonómico y promueve discursos de exclusión.

Plantear el dilema como si ambos fueran equivalentes es una trampa retórica que beneficia a la extrema derecha y refuerza su marco moral.

Y aquí aparece una de las frases más duras del análisis:
Felipe González se ha convertido, después de Ayuso, en uno de los políticos que más habla de ETA en España.

Un expresidente socialista anclado en un conflicto que terminó hace más de una década, mientras el país debate sobre precariedad, vivienda, transición ecológica, feminismo o inteligencia artificial.

Del Felipe audaz al Felipe conservador

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Uno de los puntos más profundos del discurso de Barceló es el contraste entre el González de ayer y el de hoy.

El Felipe González que transformó España fue audaz:

Apostó por la entrada en la Comunidad Europea.

Modernizó la economía.

Reestructuró el Estado del bienestar.

Asumió riesgos políticos enormes.

El Felipe González actual, en cambio, aparece como una figura conservadora en lo político, no necesariamente ideológica, sino en su forma de entender el cambio. Un líder que ya no empuja el país hacia adelante, sino que lo mira con nostalgia.

Barceló lo define con crudeza:

“Hoy nos plantea posiciones de un perpetuo berrinche”.

El fantasma del GAL: la sombra que nunca desaparece

Y entonces llega el punto más incómodo. El que nadie puede borrar. El que desarma cualquier superioridad moral.

Felipe González fue el presidente del terrorismo de Estado.
El de los GAL.
El de Barrionuevo y Vera entrando en prisión.
El que acudió a despedir a su ministro del Interior condenado.

No es una opinión. Es historia judicial.

Àngels Barceló lo dice sin rodeos:

“Él no estuvo inmaculado. Tiene casos de corrupción muy cerca. Es el Felipe González del terrorismo de Estado”.

Aquí se rompe definitivamente el aura. Porque quien exige pureza política debe recordar que su propio mandato estuvo marcado por violaciones gravísimas de los derechos humanos, espionaje ilegal, secuestros y asesinatos encubiertos.

Y sin embargo, hoy Felipe González habla como si fuera una figura moralmente incontestable.

La paradoja final: ¿quién traiciona a quién?

González insiste en que no es un traidor al PSOE. Que no se va del partido. Que los que deberían irse son otros.

Pero la pregunta que flota en el aire es otra:
¿Traiciona el PSOE a Felipe González… o es Felipe González quien ha dejado atrás al PSOE?

Porque el partido que hoy gobierna:

Ha mantenido políticas sociales.

Ha subido el salario mínimo.

Ha impulsado leyes feministas.

Ha sostenido una coalición progresista durante casi ocho años.

Y ese PSOE es el que González dice que ya no le representa.

Quizá la fractura no esté en el partido, sino en el espejo generacional. En la incapacidad de algunos líderes históricos de aceptar que ya no son el centro del sistema político.

Epílogo: el jarrón chino que quiere volver a hablar

Felipe González fue quien acuñó la metáfora de los “jarrones chinos”: expresidentes valiosos, pero sin sitio donde colocarlos.

Hoy ese jarrón ha vuelto a la mesa, no para aportar profundidad, sino para romper el debate con nostalgia, comparaciones forzadas y silencios sobre su propio pasado.

Àngels Barceló no niega su legado. Lo reconoce como el mejor presidente del siglo XX. Pero añade algo decisivo:
el respeto histórico no da derecho a manipular el presente ni a borrar las sombras del pasado.

Y ahí está el núcleo del conflicto:
Felipe González quiere hablar como conciencia moral del socialismo,
pero la historia le responde como figura brillante, sí, pero también profundamente contradictoria.

No es solo un expresidente crítico.
Es el símbolo de una generación que ya no entiende el país que ayudó a crear.