
El relato que el PP quería imponer
Durante semanas, el Partido Popular ha intentado construir un marco narrativo muy concreto: los accidentes ferroviarios recientes, especialmente los de Adamuz y el caos en Rodalíes, serían la prueba definitiva de la “incompetencia” del Gobierno de Pedro Sánchez y, en particular, del ministro de Transportes, Óscar Puente.
La consigna es clara:
Puente debe dimitir.
Puente es responsable político.
Puente simboliza el colapso del sistema ferroviario.
Alberto Núñez Feijóo ha repetido ese mensaje una y otra vez. Lo ha hecho en el Congreso, en entrevistas, en actos de partido y en redes sociales. El PP ha apostado por una estrategia de desgaste frontal: convertir cada incidencia en un argumento político, cada retraso en una acusación moral, cada accidente en un juicio público.
Pero el problema para el PP es que ese relato empieza a resquebrajarse cuando entran en juego los datos reales. Y ahí es donde estalla la filtración que dinamita el discurso de Feijóo.
Óscar Puente comparece: dar la cara en plena tormenta

En su comparecencia ante la Comisión de Transportes del Congreso, Óscar Puente adopta una estrategia completamente distinta a la que históricamente ha seguido la clase política española en situaciones de crisis: no se esconde, no se parapeta, no delega.
Su mensaje central es tan simple como incómodo:
“Asumir responsabilidades políticas es dar la cara, explicarme, gestionar la desgracia y buscar soluciones. Dimitir es otra cosa.”
Puente reconoce el caos en Rodalíes.
Reconoce los problemas estructurales.
Reconoce que las inversiones aún no son suficientes.
Reconoce que los efectos de décadas de abandono no se arreglan en dos días.
Y añade una frase que irrita profundamente al PP:
“No es una tetera. No se arregla en dos días. Cuando una red se abandona durante años, lo lógico es que eso se arrastre.”
Traducido al lenguaje político real: el problema no nace en 2024, ni en 2023, ni siquiera en 2019. El problema es estructural y viene de lejos.
La filtración que lo cambia todo: los números que nadie quería recordar
Lo que verdaderamente descoloca al PP es la filtración de los datos de inversión ferroviaria por gobiernos.
Porque cuando se analizan las cifras acumuladas, el relato se invierte:
Durante los últimos 7 años, el Gobierno actual ha invertido más en infraestructuras ferroviarias que cualquier periodo anterior comparable, incluidos gobiernos socialistas y populares.
Durante los años de gobierno del PP, especialmente en la etapa de Mariano Rajoy, las inversiones en mantenimiento y modernización cayeron de forma drástica.
Se priorizó la alta velocidad sobre la red convencional.
Se recortaron presupuestos de seguridad, señalización y renovación de vías.
Es decir:
el mismo partido que hoy exige dimisiones fue el que dejó pudrir el sistema durante casi una década.
Feijóo atrapado en su propia trampa

Aquí se produce la paradoja política más cruel para el PP: Feijóo, que nunca habló de ferrocarriles cuando gobernaba su partido, se ha visto obligado a convertirse de repente en experto en infraestructuras.
Pero lo hace con un problema enorme:
cada crítica que lanza contra Puente puede ser respondida con una hemeroteca demoledora.
Porque el PP no puede explicar:
Por qué redujo la inversión en mantenimiento.
Por qué no modernizó Rodalíes.
Por qué priorizó autopistas frente al tren.
Por qué dejó caducar contratos de señalización.
Por qué ignoró los informes técnicos durante años.
La ofensiva contra Puente se convierte así en un boomerang político.
Adamuz, la Dana y el choque de modelos
Uno de los momentos más tensos de la comparecencia llega cuando Puente compara su gestión con la del accidente de la Dana en Valencia bajo el gobierno de Carlos Mazón (PP).
Puente lanza una acusación implícita devastadora:
“Algunos damos la cara. Otros se esconden.”
La diferencia es simbólica pero fundamental:
En el caso de Adamuz, el ministro comparece, explica, reconoce límites y mantiene el contacto con las familias.
En el caso de la Dana, el presidente autonómico tardó días en aparecer públicamente, delegó responsabilidades y evitó dar explicaciones claras.
Y ahí se abre un debate incómodo para el PP:
¿por qué exigen dimisiones al Gobierno central cuando protegen a sus propios dirigentes en crisis mucho más graves?
La política “para adultos” frente a la política del espectáculo
Uno de los analistas presentes en el debate lo resume con una frase que retrata el fondo del asunto:
“Óscar Puente hizo política para adultos.”
¿Qué significa eso en la práctica?
Significa decir verdades incómodas:
Que se invierte más que antes, pero no lo suficiente.
Que el sistema estaba abandonado.
Que la modernización es lenta.
Que no existen soluciones mágicas.
Que los problemas estructurales requieren años, no titulares.
Frente a eso, el PP practica lo contrario:
la política del impacto inmediato,
la política del grito,
la política del escándalo permanente,
la política de la dimisión como consigna vacía.
La estrategia del PP: convertir cada tragedia en munición
Lo más inquietante del comportamiento del Partido Popular no es la crítica —la oposición debe criticar—, sino la forma en que instrumentaliza el dolor.
Cada accidente se convierte en un argumento.
Cada víctima, en un eslogan.
Cada retraso, en un meme político.
Se produce así una deriva peligrosa: la tragedia deja de ser un problema humano para convertirse en un recurso de desgaste.
Y eso tiene un efecto perverso:
no mejora la gestión,
no repara a las víctimas,
no acelera las inversiones,
pero sí degrada la conversación pública.
El problema democrático de fondo
Más allá del choque Puente–Feijóo, el episodio revela algo mucho más profundo: la crisis del modelo de oposición en España.
La oposición ya no busca gobernar mejor.
Busca que el gobierno fracase.
Aunque ese fracaso implique muertos, caos o sufrimiento social.
Se instala así una lógica destructiva:
cuanto peor vaya el país, mejor para la oposición.
Y esa lógica, lejos de fortalecer la democracia, la debilita.
Porque convierte la política en una guerra permanente, no en una gestión colectiva de problemas reales.
El regalo involuntario a Vox

Como ocurre con casi todos los grandes escándalos, el principal beneficiado no es ni el PSOE ni el PP.
Es Vox.
Cada vez que PP y PSOE se acusan mutuamente de incompetencia, hipocresía o mentira, refuerzan la idea de que “todos son iguales”.
Cada vez que la política se convierte en barro, Vox aparece como fuerza “antisistema”, aunque forme parte del mismo sistema.
La paradoja es evidente:
la pelea entre los dos grandes partidos alimenta precisamente a quienes quieren dinamitar el marco institucional.
¿Debe dimitir Óscar Puente?
Esa es la pregunta que el PP repite como un mantra.
Pero hay otra más incómoda:
¿Debe dimitir un ministro por gestionar una crisis heredada, dar la cara, aumentar la inversión y reconocer límites?
Si la respuesta es sí, entonces ningún ministro en la historia reciente debería haber terminado su mandato.
Porque bajo ese criterio:
todos heredan sistemas defectuosos,
todos enfrentan crisis,
todos gestionan problemas estructurales.
La dimisión automática como respuesta política no es responsabilidad: es populismo.
El verdadero problema: nadie quiere hablar del pasado
Lo que realmente incomoda al PP es que el debate haya girado hacia atrás.
Hacia los años en los que:
se recortó mantenimiento,
se congelaron inversiones,
se abandonó la red convencional,
se ignoraron advertencias técnicas.
Porque ese pasado tiene nombres, firmas y presupuestos.
Y no son precisamente socialistas.
Epílogo: la política del espejo
El caso Puente–Feijóo no es solo un enfrentamiento personal. Es un espejo de la política española actual.
Un ministro que asume desgaste, explica datos y habla con límites.
Un líder de la oposición que exige dimisiones sin asumir herencias.
Un sistema ferroviario dañado por décadas.
Una ciudadanía atrapada entre discursos cruzados.
Y una democracia cada vez más fatigada por el ruido.
Al final, la filtración no solo desmonta el ataque del PP contra Puente.
Desmonta algo mucho más profundo:
la ficción de que los problemas nacen siempre en el gobierno actual.
Porque en política, como en los trenes,
las averías no surgen de la nada.
Se incuban durante años.
En silencio.
Con presupuestos.
Con decisiones.
Con abandonos.
Y esos, curiosamente, casi nadie quiere recordarlos.
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