
La paradoja que incomoda: la derecha que denuncia el relativismo… y lo practica
Durante años, la derecha conservadora y tradicionalista ha cargado contra lo que denomina “posmodernidad”.
Un concepto que, en su relato, resume todos los males del presente: el relativismo, la desaparición de la verdad en mayúsculas, la idea de que “todo vale”.
Una crítica que figuras como Joseph Ratzinger —Benedicto XVI— elevaron a diagnóstico moral de Occidente.
Sin embargo, tal y como señala Gonzalo Velasco, lo que estamos viendo hoy es exactamente lo contrario de lo que esa derecha dice combatir:
👉 una práctica política profundamente posmoderna,
donde la verdad no existe,
los hechos son intercambiables,
y el discurso se adapta, se corrige o se niega según convenga al interés partidista del momento.
Nada es estable.
Nada es definitivo.
Nada es verdad.
Cuando los hechos molestan, se ataca la idea misma de verdad
Velasco lo plantea con claridad:
en nuestra sociedad, una investigación periodística rigurosa —basada en corroboración de fuentes, verificación cruzada, “double check” durante años— constituye uno de los pilares de lo que colectivamente aceptamos como verdad.
No es una opinión.
No es un relato emocional.
Es credibilidad, confiabilidad y verosimilitud.
Eso es lo que permite que una democracia funcione.
Pero el problema aparece cuando ese tipo de verdad resulta incómoda para el poder.
Entonces ya no se discuten los datos.
Se discute la existencia misma de la verdad.
Y ahí, advierte Velasco, entramos en un territorio peligroso.

El truco central: desplazar el marco… y ganar sin responder
Uno de los ejes más finos del análisis apunta a la estrategia discursiva de Isabel Díaz Ayuso:
el desplazamiento del marco.
El ejemplo es revelador.
Ante una polémica concreta —machismo, discriminación, comportamientos de poder— Ayuso no responde sobre el caso.
Hace algo mucho más eficaz:
👉 cambia el tema.
De repente, el problema ya no es el machismo estructural ni los privilegios internos,
sino “el machismo del mundo islámico”.
El relato se transforma:
El verdadero mal ya no está “aquí”
Está “fuera”
En “otros”
En una alteridad cultural convenientemente definida
Así, Ayuso puede presentarse como la auténtica defensora de las mujeres,
mientras acusa a la izquierda de relativismo multicultural y complicidad.
Conversaciones cruzadas: el conflicto que nunca se encuentra
Aquí está la clave que señala Velasco:
👉 no hay un debate real,
porque no se está hablando de lo mismo.
Mientras unos responden a casos concretos de machismo, poder y privilegio,
Ayuso ya ha desplazado el eje hacia un choque cultural global.
Resultado:
unos hablan del patriarcado
otros del islam
unos de hechos verificables
otros de identidades abstractas
La polarización no es solo ideológica.
Es semántica.
Y en ese cruce de conversaciones que nunca se tocan,
la responsabilidad política se diluye.
Nada es verdad, todo es estrategia
En este esquema, la verdad deja de ser un límite.
Se convierte en un obstáculo.
Lo importante no es si algo ocurrió,
sino si sirve para ganar el marco.
Hoy se afirma una cosa.
Mañana se matiza.
Pasado se niega.
Y si hace falta, se ridiculiza.
No hay contradicción, porque no hay verdad estable que contradiga nada.
Eso —subraya Velasco— es posmodernidad pura,
justo aquello que esta derecha dice despreciar.
Julio Iglesias como frontera cultural
El análisis alcanza incluso lo aparentemente anecdótico, pero profundamente simbólico.
Ayuso introduce marcadores culturales:
Julio Iglesias, la estética, los gustos musicales, la nostalgia compartida.
El mensaje implícito es claro:
👉 “Esto es lo que gusta a los españoles de verdad.”
👉 “Y a quien no le guste… quizá no sea tan español.”
No se trata de música.
Se trata de identidad.
De pertenencia.
De trazar una línea invisible entre “los nuestros” y “los otros”.
Una política estética que convierte los gustos personales en pruebas de lealtad nacional.
La trampa final: repugnancia no es antipatriotismo
Velasco lo dice sin rodeos:
uno puede sentir rechazo hacia un personaje, una música o una estética,
y no por ello ser menos español.
Pero este tipo de discurso busca algo más profundo:
emocionar, identificar, cerrar filas.
No convencer.
No debatir.
Marcar territorio.
El riesgo democrático
Cuando se normaliza la idea de que:
los hechos son negociables
la verdad es relativa
el marco importa más que la realidad
la democracia entra en una zona de alto riesgo.
Porque ya no se discuten políticas,
sino relatos blindados.
Y cuando nada es verdad,
todo vale.
La frase que lo resume todo
Gonzalo Velasco no acusa de error.
Acusa de método.
👉 “Ayuso actúa como si nada fuera verdad.”
Y cuando quien gobierna actúa así,
la pregunta deja de ser ideológica.
Es democrática.
¿Hasta dónde puede llegar un poder que ya no reconoce la verdad como límite?
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