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HUMILLACIÓN POLÍTICA, PETRÓLEO Y DOBLE MORAL: TRUMP, MARÍA CORINA MACHADO Y EL JUEGO REAL DE PODER EN VENEZUELA

Durante años, el discurso oficial de la derecha internacional ha repetido una narrativa aparentemente simple: Venezuela como símbolo del fracaso, la oposición como sinónimo de democracia y Estados Unidos como garante moral del orden global. Sin embargo, los últimos episodios protagonizados por Donald Trump y María Corina Machado han vuelto a desnudar una verdad incómoda: detrás de los discursos grandilocuentes, el verdadero motor sigue siendo el mismo de siempre. El poder. Y, sobre todo, el petróleo.

La escena es reveladora. Mientras sectores mediáticos conservadores presentan a María Corina Machado como una heroína liberal, candidata natural al Nobel de la Paz y figura indiscutible de la resistencia democrática venezolana, Donald Trump —el mismo líder al que muchos consideran su aliado natural— la reduce públicamente a un problema político. No solo cuestiona su viabilidad electoral, sino que deja claro que no es útil para sus intereses estratégicos. No hay aplausos, no hay alfombra roja. Hay distancia, frialdad y una puerta trasera.

Este contraste no es anecdótico. Es estructural. Y dice mucho más sobre la política internacional contemporánea que cientos de discursos sobre derechos humanos.

El mito de la alianza natural

Durante años, parte de la oposición venezolana ha construido su legitimidad internacional apoyándose en una idea: Estados Unidos, y en particular la derecha estadounidense, estaría siempre del lado de quienes se enfrentan al chavismo. La realidad, sin embargo, es mucho más pragmática y brutal.

Trump nunca ha sido un político ideológico en el sentido clásico. Su política exterior se rige por una lógica transaccional: ¿qué gano yo?, ¿qué gana mi país?, ¿qué beneficio económico inmediato se obtiene? En ese marco, los discursos morales son secundarios. Prescindibles.

Cuando Trump afirma que María Corina Machado “no puede gobernar porque divide”, no está emitiendo una opinión ética. Está haciendo un cálculo. Una dirigente que no garantiza estabilidad, control territorial ni acuerdos energéticos fiables no es una aliada: es un obstáculo.

La humillación no es solo personal. Es política. Y deja al descubierto una realidad que muchos prefieren ignorar: para Washington, la democracia es negociable cuando hay recursos estratégicos en juego.

El petróleo como centro del tablero

Venezuela posee las mayores reservas de petróleo probadas del planeta. Ese dato, por sí solo, explica décadas de intervenciones, sanciones, presiones diplomáticas y operaciones encubiertas. Nada de esto es nuevo. Lo novedoso es la desfachatez con la que hoy se reconoce.

Trump no oculta su interés en reactivar acuerdos energéticos con Caracas si eso beneficia a las empresas estadounidenses. Tampoco oculta que necesita interlocutores previsibles, controlables y funcionales. María Corina Machado, con su discurso maximalista y su escaso margen de maniobra interna, no encaja en ese perfil.

Aquí es donde el relato se rompe. La supuesta lucha entre democracia y dictadura se convierte, de pronto, en una negociación entre crudo, sanciones y contratos. El lenguaje cambia. La épica desaparece. Queda el negocio.

La fabricación mediática del liderazgo

Uno de los elementos más llamativos de este proceso es el papel de los medios internacionales. Durante meses, se ha promovido la imagen de Machado como líder indiscutible, como figura transversal capaz de unificar a la oposición y atraer apoyos externos. Sin embargo, esa imagen se desmorona en cuanto choca con la realidad geopolítica.

Trump no valida relatos mediáticos. Valida intereses. Y al hacerlo, expone la fragilidad de una estrategia basada más en titulares que en poder real.

La reacción posterior es casi automática: silencios incómodos, titulares suavizados, interpretaciones forzadas. Nadie quiere reconocer que el supuesto aliado ha dejado sola a su candidata estrella.

Nobel de la Paz: símbolo vacío

La mención recurrente al Nobel de la Paz funciona como una cortina de humo. Un recurso simbólico que busca otorgar legitimidad moral sin resolver los problemas de fondo. Pero los premios no gobiernan países. No estabilizan economías. No controlan fuerzas armadas ni garantizan flujos energéticos.

Trump lo sabe. Y por eso no pierde tiempo en gestos simbólicos. Su desprecio implícito hacia esa narrativa es, en sí mismo, una declaración política: la paz interesa menos que el control.

La doble moral occidental

El caso venezolano vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué algunos gobiernos son sancionados, aislados y demonizados, mientras otros con historiales igualmente cuestionables son tratados como aliados estratégicos?

La respuesta no está en los derechos humanos, sino en la alineación geopolítica. Arabia Saudí, por ejemplo, sigue siendo un socio privilegiado pese a su historial. ¿La diferencia? Petróleo, estabilidad y obediencia estratégica.

Venezuela, en cambio, ha sido castigada no solo por su deriva autoritaria, sino por su resistencia a someter completamente su soberanía energética.

María Corina Machado, entre el símbolo y el vacío

El problema de fondo para Machado no es Trump. Es la ausencia de poder real. Sin control institucional, sin unidad opositora sólida y sin capacidad de negociación efectiva, su figura queda atrapada en el terreno simbólico.

Y la política internacional no se decide en el terreno simbólico.

La humillación pública no es un accidente. Es el resultado lógico de una estrategia basada en la expectativa de apoyo externo sin construir una base interna sólida.

Estados Unidos y el pragmatismo sin maquillaje

Trump representa una versión descarnada de una lógica que ha guiado a Estados Unidos durante décadas. La diferencia es que él no se molesta en disimularla.

Cuando afirma que Venezuela necesita “orden” y “acuerdos”, está diciendo exactamente eso: estabilidad para extraer, vender y negociar. Lo demás es ruido.

El mensaje para América Latina

El episodio envía un mensaje claro a toda la región: ningún liderazgo es intocable, ningún aliado es permanente y ningún discurso moral sustituye al poder real.

Los países que basan su estrategia internacional en la expectativa de salvadores externos suelen acabar decepcionados. Venezuela no es la excepción.

 

El fracaso del relato épico

Durante años, la oposición venezolana ha construido una narrativa épica: resistencia, sacrificio, heroísmo. Pero la política internacional no funciona con épica. Funciona con intereses, estructuras y capacidad de control.

Trump, al desmarcarse de Machado, no hace más que confirmar esa regla.

La supuesta humillación de María Corina Machado no es un hecho aislado ni una anécdota diplomática. Es el síntoma de un sistema donde los valores se subordinan al negocio y donde la democracia se invoca solo cuando resulta útil.

Trump no ha cambiado las reglas del juego. Solo ha dejado de fingir que no existen.

Y en ese juego, Venezuela sigue siendo menos un país que un tablero. Un tablero donde el petróleo pesa más que los discursos, donde los premios importan menos que los contratos y donde la verdadera pregunta no es quién tiene razón, sino quién tiene poder.